BERLINALE 2018: LA CASA LOBO DE JOAQUÍN COCIÑA Y CRISTÓBAL LEÓN, Y DRVO DE ANDRÉ GIL MATA

This entry was posted on March 5th, 2018

 Por Aldo Padilla

Esta vez analizamos dos films de la sección Forum, de la reciente edición de la Berlinale.

La continua construcción y destrucción de un espacio es un ejercicio que solo es posible desde la animación, en especial en el stop motion donde por cada fotograma hay un mundo exclusivo que luego debe modificarse para el siguiente. Cada imagen como una historia individual a ser construida, un estado de ánimo, una lucha interna por la subsistencia y una transición que puede ser equiparada al funcionamiento de la mente humana, complejizada por la fuga continua de algún problema o un estado de perturbación en algún otro caso. La animación como única respuesta a los estados más dañados del hombre y por eso es que la sórdida historia detrás de La casa lobo solo puede imaginarse desde esta técnica. Cualquier otro intento de representación puede parecer banal frente al oscuro mundo que presentan Joaquín Cociña y Cristóbal León en su film.

La tétrica fábula que muestra el film está basada en el tormento interno de una niña que escapa de los inhumanas entrañas de lo que fuera Colonia Dignidad. El film incorpora además una recreación de la propaganda con lo que Paul Schaffer solía desviar la atención de todos los abusos que se realizaban en el campo.

La casa lobo se plantea en forma de una oscura versión del cuento de los tres chanchitos, donde claramente el animal es la representación de un Schaffer que alcanzaba a ver y controlar todo en los alrededores y donde la protagonista, María, no tiene un escape real y cuya travesía y construcción de su refugio ilusorio no son más que un producto mental. Acompañados de oscuros cánticos infantiles en medio de su camino circular alrededor de una casa que parece no tener fin, el dato escalofriante es que los cantos que se escuchan fueron realmente de los niños de la colonia y esto se percibe claramente en el miedo que se refleja en sus voces.

Frente al complejo reto de retratar este ambiente opresor, Cociña y León plantean un lenguaje visual que se asemeja a una pintura que constantemente se va disolviendo, de forma que todo parece perecedero en la película, desde las pequeñas alegrías de la niña y sus antropomorfos compañeros de viaje que se convierten en su motivo de resistencia frente a una casa que parece consumirla. Frente a su mente que transforma todo lo inanimado en material orgánico, lo que resulta en una vida tétrica cual si fuera producto de un fallido experimento de alquimia. Todo esto acompañado de una sopa de alemán y español que se van alternando, con el fin de aumentar la extrañeza y el ambiente pesado que rodean al film y que va acorde al cambiante lenguaje visual. La casa lobo explota el movimiento como una forma de aterrorizar, donde cada plano parece estar destinado a expresar una nueva faceta de la desesperanza y del miedo.

Es notoria la colaboración de Niles Atallah, quien es productor del film, en especial porque toda la película tiene reminiscencias de aquel catártico y lisérgico final de Rey. En ambas hay una revisión de la historia que va más allá de los hechos y se detiene en el ambiente y en el tormento interno de los protagonistas que fueron parte de los pasajes más difusos de la historia chilena.

Mientras en el film chileno el cambio constante era el motor principal, el caso de Drvo se recrea en la estática y de cómo esa inmovilidad permite jugar y romper el tiempo en un solo acto, a partir de larguísimos planos de un niño y un anciano de forma alternada en noches que parecen iluminadas cual si fueran eclipses. El cineasta portugués André Gil Mata logra obtener extraños estados intermedios entre día y noche de forma que permita difuminar la guerra que alcanza a escucharse y lograr la sensación de limbo donde la muerte acecha en cualquier momento del día (o noche), ya que mientras los protagonistas realizan tareas mecánicas en medio de una nieve que parece cubrirlo todo, es posible escuchar una continua batalla en segundo plano, artilleros, bombarderos y tanques de una guerra indeterminada en alguna zona de los Balcanes.

Todas estas ideas muestran ese paralelismo entre los largos planos y el largo recorrido de una guerra que parece repetirse en un continuo. Un largo camino sin matices y casi rutinario donde apenas se ve un trasfondo tangible, la guerra alejada de la acción y que se mantiene en base a la repetición, el tedio y la incertidumbre. El escape continuo del niño que ha perdido a su madre se alterna con la resignación del anciano que de forma autómata lleva y trae agua, mientras sus botellas de vidrio generan un concierto de música experimental improvisada.

Hay una intencionalidad del director de dar a entender que los protagonistas parecen estar en planos paralelos. Hay una intención de mantenerlos en ejes separados, de forma de que la relación que los une vaya siendo una incógnita cada vez más grande y donde la única forma de unirlos es a través de una luz que atraviesa todo a su paso. La profunda noche balcánica o la guerra que se abre paso en forma de amenaza en aquel bosque que tiene vida propia, por lo que esa luz es la única que puede atravesar los planos paralelos y unir al anciano y al viejo que comparten una guerra desconocida.

Gil Mata convierte cada plano en un lienzo, no solo por la plasticidad de la luz que consigue, sino también por la composición de una naturaleza que parece estar a su completo servicio y que se adapta a los continuos saltos temporales tratando de mantenerse incólume frente al continuo ruido que le acecha. Una naturaleza que se fusiona con los personajes que van y vienen a través de la noche, la parsimonia de la naturaleza como forma de actuación.