EL AJEDREZ Y LA DEFENSA DEL DRAGÓN DE NATALIA SANTA

This entry was posted on August 16th, 2017

Por Aldo Padilla

El movimiento característico de la siciliana dragón, g6, es una declaración de intenciones del jugador con las piezas negras, donde se plantea que la apertura no será una lucha simétrica por el centro, sino una guerra a larga distancia, donde el alfil desde un cómoda y protegida casilla se defenderá cual bestia desde su cueva, controlando su diagonal principal en una especie de conservadurismo activo, ya que por lo general las partidas con esta estructura se caracterizan con un medio juego violento. Es extraño que a partir de una posición de desventaja, como es tener las piezas negras, el supuesto defensor decida atacar a medio plazo, siempre teniendo al rey con el resguardo adecuado.

A partir de estas pequeñas ideas sobre aperturas de ajedrez viene a la mente una muy clásica pregunta: ¿El estilo de juego de un ajedrecista está relacionado con su personalidad? Es posible encontrar ejemplos de campeones mundiales que coinciden perfectamente con esa idea. Por un lado, el excéntrico soviético Mihail Tal, quien fue uno de los jugadores con ataques más incisivos de todos los tiempos, un juego absolutamente desconcertante que se constrastaba con un personaje absolutamente bohemio y que muriera joven dejando un aura de rockstar. La contracara es sin duda el estructurado ingeniero eléctrico Mihail Botvinik, fundador de la famosa escuela soviética, que domino durante 60 años, con cerca de ocho diferentes campeones mundiales y cuya predominancia solo fue interrumpida por Bobby Fischer en su corto reinado. Botvinik demostraba un orden y una concepción de vida de orden absoluto, dentro y fuera del tablero. Seguramente es posible dar más ejemplos que puedan apoyar a esta hipótesis: Kasparov o el ogro de Bakú, terrible dentro y fuera del tablero, los conservadores Petrosian y Kramnik y muchos más, pero también es posible que sean mayores los ejemplos que contradicen dicha idea. Capablanca, un genio de la táctica aunque moderado e intuitivo en el tablero, quien fuera uno de los campeones más “informales” de la historia, el indio Anand posiblemente el jugador más rápido de la historia y que, sin embargo, es uno de los jugadores más calmados y pacientes en persona.

Estos ejemplos parecen desmentir la representación de los jugadores de ajedrez en el cine, quienes han sufrido una estigmatización relacionándolos con la soledad, el tormento interno, el individualismo y la obsesión, como se puede ver en films como La diagonal du fou, Searching for Bobby Fischer y la reciente Pawn sacrifice.

Todas estas ideas parecen contradecirse e incluso divagar sin asomarse aún en el film de la colombiana Natalia Santa, pero más allá de generalizaciones no cumplidas, el anterior repaso busca entender a un protagonista que pareciera moverse en dos territorios relativamente contrarios. Por un lado, el retrato de un hombre un tanto obsesionado con el juego y por el otro, un hombre cuya vida transcurre en una parsimoniosa normalidad. El protagonista de La defensa del dragón se mueve entre la frustración de una vida deportiva truncada y una familia perdida. Ambos aspectos de su vida parecen verse relacionados con su pasividad a la hora de enfrentarse al riesgo, al dragón de g7 encadenado y bloqueado por sus propios peones, una especie de eterna resignación a tener como máximo resultado unas tablas por su posición de desventaja.

Natalia Santa también maneja el ritmo del film desde una posición defensiva. Hay un riesgo limitado en la representación de los personajes que acompañan al protagonista, aunque es posible ver mucho cariño en su construcción, un relojero que lucha contra la modernidad y un médico homeópata conflictuado por una relación de pareja, la cual le cuesta aceptar. El ajedrez como puente entre los tres personajes tomando distintos matices, la negación de un replanteamiento de posiciones, la necesaria ofensiva como forma de avance o la toma de conciencia del tiempo como un factor del juego.

Hay un balance muy bien logrado entre los lugares comunes y situaciones que huyen del cliché. Si por un lado está la clásica situación en la cual el maestro vuelca toda su frustración sobre su discípulo, por otro, se compensa con la relación del protagonista con la nueva pareja de su ex esposa, la cual está basada en la fraternidad y en la admiración.

La idea de la vida como equivalente a una partida, puede ser bastante simplificadora. Es por eso que la directora busca ir más allá, planteándose la necesidad de romper las reglas y dejar los convencionalismos que a veces plantea el ajedrez que es a la vez arte, ciencia y deporte. La complejidad del vivir necesita mucho más que esquematizar una estrategia, los pasos en falso son necesarios, ya que a diferencia del ajedrez, donde uno puede ver varias jugadas más adelante, el día a día es una maquina con infinitas posibilidades.