ETNOGRAFÍA DE LA FICCIÓN: ADIRLEY QUEIRÓS EN CINE MIGRANTE

This entry was posted on September 27th, 2018

 

Por Pablo Gamba

Adirley Queirós fue el principal invitado del festival Cine Migrante de Buenos Aires, cuya 9° edición se realizó del 18 al 26 de septiembre. El director brasileño, que se hizo conocido por Branco sai, preto fica (2014) y que obtuvo una mención especial en Signs of Life, en Locarno, por Era uma vez Brasilia (2017), vive y hace cine en Ceilândia. Es una ciudad de la periferia de la capital brasileña, creada para albergar a la gente que pronto comenzó a construir barrios marginales alrededor de Brasilia como en todas las demás ciudades del país, a pesar de que fue diseñada como la urbe del futuro, teóricamente perfecta. El nombre de la localidad viene de Campaña para la Erradicación de las Invasiones (CEI), eufemismo burocrático del desalojo y reubicación forzosa.

En una entrevista pública con Gonzalo Aguilar, el 22 de septiembre, Queirós llamó a su cine “etnografía de la ficción”. “Adirley trabaja con la imaginación de la ciudad”, dijo el académico y crítico argentino. “Lo hace a través de diversos procedimientos: una visión muy documental de la puesta en escena, mucha improvisación y una imaginería increíble donde todo es obsoleto, todo es chatarra; el futuro está hecho con los detritos y las basuras de la ciudad moderna que nunca fue tal, sino un sueño que realmente fue una pesadilla”, explicó.

El cineasta considera que la clave de su estilo es lograr una construcción en la que los actores se desenvuelvan como si fuera real: “Nosotros creamos los espacios, las casas, las naves espaciales, los partidos políticos, como el Partido da Correria Nacional, de los trabajadores ambulantes, en A cidade é uma so? (2010). Tenemos una perspectiva y siempre estamos en relación con la realidad de la ciudad. Entramos en las casas; la dirección de arte las transforma. Colocamos a los personajes en ellas durante seis, siete, ocho meses, y viven allí. Entonces creen que la casa existe. No es como un actor que está aquí, hablando contigo, con su madre y con su novia, y para y es Hamlet. No es eso. El cuerpo aprende los espacios, los colores, el tiempo, las contradicciones. La película está construida cuando creemos en ella. Si yo, el fotógrafo y el hombre del sonido, los tres, creemos que el hombre está viajando, listo. El encanto de la gente también me encanta: si ellos creen que la nave puede volar, nosotros también.”

Branco sai, preto fica, Adirley Queirós, 2014

Cine de autor hecho colectivamente 

Las películas de Queirós son consideradas por él como cine de autor, aunque han sido realizadas en grupo, por el Colectivo de Cineastas de Ceilândia, y con la participación de personas comunes y corrientes de la localidad como actores. Sostiene que no hay contradicción alguna entre una cosa y la otra, porque el proceso de creación puede estar lleno de debates pero no se trata de un Parlamento. Hay una sola voz que dice “corten”, no una rotación de esa función entre todos los del equipo. El que tiene la última palabra viene a ser el autor.

“En 2005 hicimos nuestra primer corto, Rap, O canto da Ceilândia, que tuvo éxito en Brasil: se pasó en los festivales”, contó el cineasta. “A partir de ese momento nos juntamos para alcanzar una utopía: ¿cómo podíamos hacer una película en la periferia?, ¿cómo podíamos incorporar a los trabajadores y a la gente común al cine, con una estructura al alcance de las personas que trabajan? Nos reuníamos los sábados, porque todos trabajábamos. En esa época yo era camillero en un hospital público. Pensábamos mucho en el cine y en la política, en las elecciones. Nos preocupaba que la periferia fuera siempre representada de una manera muy exótica y, mucho más que eso, condescendiente. Se tenía a la periferia como si ella provocase la violencia. Me parecía que eso sería muy interesante si también tuviésemos la violencia estética, política, la violencia del texto, la violencia de decir: ‘Ustedes hablan; nosotros hablamos’”.

La segunda película del grupo, Días de greve (Días de huelga, 2009), comenzó cuando Rede Globo fue a hacer un reportaje a Ceilândia por el éxito de la primera, que había sido filmada hacía tres años. Cuando la periodista le preguntó a Queirós si seguían haciendo cine, él mintió y le dijo que sí, que estaban trabajando en una adaptación de Albert Camus. “Nunca lo había leído, ni sabía quién era, pero la reportera se mostró muy interesada: ‘¿Camus? ¡Qué bueno! Ustedes tienen que hablar en la televisión sobre Camus y Ceilândia.’ Y yo le dije: ‘Sí, me gusta mucho. A mí se me parece mucho Camus a Ceilândia.’”

Estuvo todo el fin de semana buscando en Google quién era Albert Camus. La transmisión fue en vivo, al mediodía, y le dedicaron dos bloques, 30 minutos en total, contó. Cuando terminó su conferencia televisada sobre el escritor y filósofo existencialista, miró a la cámara y dijo: “Nosotros estamos haciendo una película sobre Camus, y no tenemos recursos.” Aunque la periodista le había advertido que no debía hacerlo, dio dos veces su número telefónico. El resultado fue que lograron reunir 30.000 reales, cifra equivalente a 12.000 dólares. Le escribieron a una librería, y les donó cajas de las obras de Camus, traducidas al portugués. Entonces les quedaba otra sino hacer la película: un cortometraje de 24 minutos de duración, el primerio que rodaron en cine, en 16 mm.

Para la siguiente película, su primer largometraje, Queirós pidió fondos públicos. El Gobierno de Brasilia se proponía hacer un film publicitario, con motivo de los 50 años de la ciudad, y él concursó con A cidade é uma so? (¿La ciudad es una sola?). Investigó y presentó algo como una tesis, de 120 páginas.

“No hay guion clásico; converso mucho con los actores y solamente improvisamos”, explicó el cineasta. Puso un ejemplo: “Para Era uma vez Brasilia estuvimos tres meses en un taller mecánico, todas las noches, hasta las cuatro, las cinco de la mañana empujando un carro viejo que era una nave espacial. Lo compramos, le colocamos amortiguadores y, si lo empujábamos, seguía moviéndose por inercia. Balanceábamos el carro durante cuatro, cinco, seis horas, con un personaje alucinando fumando en silencio, porque no hay texto. Él decía: ‘¿Qué debo hablar?’ ‘Di lo que quieras. Tú vienes del espacio. No sé cómo se habla en el espacio. Yo pienso que hay mucho silencio.’”

El personaje es liberado de la prisión en otro planeta y enviado a la Tierra con una misión: matar al presidente Juscelino Kubitschek, en cuyo gobierno se construyó Brasilia. “Pero él ya murió”, le dijo el actor, y Queirós respondió: “No me interesa. Usted viene del espacio; en el espacio todo se puede”.

Era uma vez Brasilia, Adirley Queirós, 2017

Un mundo de seres magullados

Junto con los carros viejos, o también los containers, que hacen las veces de naves espaciales, otra característica de las dos películas de ciencia ficción que ha dirigido Adirley Queirós es la presencia de personajes discapacitados. En Branco sai, preto fica está Shockito, quien tiene una pierna artificial e interpreta a un joven al que se la amputan, luego de haber sido herido de bala por la policía en el allanamiento a un local de baile. En ese y sus otros dos largometrajes trabaja Marquim do Tropa, que está en silla de ruedas.

Queirós contó la historia de Shockito, quien es su amigo de infancia y, al igual que él, fue futbolista profesional: “No perdió la pierna como su personaje. La perdió en el fútbol. Se quebró la pierna en un juego. Fue al hospital público de Ceilândia, y los médicos le pusieron yeso a una fractura expuesta. Le dieron mucha morfina, y no conseguía hablar, sólo dormir y llorar. Decían que era muy mimado, muy niño. Al sexto día le sacaron el yeso y tenía gangrena. Pero yo vi varios casos en los que la policía le quebraba las piernas a la gente.”

Tampoco Marquim es como los personajes que interpreta. De hecho, se niega a parecerse a ellos, según Queirós. Le dijo: “Yo no quiero hablar de mi realidad. ¿Ustedes no hacen cine? En el cine se vuela y se dan tiros. Entones, yo quiero volar y quiero disparar, pero no quiero hablar de mí.” “Eso para mí fue muy revelador”, expresó el cineasta. “¿Para quién estaríamos contando la historia de nuestra propia miseria? Yo quiero hablar de mis victorias. En Branco sai, preto fica filmamos a Marquito como se filma a las estrellas de Hollywood.”

Agregó que ver personas en sillas de ruedas en Ceilândia, como consecuencia de disparos de la policía, es algo habitual. Por eso Shockito y Marquim son arquetipos de cómo la ciudad deja su marca en los cuerpos. Y no solo de esa manera: “Los cuerpos son muy pesados, lentos obesos, diabéticos, infartados, hipertensos, tienen artritis crónica. Esa es nuestra perspectiva del hombre del futuro en la periferia. Con seguridad será un hombre enfermo, con condiciones de vida muy malas, porque esa es la realidad de la periferia en el mundo entero.”

Una noche que nunca termina 

Adirley Queirós no ha querido estrenar Era uma vez en Brasilia. Lo considera un suicidio en las condiciones actuales, dado el estrecho vínculo de su más reciente película con la situación en el Brasil. Varios discursos políticos son reproducidos en la banda sonora. Pero no es un panfleto contra el presidente Michel Temer y el impeachment que culminó con la destitución de Dilma Rousseff. Para Queirós fue un golpe parlamentario el que puso fin a trece años de gobierno del Partido del Trabajo –que creó las condiciones para que personas como él pudieran hacer cine– y trajo de vuelta al poder a la derecha. “El filme comienza con las palabras de la derrota, y prosigue todito con la estructura de la derrota”, dijo. “Cuando hicimos la escena de la pelea, pensamos: ‘Esto es el Partido de los Trabajadores.’ Estuvimos firmes durante un tiempo, pero con el tedio, la monotonía, las conversiones, se desmoviliza todo. ‘Vamos a hacer la revolución’, y el tiempo pasa y la noche llega, la noche que nunca acaba. Después del golpe, la noche nunca ha acabado para nosotros.”

Pero agregó que no es el film que muchos hubieran querido que fuera, sino una película insoportable, como lo es para él la situación política de Brasil. “Estamos perdidos; no sabemos adónde ir; todo es metafórico. Era uma vez… es una película fuera de campo.” Contó cómo fue el estreno en Brasilia: “Eran 1.200 personas en una sala gigantesca, y 1.200 más fuera, la vanguardia del pensamiento y el cine brasileño. Esperaban un Branco sai… parte 2, la venganza contra Temer. Yo dije en el debate: ‘Ustedes están a dos kilómetros del Congreso, ¿por qué no van para allá?’. ¿Por qué tenemos que decir ‘fuera Temer’ en una sala de cine? Eso es slogan; es muy fácil.” Sin embargo, la película termina con un discurso en el que el nuevo presidente habla de tender “un puente para el futuro”, y una respuesta implícita de los personajes: “Nosotros apuntamos las armas hacia Temer con ropas de superhéroes.”