FIC VALDIVIA 2018: LOS UNIVERSOS DE BERTRAND MANDICO

This entry was posted on October 9th, 2018

Por Mónica Delgado

Después de dirigir casi una docena de cortometrajes a lo largo de casi dos décadas, Bertrand Mandico hizo en 2017 su primer largometraje, Les garçons sauvages, film que lo ubicó en el escaparate festivalero. Y es probable que gracias a este largo, el mundo haya virado hacia su trabajo anterior donde encontramos sus obras más logradas y la misma médula de todo un universo lleno de referencias, de guiños cinéfilos y de desparpajo visual, que no teme al exceso de los brillos, el neón y la carne.

Este año, el Festival Internacional de Cine de Valdivia, en su edición 25°, dedica un foco a parte de su trabajo, conteniendo tres cortos, un mediometraje y el largo mencionado, que permiten conocer los hitos de su trabajo, marcados por sus estudios de animación y por una cinefilia de sello extravagante.

No está demás indicar que junto a cineastas como Yann Gonzales, Caroline Poggi, Marie Losier y Jonathan Vinel firmó en 2012 un manifiesto, denominado La Internacional Coherencia, que enarbola algunos preceptos, tales como “el uso de efectos ópticos en cámara (filtros, etc.)”, que “la película debe suceder en una geografía incierta, atemporal, prohibir cualquier efecto realista”, que “el director debe ser autor, cámara y director de arte del film”, o “que la película no debe pertenecer a ninguna tendencia estética o narrativa. Debe ser profundamente cinematográfica y por lo tanto frágil”. Y es precisamente que estos enunciados se materializan en casi todos sus trabajos, que gozan de un sello muy íntimo y a la vez violento, una estética de un barroco frenético y luminoso.

Con trabajos que se destacan por la presencia de su actriz fetiche, la gran Elina Löwensohn, el cine de Mandico parte de pulsiones desde el deseo femenino. No es casual que la mayoría de sus protagonistas sean mujeres, algunas de ellas de perfil andrógino, o que evocan a viejas figuras de determinado cine emblemático (la mujer típica del cine ruso o balcánico, en algunos cortos) pero también a hazañas del cine porno setentero o al cine queer de corte warholiano o kitsch del underground alemán. Evocaciones que han logrado un bestiario único, pese a la avalancha de guiños, al pastiche y al artificio que gobiernan cada plano.

Boro in the Box

En Boro in the Box (2011), Mandico hace un creativo tributo a un cineasta fabuloso, al polaco Walerian Borowczyk, a través de un falso biopic, que va construyendo con reminiscencias a algunos elementos o filias de los films eróticos del director de La bestia, Cuentos inmorales y Tres mujeres inmorales y colocándolos como sucesos de su vida, desde que nace hasta que logra sus primeras películas en Francia.

Narrado en primera persona por una voz femenina, Boro in the Box es quizás el film más logrado de Mandico, ya que no solo extrapola su propio imaginario de cuerpos, desnudos y mitos sobre el deseo y su origen, y lo hilvana a la filosofía voyerística de la obra de Borowczyk, sino que logra plasmar esa búsqueda sensible a través de un blanco y negro sublime, pleno de encuadres perfectos y poesía sensual. Colocar a Boro en la fisonomía de un hombre híbrido, mitad humano mitad caja (la cabeza), enfatiza la materia del tipo voyeur, que concentra la mirada a través de un orificio, que es la vía para su contacto con el mundo, como si viviera en un Étant donnés permanente. También con bastante sentido del humor negro, Mandico imagina a este Borowczyk de fantasía, como un apátrida perpetuo, dueño de una mitología sexual y erótica que plasma en medio de la nieve o de la precariedad.

Living Still Life

Como tributo también a su época como animador, Bertrand Mandico realizó en 2012, La Résurrection des natures mortes o Living Still Life, corto que arranca con una cita de Walt Disney: “La animación es una ilusión de vida”. Mandico describe a través de un ritmo episódico cuatro momentos en la vida de una mujer (Löwensohn) obsesionada con revivir a animales muertos a través del cine. Conejos, perros y caballos devueltos a la vida a partir del stop motion, resurrecciones que afloran por la magia del cinematográfo, que no teme evocar a Edward Muybridge y a otros personajes de los inicios del cine, pero que también surgen por una pulsión fuerte, interior, violenta, y que el cineasta describe a punta de gestos y silencios.

En esta edición de Valdivia, el foco incluye su primer corto Le Cavalier Bleu (1999), premiado en Annecy y que establece correspondencia con Living Still Life.

 

Ultra Pulpe

Por otro lado, Ultra Pulpe (o Apocalypse After), que fue estrenado en la sección especial de cortos de la Semana de la Crítica, plantea una simbiosis con el imaginario del porno de los años setenta, como si los universos eróticos con cuotas de Sci-fi y serie Z cobraran una dimensión romántica. Pareciera que ambientes de Café Flesh o Behind the Green Room, cumbres del porno estrafalario, hubieran sido travestidos con luces de neón y glitter.

Una directora de cine, Joy, rueda películas a punta de atmósferas extraterrenas, inspirada por Apocalypse, su musa. Con este argumento simple, Mandico dota a su film de un espíritu sugerente, por momentos camp y kitsch, como si se tratara de un collage de los universos de Shuji Terayama, KennethAnger, Jean Genet, o de su colega y amigo Yann Gonzalez o incluso el Fassbinder de Querelle, pero en modo glam, pop, y con brillos escarlatas. Y así, el cineasta logra un corpus compacto, cuya marca recupera espasmos de films anteriores como Notre Dame de Hormones (2015) Prehistoric Cabaret (2014).

Y en Les garçons sauvages (2017), Mandico realiza un mejunje visual que parece dar una vuelta de tuerca a todos esos universos femeninos desbordantes de sus cortometrajes. Sin embargo, pese a las primeras trampas corporales, el cineasta ratifica su mundo pulsional dentro de un relato de liberación y subversión “de género”. Con demasiados referentes y guiños, desde la maldad púber del El señor de las moscas, El joven Torless hasta La Naranja Mecánica, pasando por diversos films de aventuras  y mares, por el sci-fi de plantas carnívoras e islas vivientes,  o incluso a su adorado Walerian Borowczyk de Goto, l’île d’amour, Mandico propone la transformación de los cuerpos como solución a taras sociales. Cinco adolescentes andróginos (Pauline Lorillard, Vimala Pons, Diane Rouxel, Anael Snoek y Mathilde Warnier), que acaban de cometer un delito, son castigados y enviados a altamar junto a un capitán polaco que se ufana de su pene tatuado. Este los lleva, luego de una travesía dura de labores y torturas, a una isla donde se verán sometidos a un territorio exótico, animado, e hiper erotizado, que los hará cambiar a la fuerza.

Es inevitable asociar el universo de este film de Mandico a innumerables citas, que van desde el cine de Jean Genet, Guy Maddin o Derek Jarman, aunque parece que las referencias literarias también tienen su lugar, más aún si pensamos en los relatos de Guillaume Apollinaire a inicios del siglo pasado o en las obras eróticas de Louis Aragon o Pierre Louÿs. Sin embargo, pese a esta parafernalia sonora y visual abrumadora, la idea de transformar a hombres en mujeres como solución a la crueldad del mundo, suena demasiado maniqueísta para el confort, y quizás en eso radique el disfrute cinéfilo aguerrido que propone este cineasta de marca única.