FRONTERA SUR 2018: LA VIDA SUSPENDIDA DE HARLEY PROSPER DE JUAN MANUEL SEPÚLVEDA

This entry was posted on November 20th, 2018

Por Mónica Delgado

En la reciente segunda edición del 2° Frontera Sur Festival Internacional de Cine de No Ficción, que se realiza en Concepción, Chile, se dedicó un foco a la obra del cineasta mexicano Juan Manuel Sepúlveda. Se pudo ver en panorama seis de sus trabajos, entre ellos Lecciones para una guerra (2011) y La Balada de Oppenheimer Park (2016).

Así en perspectiva, se podría decir que las películas de Sepúlveda han buscado acercarse a su propio autor, es decir, si pensamos en sus primeros trabajos como Bajo la tierra (2005) o La frontera infinita (2007), marcados por un estilo documental más convencional y de distanciamientos, en La vida suspendida de Harley Prosper (2018), la relación del cineasta y su objeto (sujeto) de observación se ha hecho mucho más estrecha.

Como pasa en el clásico Portrait of Jason de Shirley Clarktodo el film de Sepúlveda se concentra en retratar algunos días en la vida de Harley Prosper, también personaje de su anterior La Balada de Oppenheimer Park, donde sigue a un grupo de nativos alcohólicos e indigentes en un parque popular de Vancouver, en Canadá. Y a diferencia de ese film, en La vida suspendida… todo el registro está supeditado al perimetro de la habitación del único personaje (de allí la noción de “vida suspendida” del título), y a través de una cámara muy cercana, presta a cazar asperezas y rudezas del cuerpo y rostro de un enfermo y alcoholizado Harley dentro de su confinamiento voluntario en un albergue de subvención pública.

Como en el film de Clark, Sepúlveda sostiene los 66 minutos de su obra en las confesiones, movimientos y duermevelas de su único protagonista, sin lograr perder la atención del espectador, dando así a la palabra y a la fuerza de su oralidad un rol predominante para construir la identidad de este personaje. Y también como en la reciente Lembro Mais dos Corvos de Gustavo Vinagre, Sepúlveda maneja una sentido del espacio que otorga a la cámara el mismo confinamiento que pesa sobre la libertad de Harley: planos muy cercanos que permiten ver la porosidad del rostro abrumado, de manos sufridas queriendo soltar algunas prendas, o de la urgencia de beber constantemente un vino barato.

Más allá del drama social que Sepúlveda intenta captar desde el testimonio y anécdotas de este hombre desclasado y al margen, y que por momentos desvaría,  La vida suspendida… es un film físico, de texturas, y de claustrofobia, y que muestra de manera más lograda lo que exponía abiertamente en el otro film que forma este díptico. Harley queda atrapado en la atracción que ejerce la cámara sobre él, o en todo caso, se deja llevar por su influjo, que no le impide dormir e ignorarla, por momentos.

Dividida en dos partes claras, o en todo caso, una película con un breve y marcado epílogo, La vida suspendida de Harley Prosper tiene en su final la posibilidad esperanzadora, dejando ver por primera vez un ventanal, que se vuelve en la antítesis del claustro vivido dentro de la habitación de Harley, en la hora anterior, cuando él aún pensaba que el diagnóstico de desahucio se iba a consumar. Si en La balada… los personajes viven sometido a una suerte de ninguneo social disfrazado de política pública, en La vida suspendida… la fortaleza de Harley, que adivinamos a partir de una gran elipsis, supone el triunfo no de un tratamiento para vencer la adicción al alcohol sino de la alineación transformada, paradójicamente, también como deseo de vivir.

Foco
Dirección: Juan Manuel Sepúlveda
Guion: Juan Manuel Sepúlveda y David Cunningham
Fotografía: Juan Manuel Sepúlveda
Sonido: Juan Manuel Sepúlveda, Pablo Fernández, José Miguel Enríquez
Edición: Lorenzo Mora Salazar
México, 2018, 66 minutos