MEDIA CITY FILM FESTIVAL 2018: COYOLXAUHQUI DEL COLECTIVO LOS INGRÁVIDOS

This entry was posted on November 8th, 2018

Por Pablo Gamba

Las películas de Los Ingrávidos han llamado la atención sobre todo desde 2014, el año de la desaparición forzosa de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en México, que fue motivo de protestas en todo el mundo. El colectivo mexicano, formado en 2011 y que ha publicado más de 300 trabajos sin identificar individualmente a los autores, se caracteriza por hacer un cine político underground –“incendiario” lo llaman ellos–, en particular sobre la violencia, aprovechando las posibilidades de difusión que da hoy Internet.

Los Ingrávidos rechazan la gramática televisiva y del cine dominante en general, pero también las fórmulas establecidas de la denuncia y el testimonio. Valoran la imagen como acontecimiento, frente al cine que la somete a su voluntad de liberar a los pueblos, como ha señalado Sebastián Widemann en Desistfilm.

Entre los antecedentes latinoamericanos están las críticas de Glauber Rocha al “tercer cine” de Fernando Solanas y Octavio Getino, realizadores de La hora de los hornos (1968). Si los militantes argentinos de Cine Liberación proponían experimentar para hacer una propaganda guerrillera eficaz, el director brasileño de Deus e o diabo na terra do sol (1964) defendía un arte revolucionario “lanzado a la apertura de nuevas discusiones” en Eztetyka do sonho (1971).

Esa búsqueda se inscribe, para Los Ingrávidos, en una estrategia de evitar “una guerra institucionalizada, regulada, codificada, con un frente, una retaguardia y sus batallas”, escribieron en un manifiesto reproducido este sitio web. Pero las posibilidades de concreción de lo planteado así, negativamente, no están claras.

Coyolxauhqui, el cortometraje con el que participan en el Media City Film Festival, toma el título del nombre de una diosa azteca asociada con los rituales de decapitación y de desmembramiento. Es un interés por lo mítico que ha acompañado al cine experimental a lo largo de su historia, y que se expresa aquí como fuerza cósmica a través del montaje y de los movimientos de la cámara, o creados mediante la animación, así como por el ritmo de la percusión. Todo eso, y el rodaje en película de 16 mm, reconocible en la versión digital por las huellas características del soporte fílmico, pone de relieve el poder que se les da a las imágenes sobre sus referentes reales. Es un tono que las eleva y les da una dimensión telúrica, logrado con los recursos al alcance del cine underground.

Pero el simbolismo es perturbador. Los frutos del cactus y los mangos, todos caen y se abren de maduros sobre la tierra, seca o fértil. Pero luego lo asociado a la tierra son zapatos y prendas femeninas, tiradas por el suelo o enganchadas en ramas secas, y huesos, obvia sinécdoque de las mujeres “desaparecidas” y asesinadas. Los planos del cielo que lo anteceden, y en la banda sonora un coro, enrarecen más todo, porque parecen evocar un ritual de sacrificios humanos.

La polisemia del grito que es Coyolxauhqui da cabida a interpretaciones como ésta, en la que podría encontrarse una explicación telúrica de la violencia. Son los riesgos a los que se lanza la apertura de la imagen a nuevas discusiones.

Realización: colectivo Los Ingrávidos
México, 2017