PANORAMA: EL AUGE DEL HUMANO DE EDUARDO WILLIAMS

This entry was posted on August 24th, 2017

Por Pablo Gamba

El Auge del Humano (Argentina, 2016) es una película sobre cómo las tecnologías de la comunicación son parte de la vida de personajes jóvenes, como los que constituyen la mayor parte de la población mundial, aunque no se vean tanto en las pantallas del cine y de la televisión. Es lo que en su momento Nelson Pereira dos Santos decía que ocurría con los campesinos errantes de Vidas Secas (1963), el film con el que cristalizó el Cinema Novo brasileño.

El tema tecnológico está planteado desde el comienzo de la película de Eduardo Williams, en el que un muchacho trata de encontrar cómo conectarse a Internet en Argentina, hasta el final de la tercera parte, en el que una chica busca un cibercafé abierto, con el mismo fin, en una localidad rural de Filipinas. También en el epílogo, que es una escena en una fábrica de teléfonos celulares.

Pero lo que llama la atención de Williams no es la contradicción que puede dar la impresión que existe entre los aparatos avanzados que utilizan y unas condiciones de vida que son humildes, precarias y del “tercer mundo”, en la concepción geopolítica ortodoxa que hoy se cuestiona: América Latina, África y Asia. “El humano” del título no es “lo humano” precisable por contraste con lo “no humano” del mundo natural ni con lo inhumano de la sociedad.

El cineasta se interesa, en cambio, por una especie cuya cercanía con la naturaleza se percibe en los bordes del espacio civilizado y sus individuos son movidos por un impulso vital gregario, que es lo que les lleva a buscar constantemente el contacto con otros a través de las tecnologías de la comunicación que están a su alcance. Que eso sea indicio de auge, como indica también el título, porque lleva a la integración de las personas y no a su disolución, lo diferenciaría de las pulsiones destructivas en los mundos originarios del naturalismo, como lo entiende Gilles Deleuze.

En diálogo con otros filmes

La de El auge del humano parece ser una mirada entomológica como la que podría creerse que existe en La Libertad (2001) de Lisandro Alonso. Williams hace seguimiento con travellings y observa a personajes que viven en constante movimiento, en un tiempo presente donde no hay propiamente historia, sino que es un estadio de la evolución de la especie, y en un espacio en el que no existe solución de continuidad entre la sociedad y el mundo natural. Por eso sería incluso más entomólogo que Alonso, en cuyo filme hay una contraposición significativa entre la naturaleza y el mercado, señalada por Gonzalo Aguilar en Otros mundos: ensayo sobre el nuevo cine argentino (2010, pp. 69-70).

La mirada de Williams, sin embargo, debe ser confrontada, en primer lugar, con esa representación emblemática del cine latinoamericano de la marginalidad que relaciona a la gente humilde con la delincuencia –algo que le dijo el director en una entrevista a Roger Koza–, además de con cine para el cual no existen personajes como los de este film. Podría añadirse que, por el dinamismo, la vitalidad y el vivir en tiempo presente que observa, El Auge del Humano plantea preguntas en torno a la resistencia pasiva y los vínculos que atan al pasado a personajes como los de Fontainhas en el cine de Pedro Costa.

Experiencias análogas

Hay otra divertida coincidencia de Williams con Alonso: así como la “mosca en la pared” del documentalismo se convierte en insecto libremente volador en una parte de La Libertad, en esta película se mete entre las hormigas. Es algo que debe llamar la atención, sobre todo, con relación a la naturalización de la mirada que puede producirse cuando el espectador se olvida de la cámara y el montaje.

El público reiteradamente se le intenta hacer salir de la ilusión de transparencia en El Auge del Humano. Los contrastes de textura visual hacen patentes las tecnologías empleadas en la captura de las imágenes; la distancia a la que se ve que están los personajes puede coincidir o no con las voces que se escuchan, lo que junto con el montaje remarca la mediatización de la experiencia del espacio y del tiempo, y la respuesta de la cámara a los cambios de luz, al pasar de un ambiente a otro, se percibe la diferente de la capacidad de ajustarse de la pupila.

Si los jóvenes de América Latina, África y Asia de la película tienen un misterioso impulso que les lleva a conectarse con otros por medio de aparatos, el vínculo hombre-tecnología también se hace patente en la manera como se entra en contacto con ellos a través del cine. El espectador, aunque pertenezca –o crea pertenecer– a una realidad diferente, por su posición en su sociedad, y la de ésta en la división económica y política del mundo, puede hacerse así partícipe de la experiencia de los personajes, lo que ha de suponerse que ocurre también fuera del cine, en el estadio actual de la evolución humana.

Un “cientificismo” problemático

El título de la película no solo hace alusión al crecimiento de la población  mundial, como ha dicho el director, sino también a su avance en dirección a conformar una especie interconectada a la manera de las hormigas. El misterio humano no es aquí una cuestión del espíritu, como en los filmes de Carl Theodor Dreyer o de Robert Bresson, sino un enigma básicamente biológico.

Esta perspectiva es problemática frente a las películas actuales con las que El Auge del Humano podría entrar en diálogo –las de Pedro Costa, por ejemplo–, porque pareciera tener como trasfondo una suerte de aspiración seudocientífica, la cual resulta comparativamente superficial. Sin embargo, no deja de recordar, irónicamente, que hay una mirada sociologizante parecida en aquellos filmes cuyos personajes son construidos sobre la base de una confluencia de factores sociales, a los que la narrativa hollywodense aporta el toque de “humanidad”. Eso también es característico del cine latinoamericano de la marginalidad.

En cualquier caso, El Auge del Humano es apasionante por su potencial para desencadenar reflexiones y debates. No abunda en el cine ese estímulo a pensar.

Dirección y guion: Eduardo Williams
Producción: Rodrigo Areias, Violeta Bava, Victoria Marotta, Rosa Martínez Rivero, Jerónimo Quevedo, Rodrigo Teixeira
Fotografía: Joaquín Neira, Eduardo Williams
Edición: Alice Furtado, Eduardo Williams
Sonido: Tiago Bello
Reparto: Sergio Morosini, Shine Marx, Domingos Marengula, Irene Doliente Paña, Chai Fonacier, Manuel Asucan, Rixel Manimtim
Argentina-Brasil-Portugal, 2016