ROTTERDAM 2019: TODOS SOMOS MARINEROS DE MIGUEL ÁNGEL MOULET

This entry was posted on February 4th, 2019

Por Mónica Delgado

Todos somos marineros tiene, en sus primeros minutos, una de las secuencias más fascinantes del cine peruano reciente. Como si despertáramos en plena atmósfera sinuosa, el cineasta Miguel Ángel Moulet nos somete, como a uno de sus protagonistas, a una sensación de desconcierto, dentro de un barco de claustrofóbicos tonos verdes, grises y azules. De esta suerte de despertar abrupto, de un sueño inconcluso, asistimos al relato de un grupo de marineros rusos que llevan semanas varados en su embarcación, en algún puerto de Chimbote, al norte del Perú. Este urgencia económica los va colocando en un estado de espera permanente, y que se va materializando con su paso a tierra firme, y en las relaciones que van armando con algunas lugareños.

Este grupo de escenas que Moulet construye desde el inicio, a modo de duermevela con planos cercanos, nerviosos y borrosos, y que poco a poco van describiendo el ambiente de abulia y borrachera de un barco detenido, permiten mostrar la sensibilidad del film, que pasa de escenarios cerrados a abiertos como una necesidad de libertad, y que a lo largo del metraje irán mostrando que esa figura del barco varado podría extenderse, más allá de lo físico, a tierra firme.

Tres marineros rusos salen del barco, espacio donde pasan horas, beben, duermen y siguen a la espera del mensaje de la empresa que los dejó en esa situación. Chimbote, ciudad convulsa y de aspecto marginal, aparece como la promesa de cobijo ante una situación de inacción y de forzoso exilio. La dueña de un restaurante en el mercado (Julia Thays), y su joven sobrino también vendedor ambulante (el actor Gonzalo Vargas, la revelación de Casos Complejos de Omar Forero), se vuelven la posibilidad del ancla, sin embargo, las circunstancias, algunas trágicas, anulan esta vía. Así, Moulet elabora más que un film de narrativas de encuentros o desapariciones, lo que propone es la atmósfera de una ruta hasta la aceptación de una certeza, la de un devenir imposible de evadir.

Estrenada en el país en el festival de Lima del año pasado, la ópera prima Todos somos marineros se distancia de aquellos filmes de situaciones similares, donde los hombres varados pasan penurias al verse alejados de su tierra natal (o incluso de films de vida en altamar), y más bien el cineasta peruano opta por mostrar cómo este desarraigo se hace patente más allá de los territorios, es decir, el film se concentra en probar la premisa de su título, en mostrar una humanidad que padece las mismas angustias o los mismos sinsabores, extendiendo los terrenos del inmenso y solitario barco a las costas deslucidas del Perú.  Chimbote como extensión de ese barco varado, donde los personajes no pueden salir o construir su propio camino a la libertad (tanto los hermanos rusos como los personajes de Julia o su sobrino). Y este es el mayor logro del film, que propone más allá de una trama simple (hombres atrapados lidiando con situaciones de tensión con los locales ya sea por temas migratorios o de índole amorosa), la alusión a un plano simbólico, que se sostiene en planos fijos largos y en el seguimiento a la relación afectiva de los dos hermanos rusos, que como entelequias o entidades fantasmales, van apenas intercambiando diálogos en ruso como si fuera una dejadez de carácter ontológico.

Si bien el film pareciera desbocarse en situaciones cotidianas que enfatizan esta desconexión de los hermanos rusos, o para mostrar la solidez de sus afectos filiales, Moulet va sacando a flote su premisa más fuerte, la del retrato existencial sobre el desarraigo, y cuya puesta en escena de planos abiertos, de rostros inexpresivos, de estilo seco,  afirma con contenida marca propia.

Sección Voices

Guion y dirección: Miguel Ángel Moulet
Fotografía: Camilo Soratti
Editor: Nino Martínez Sosa
Diseño de producción: Hernán Pérez Menéndez, Luciana Espinoza
Diseño de sonido: Nicolás Tsabertidis, José Homer Mora
Reparto: Ravil Sadreev, Andrey Sladkov, Julia Thays, Gonzalo Vargas Vilela
Perú, República Dominicana, 2018, 104 minutos