SAN SEBASTIÁN 2018: TIEMPO DESPUÉS, LETO, LE LIVRE D’IMAGE, COINCOIN ET LES Z’INHUMAINS

This entry was posted on September 25th, 2018

Por David S. Blanco

Llegamos a la mitad del festival con buenísimas sensaciones, en un día para enmarcar. 

Tiempo después, de Jose Luis Cuerda

Madrugábamos para ver el primer pase de prensa de la nueva película de José Luis Cuerda, la cual prometía recuperar el espíritu de aquel clásico de culto que fue Amanece que no es poco (1989). Y la verdad, es que lo ha conseguido. La película transcurre en un futuro distópico, encuadrado en torno al año 9000, donde el mundo ha quedado reducido a un solo edificio que podríamos denominar como los acomodados que gozan de trabajo, mientras que los desempleados son organizados en guettos de las afueras como apestados. Partiendo de esta premisa, a Cuerda poco más le hace falta para armar un relato de lucha de clases, recogiendo el presente de su país y caricaturizándolo en el futuro. Porque Tiempo después es otra muestra del humor absurdo y leído de Cuerda, con grandes debates sobre pensadores, recitales de poesía como opio del pueblo, y acaloradas discusiones lingüísticas. ¿Hay algún pero? Quizás que peque de repetir sistemáticamente elementos que ya le funcionaron en el pasado desde el punto de vista del guion. Cuerda conoce bien el cine, y, por lo tanto, las estructuras de conflicto presentes en un guion a la hora de construir una trama, y es por esto mismo que sabe perfectamente cómo deconstruirlo, deformarlo y transmutarlo en un esperpento que se burla del propio cine, las premisas y,  en muchas ocasiones, de sí mismo. El absurdo como maximo valor a la hora de construir, da lugar a una obra muy disfrutable, y a la que le habría pedido sin problema media hora más de metraje. Y el querer ver más, siempre es sinónimo de que el cineasta está haciendo algo bien.

Leto, de Kirill Serebrennikov

Leto narra la historia de un jovencísimo Viktor Tsoi, cantante y líder del grupo Kino, la gran referencia musical y héroe pop para la juventud rusa durante los fríos años de aquella década de los años 80. Con este pretexto, podría ser sencillo armar un biopic canónico y que contente al gran público, pero Serebrennikov no es ese tipo de director. La primera gran decisión cae en repartir el peso de la trama en el personaje de Mick, un popular cantante que hará las funciones de mentor sobre Viktor, y cuyo rol fue determinante para la creación de aquel legendario grupo. Por el camino, conocemos a distintos músicos en una orgía de corcheas que podría recordar a los momentos más brillantes de Michael Winterbottom en su extraordinarias 24 hour party people (2002), pero Leto, es aun mejor.

Y es mejor porque no tiene miedo a arriesgarse. Porque consigue canalizar las emociones de la incertidumbre, la ilusión, y la rebeldía, de una forma como pocas veces he visto en el cine. No estamos acostumbrados a ver este tipo de historias desde el prisma sovietico, y es un placer conocer el eterno conflicto entre los jóvenes sovieticos y sus mayores, sobre el veto a todo lo occidental, y que papel tuvo la música -universal- de artistas como Lou Reed o David Bowie. Y es que, estos que cito, son solo algunas de las icónicas leyendas que aparecen en la película, ya sea a través de versiones de su música, en fotografías, o en portadas de discos. Talking Heads, Iggy Pop o incluso Blondie, son versionados en unos números musicales que incluyen unas brillantes animaciones sobre pantalla, y la participación de varios personajes ajenos a la propia trama. Esto, que podría parecer gratuito, o un capricho estético del director, funciona como gran alegoría y escapismo emocional de unos personajes que necesitan la música para canalizar esa magia que no pueden tener en una sociedad gris y monótona. Pocas veces he visto un ejercicio en el cine de mejor integración de la música diegética, pero es que el ejercicio de mezclas en esta película es sencillamente apabullante.

En el plano técnico, desde la planificación, Serebrennikov opta por un acercamiento directo y una cámara que flota en el ambiente, rodeando literalmente a los personajes, como el humo de los cigarros que fuman sin parar. En los momentos clave de la película, nos acercamos un poquito más en planos mas cortos, y a veces opta por desequilibrar la imagen con ciertos contrapicados, dejando claro en todo momento, que aunque la historia se base en una figura real, no se basa en hechos reales. Lo que sí que es real, es que Leto (verano en ruso) tiene todos los elementos necesarios para ser una gran película, y es mi favorita de todo lo que llevábamos de festival hasta el momento.

Le Livre d’Image de Jean Luc Godard

Llevo como tres días detrás de esta película, pero era imposible conseguir entradas para ella. Sobre la bocina, y contra todo pronóstico, pude adquirir una entrada, pese a que me descolocase todo el planning del día. Pero mereció la pena. Vaya por delante que las películas de Godard hay que verlas como una especie de centro comercial de tus sueños en el que puedes sacar juguetes para poder trabajar en el futuro. Cuando uno se enfrenta al Godard de esta última etapa, está solo ante el peligro. Su cine no es precisamente difícil de realizar, ni creo que su concepción sea extremadamente retorcida con el único fin de hacer películas para él mismo. Pero sí que creo, que tienen unas reglas y coherencia interna, que es imposible descifrar, ya no con un visionado rápido en un festival, sino con varios y pudiendo parar la película en tu propia casa.

En Le Livre d’Image, esto no es distinto. Asistimos una vez más, a la muerte de la narrativa clásica. A la destrucción de los pilares del lenguaje del cine tal y como llevan siendo puestos en marcha durante prácticamente, toda la existencia del cine. Se nos muestra de nuevo las posibilidades infinitas de la imagen y el sonido, a través de unos capítulos en los que uno puede llegar a intuir de que se quiere hablar, pero nunca se sabrá a ciencia cierta. Podemos ver clásicos del cine como El Último de Murnau, Saló de Pasolini o varias piezas de Fellini, pero con un tratamiento de color diferente. Podemos ver saturaciones salvajes en los colores, o imágenes del mundo real intercaladas con clásicos del cine americano. El sonido se rompe, se mueve a cámara lenta, vuelve enlatado con una calidad pobre, y se superpone por los canales 5.1, impidiendo llegar a entender nada en muchos puntos de la historia. ¿De qué nos habla Godard en este libro de las imágenes? En algunos puntos, parece hacer referencia la escasez de ideas en el cine – y por ende, en el mundo – actual.

En un primer capitulo llamado Remake, se nos insta varias veces a reflexionar acerca de las pequeñas modificaciones que sufren algunas obras para volver a estrenarse. Más adelante, se reflexiona con la idea de que la realidad parece haberle comido terreno al cine. Antes, lo fantástico pasaba en la gran pantalla. Ahora, estamos insensibilizados ante tanto acontecimiento. También se hace referencia a cuestiones políticas de oriente medio, la relación que tienen estos con Francia, o el análisis filosófico de la concepción de una imagen. Son solo algunos de los puntos que se ponen de relieve, en una obra que parece querer ser un estudio antropológico del ser humano, irremediablemente unido a la imagen. Una película que puede desquiciar -no fueron pocos los que abandonaron la sala- pero llena de tesoros en cada frame. Hay más ideas en un solo minuto que en toda la competición de este año.

Coincoin et Les Z’inhumains de Bruno Dumont

Y finalizamos el día con una gesta imposible. Los 200 minutos del film dBruno Dumont entre pecho y espalda. Y es que en el cuarto día, las fuerzas ya flaquean, y el tempo del director francés, no es precisamente el del blockbuster americano. Pero aquí nos sentamos, para deleitarnos con la mejor comedia que he visto – y veré- en esta edición del festival de cine de San Sebastián. La historia, que sirve de secuela a la serie P’tit Quinquin (2014), está dividida en cuatro capítulos de 50 minutos cada uno, y nos narra, desde diversos puntos de vista, la aparición de un extraño magma que cambiará el devenir de los habitantes del pequeño pueblo rural donde transcurren los hechos.

Con esta base, Dumont vuelve a deconstruir el tiempo cinematográfico y hacer de este su principal arma narrativa – y humorística-. Porque gran parte del encanto de esta serie, reside en lo absurdo y grotesco de ciertos momentos y personajes, llegando en algunos momentos a recordar a la última etapa de Roy Andersson. El humor de Dumont es un extraño caldo entre el slapstick clásico del cine americano, con una base extraña de humor francés. La historia avanza, torpe y titubeante, como sus personajes, que señalan el conflicto de la invasion extranjera -en este caso, extraterrestres- en un momento en el que Francia sufre un gran problema de emigracion. Esta gran alegoría, la resuelve Dumont de forma brillante, unificadora y redonda, para cerrar una única y maravillosa pieza absurda que encandilará al fan de su cine.