ANNETTE: CUANDO LA COMEDIA YA NO TIENE LUGAR EN EL MUNDO

ANNETTE: CUANDO LA COMEDIA YA NO TIENE LUGAR EN EL MUNDO

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Por Mónica Delgado

Como pasa con las estructuras de algunos grandes musicales de Hollywood,-pero también con algunas obras de teatro griego-, el inicio de Annette de Léos Carax funciona como una presentación simbólica del film, y una síntesis lúdica de lo que veremos a lo largo de casi dos horas y media de metraje. Una historia anunciada por un coro,  junto a los personajes y bajo el influjo del motor (o ritmo) que los ordena. En este inicio, que Carax viste con las formas y atractivo del plano secuencia, asoman el acompañamiento de un coro de mujeres, la presencia de los músicos que componen las canciones que escucharemos a lo largo de la película y del mismo cineasta que funge de ingeniero de sonido o productor musical, y los tres principales personajes de la historia. Personajes que salen de un estudio de grabación a la vida, a las calles nocturnas de Los Ángeles, al devenir de neón, canciones y movimiento.

La trama del film es sencilla: un actor de stand-up comedy (Adam Driver) se enamora de Ann (Marion Cotillard), una actriz de ópera en Los Ángeles. Ambos inician una relación, entre pasional y conflictiva, contexto en el cual nace Annette (que da nombre a la película), la hija prodigio de ambos. La relación se va complejizando debido a varias tragedias y a los celos del actor hacia un compositor amigo de Ann. Sin embargo, el modo en que Carax plantea la historia, desde un excesivo histrionismo, la hiperrealidad de algunas escenas, la fisonomía de Annette, sobreimpresiones o fundidos lentos, los decorados rebosantes de neón, o la apariencia videoclipera de algunos momentos van logrando romper con la historia lineal y crear sensaciones difusas sobre las acciones de los personajes. ¿No es acaso este el Carax que hacía correr a Denis Lavant por una calle de artificio mientras suena Modern Love de Bowie? ¿No es también el Carax de amores fou, de parejas imposibles y extravagantes? Y desde otro ángulo dramático está la figura de Driver como el héroe pasional que termina arruinado por la inconsciencia de su masculinidad tóxica, y que se confronta con el lado feminino encarnado por la soprano, pero también por Annette, la hija (que parece una marioneta del mejor Jim Henson), que encarnan el lado metafísico de la vida.

Este aspecto teatral y colectivo desde el cual se comunican los personajes, inherente al musical y a la ópera rock, género del cual Carax se nutre fielmente, evoca a las partes o características de las sátiras  y tragedias clásicas. Este pedido de “aguantar la respiración” que hace el cineasta – o narrador onmisciente- al inicio del film, remite a un estado de suspensión de la realidad, a un tipo de clave para acceder a este entorno fantástico, pero también a una inmersión desde el sentido etimológico de la palabra teatro: de un detenimiento especial que debe hacer el espectador, para dejarse llevar por la historia o para volverse un observador, consciente de su capacidad de escucha y expectación. Por ello, no es nada casual, que el personaje de Marion Cotillard sea una actriz y cantante de ópera (suenan algunas conocidas arias incluso) que encarna al drama o tragedia, mientras que Driver representa a la comedia (sobre todo en aquello en que ha devenido el sentido de lo cómico). Prueba de ello es un diálogo que tienen ambos a los pocos minutos de iniciado el film (después del maravilloso plano secuencia de salida del estudio de grabación): en un encuentro ante los fans y prensa, Driver dice que su labor “mata” al público con el tipo de comedia que hace, en la medida que lograr carcajadas es despertar un lado crítico, confrontar la realidad, mientras que ella indica que cantar ópera es “reavivar” a sus espectadores, mantenerlos y afirmarlos en un plano existencial. Y desde esta lectura, Driver, el comediante, será absorbido por la tragedia de vivir.

Dentro de este aspecto teatral, y que se podría encontrar una ascedencia griega, están los coreutas, los músicos y los actores, recuperando este rito de encuentro con los espectadores en una dimensión de exaltación del espectáculo. Y dentro de la estructura musical, y ya anunciada desde el inicio, Carax como diseñador sonoro, no solo de imágenes, sino de entonaciones, y de los ritmos y cantos surgidos de la ópera rock de los Sparks, una banda estadounidense conformada por los hermanos Ron y Russell Mael, que a lo largo de las décadas pasó del glam, el garage, el rock progresivo al synth pop con relativo éxito, pero que aquí regresan como si se tratara de su mejor momento creativo (aunque hay mucho de Kimono my house, su disco de 1974).

Por otro lado, Carax reproduce algunos componentes clásicos de la ópera rock, desde las canciones y los diálogos o monólogos entonados que van a construir una idea del mundo, libre de realismos y lógicas racionales.  Aparecen los gritos del héroe mientras se conduce una moto por la carretera al estilo de Quadrophenia (1973), o se alude a clásicos del musical, como la escena donde Marion Cotillard luce el impermeable amarillo y el sombrero que remiten al inicio de Cantando Bajo la lluvia (1952), pero para indicar que esta vez el código es otro.

Director de seis largometrajes y un puñado de cortos y videoclips, el francés Léos Carax se mantiene fiel a sí mismo, extendiendo el asombro que causó con su Holy Motors (evidentemente superior), aquí libre y sin temor de poner en marcha la idea de un “hiperbowl” para que cante una niña automáta como megaestrella.

Dirección: Leos Carax
Guion: Ron Mael, Russell Mael, Leos Carax
Música: Ron Mael, Russell Mael, Sparks
Fotografía: Caroline Champetier
Montaje: Nelly Quettier
Producción: Adam Driver, Charles Gillibert,Geneviève Lemal,Kenzo Horikoshi, Fabien Gasmia1?
Reparto: Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Helberg, Dominique Dauwe, Kait Tenison, Latoya Rafaela, Rebecca Dyson-Smith
Francia, Alemania, Bélgica, 2021, 139 min.

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