BERLINALE 2021: THE INHERITANCE, TZAREVNA SCALING, JACK’S RIDE Y QUÉ SERÁ DEL VERANO

BERLINALE 2021: THE INHERITANCE, TZAREVNA SCALING, JACK’S RIDE Y QUÉ SERÁ DEL VERANO

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Por Mónica Delgado

Ya han pasado algunos días de la edición 71° de la Berlinale y algunos films nos van quedando como eco. Uno de esos es The Inheritance del estadounidense Ephraim Asili, que pudimos ver en el marco de la sección Forum. Esta docuficción va materializando a lo largo del metraje la idea del ubuntu, concepto que remite a un orden de justicia comunitario, amparado en tradiciones y pensamientos de los pueblos africanos en su resistencia a la esclavitud y colonización.

Desde el inicio, Asili cita a La chinoise de Jean-Luc Godard, pero desde el contexto de la militancia que parte del pensamiento y memoria afroamericanos que muestra, su evocación no puede ser entendida más que como una sutil ironía: en esta casa del Ubuntu no hay espacios para el terrorismo maoísta. Y más bien hay un planteamiento que busca hacer justicia a la historia y poéticas negras en EE.UU., partiendo del relato de un nieto que hereda el “baúl de los recuerdos” de su abuela, y que no es más que libros de poesía, filosofía, sociología, así como vinilos de las expresiones negras en ese país. Según lo que propone esta herencia, la lucha contra el racismo y la exclusión está acompañada de estas reflexiones y saberes de generaciones de activistas afroamericanos y africanos del entorno político o de todas las canteras de las artes: Angela Davis, Audre Lorde, Kwame Nkrumah, Calvin Hernton, Julius K. Nyerere, Stokely Carmichael, Malcom X, Sonia Sánchez o Ursula Rucker. Y en paralelo, va haciendo visible algunas acciones revolucionarias de activistas como los del colectivo MOVE y su líder John Africa, en los años ochenta, cuya casa en Filadelfia fue bombardeada por la policía con un saldo de once personas.

A lo largo de The Inheritance, Asili propone a través de sus personajes, sus discusiones y sus prácticas de militancia una ética de la convivencia y de la convicción política. Ubuntu como una premisa que permite una interacción solidaria, entre iguales que han vivido situaciones de inequidad y racismo institucionalizados, y que se ve fortalecida por el conocimiento obtenido en aprendizajes compartidos, desde los saberes de distintas generaciones y experiencias. Y la militancia por la liberación negra entendida, primero como la aceptación y valoración dentro de una comunidad, y segundo, como conjunción de la política y la vida (desde la poesía, la música, la filosofía).

Asili mencionó en una entrevista que denominaba a The Inheritance como una “ciencia ficción política”, en la medida que se trata de una visión utópica donde explora modelos de convivencia en un futuro cercano. Los decorados, los diálogos, la textura y color del 16 mm o el ritmo de las escenas van remitiendo a la construcción de una fábula idílica, de la aspiración a un tipo de comunidad en constante dialéctica. La secuencias finales, del clímax con los versos de Ursula Rucker o con el espacio listo para un nuevo comienzo, logran llevarnos al desencanto, o a la idea de que sin poesía, creación y libertad las luchas no son tan vitales ni permanentes.

En la sección Forum se pudo ver el film argentino Qué será del verano del cineasta argentino Ignacio Ceroi, que se establece como una cartografía sentimental a partir de un viaje a Francia. El director apela a un dispositivo para romper con las fronteras del documental y agregar algunos elementos de ficción, y que a la vez logra un perfil mixto de “metraje encontrado” fusionado al diario de viajes o al relato autorreferencial.

Al llegar a Toulouse, a encontrarse con su novia, el cineasta (o su personaje) compra una cámara de segunda mano, que contiene material diverso de un extraño, y al parecer ex dueño. Encuentra pistas y da con un tal Charles, que vive en Montpellier y que ha grabado escenas de domingo, de paseos por el campo con sus perros, pero también de su visita de tipo laboral a Camerún, en plena crisis política. Pero esta recuperación y reedición del material de Charles, el desconocido, que poco a poco vamos descubriendo, va acompañada de narraciones en off del cineasta, quien a través de correos electrónicos pudo contactarlo y obtener descripciones entre íntimas, filosóficas y poéticas sobre todo lo registrado. Y es a partir de la narración, demasiado “racional” o estructurada”, ya que si bien se trata de una escritura epistolar que la voz en off lee, que se percibe una impostación, como si algo no cuajara entre esta idea que nos hacemos de este Charles, y su forma de componer el mundo a través de las palabras. Aflora un ligero choque entre la sensibilidad de lo que vemos -la de un tipo de clase media casi jubilado, que encuentra tranquilidad en estas reuniones familiares y paseos pueblerinos, o que viaja a África en una constatación frontal de las diferencias por la colonilización-con el desmenuzado existencial que aparece a través de la voz cineasta-narrador-editor-observador, que de alguna manera también interpreta lo que vemos de Charles.

Qué será del verano es un film que encuentra en este dispositivo ficcional del “metraje encontrado” un recurso muy creativo, pero que se va agotando conforme esta mirada de Charles se va diluyendo, hacia el final, con la del mismo cineasta, en su ubicación de extranjero en un territorio nuevo. Sin embargo, la propuesta conceptual sobre cómo surge la capacidad de ficcionalizar, de tomar diversos elementos y armar con ellos un film de retrato inmersivo me parece el logro más importante del film -como idea, pero que en la ejecución se percibe algo premeditada.

 

En Jack’s Ride de la directora portuguesa Susana Nobre seguimos al protagonista Joaquim Veríssimo por diversas calles de Lisboa en busca de unos sellos y firmas que den cuenta de sus ex trabajos para solicitar una jubilación. Escenas de entrevistas con asistentas sociales, algunos ex empleadores en bodegas, grifos o fábricas dan cuenta de la precariedad e inestabilidad que ha vivido el personaje a lo largo de su vida, y que ahora sobrevive ante la crisis económica siendo chofer de taxi.

Nobre utiliza un look setentero y en celuloide para los climas del film, que remiten a las comedias de crítica social a lo Aki Kaurismaki, en la medida que los personas lucen algo fantasmagóricos y desapasionados mientras algunas situaciones devienen en irónicas, absurdas o al menos risibles. A través de este seguimiento a Joaquin, sabemos que también fue un taxista en Nueva York en una época conflictiva de la ciudad (y aquí asoma la figura de un taxista mítico como Travis Bickle), pero también un inmigrante que tuvo que hacer mil cosas para salir adelante.

El film sobresale por su concepto híbrido, por la noción de plasmar un juego de representación, que es develado cuando Nobre despega a Joaquin de su calidad de testimoniante para mostrarlo como un actor, dentro de un auto mientras la retroproyección y el crew aparecen para mostrar la mecánica de la ficción. El viaje de Jack como una metáfora del flujo de memoria, pero también como modo fluido de experimentar las vivencias, de un taxi con un conductor despreocupado, consolado por la nostalgia, en un mundo extraño y con usuarios esporádicos.

Tzarevna Scaling, de la fotógrafa rusa Uldus Bakhtiozina, es una película donde la dirección de arte es la protagonista. Más allá de la pomposidad de la historia, que remite a  un imaginario folclórico de una Rusia zarista, de reinas, subditas y hadas madrinas, hay un tratamiento visual que roza el horror vacui, no solo desde los vestuarios de alta moda sino en decorados y diálogos retóricos. El anti Prêt-àporter atado a una idea de élites. ¿Algo nuevo?

Una mujer que trabaja en un food truck recibe el pedido de una anciana extraña, cuyo contacto inicial la llevará a un mundo muy distinto, de galas, lujos y palacios. ya dentro de este clima fantástico, la protagonista recibe el anuncio de que debe entrar, junto a otras mujeres, a una suerte de concurso para encontrar a la Tzarevna (la hija del zar),  recibir clases y aprender cómo optar de mejor manera ese título real. Más allá de la atmósfera de fábula, donde una suerte de Alicia ingresa al país de las Maravillas, asoma un componente político algo rebuscado para confrontar a una Rusia actual de rezagos zaristas. Visualmente la cineasta y artista apuesta por darlo todo en el plano figurativo, pero pareciera que el film se regodeara en eso, en el uso de algunos recursos estrambóticos en el montaje, en la inserción del musical y coreográfico, en vestuarios que lo gobiernan todo.

En Tzarevna Scaling, vista en la sección Forum, hay mucho eco a universos fantásticos similares como los del artista Matthew Barney y su Cremaster, o en esa composición de lo folk en clave de algunos films de Parajanov (como esos manierismos teatrales de El color de la granada) o incluso de films soviéticos rimbombantes de los años sesenta. Lo propuesto aquí por Bakhtiozina queda demasiado vacío, solo como en una capa decorativa y estéticamente llamativa.

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