CANNES 2015: BALANCE

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Por Mónica Delgado

Cannes es Cannes hasta el día mismo de la entrega de su Palmarés. Hace tiempo que este festival no hilvana algún tipo de coherencia entre la premiación y la calidad misma de los filmes presentados a lo largo de doce días. La competencia oficial tuvo por lo menos una gran obra maestra, dos filmes notables, y varios sobresalientes, pero también cintas muy flojas o irregulares, sobre todo las francesas, donde la única que salía librada, pese a ser un film menor y poco ostentoso, fue La loi du Marché de Stéphane Brizé. Y también esta selección oficial trajo la decepción del año, The Sea of Threes, de Gus van Sant, el primer gran abucheo de la temporada. Así, se condensó todo lo notable y deleznable a la vez.

The Assassin es una película que se encuentra por encima de todas las presentadas este año, que contó, y cuenta, con el voto unánime de la crítica internacional, sin embargo, ni el jurado oficial, ni el de Fipresci estuvieron atentos a sus atributos. Quizás haya decenas de suposiciones sobre a qué apunta un festival como este, pero sí queda claro que forma tendencias, muchas de ellas al margen de la cinefilia más dura o de las corrientes mismas más innovadoras del cine actual. ¿Fue Winter Sleep la mejor película del año pasado? ¿Lo fue en su año La vida de Adéle? ¿Lo fue la de Kornél Mundruczó en Un Certain Regard 2014? ¿Pasó lo mismo con la islandesa Rams este año? No se trata de un asunto de darle vueltas al gusto de cinco o seis personas que se vuelven jueces de lo que “debe ser” el cine, pero quizás valdría la pena indagar sobre qué tipo de juicios de valor priman al darle un premio a un filme que a todas luces parece un sumario de buenas intenciones y nada más.

Desde el anuncio de las películas de la competición, este festival de Cannes denotaba algo de interés muy cinéfilo, sobre todo por las dos películas de Hou Hsiao-hsien y de Jia Zhang-ke, a quienes hemos seguido a lo largo de sus carreras, y que verlas en ese contexto era prometedor. Lo mismo pasaba con Un Certain Regard con la presencia de Apichatpong Weerasethakul, o encontrar a Peter Tscherkassky en la Quincena de Realizadores junto a Desplechin, Garrel o Gomes. ¿Qué hacía Tscherkassky en Cannes? Era algo así como encontrar en la programación algún trabajo de Ken Jacobs o de Bill Morrison. Sí que era extraordinario, y lo fue. Porque al final de cuentas Cannes permite también, en sus convergencias y arbitrariedades, este tipo de posibilidad de lo extraño, innovador, o provocador, como lo fue la inclusión también en la Quincena de un filme tan descabellado como Yacuza Apocalypse de Takashi Miike. Pero la respuesta es clara Thierry Frémaux no es  Édouard Waintrop.

Pero veamos un poco de qué trató el palmarés. Que le hayan dado la Palma de Oro a una película como Dheepan solo revela el estado de mea culpa de Europa ante todos los males asumidos como taras propias de la inmigración o exclusión, y que da como resultado una decisión tomada como termómetro de lo real, antes que por alguna razón absolutamente cinematográfica. Darle el premio a Hou Hsiao-hsien como mejor director, a Son of Saul de Lázslo Nemes como Gran Prix o a Vincent Lindon han sido merecidísimos, pero que en total (junto a Lanthimos o Chronic) reflejan algo de bipolaridad sobre qué premiar.

En cuanto a Un Certain Regard, de lejos la selección más floja de todo Cannes, salvo las de Weerasethahul, Minervini, Matanic, Porumboiu o Muntean, cinco de casi veinte films, que le hayan dado premio a la mejor dirección a un ejercicio tan irregular como el demostrado por Kiyoshi Kurosawa en la edulcorada Journey to the Shore, solo puede entenderse también como un asunto de sensibilidades o sentimentalidades New Age (no sé cómo llamarlo) en torno al cine, que también quedan reflejadas en los tonos de las cintas de Naomi Kawase o Kore-eda.

Igual, creo que los que estuvimos frente a The Assassin, depredando casi dos horas de planos perfectos y de belleza estridente, hemos tenido un festival irrepetible, con una obra maestra contundente, al menos.

Aquí nuestras favoritas del festival:

1. The Assassin, Hou Hsiao-hsien. La contención o proceso de una decisión a punta de long shots. No es necesario estar cerca de estos personajes, verles el rostro o percibir mejor sus gestos, para comprender la dimensión de su alianza con el paisaje y su modo de entender ese mundo de formas y protocolos.

2. Arabian Nights, Miguel Gomes. Solo es posible entender a un país desde el fragmento dislocado, desde la brevedad de lo episódico, y bajo un sentido del humor irónico y bajo el lenguaje de lo mítico, liado a la comprensión de lo político.

3. Visitas, ou Memórias e Confissões, Manoel de Oliveira. Filmada en 1982, esta obra póstuma de Oliveira luce visionaria, pero no por la puesta en escena que evoca a Marguerite Duras o al mismo estilo del cineasta, sino porque se hace clara la apuesta por un apostolado del cine, pocas veces ya visto.

4. The Exquisite Corpus, Peter Tscherskassky. La película más erótica de todo Cannes. Planos yuxtapuestos de films de todo calibre para hablar de ese común femenino lúbrico y categórico del sueño dentro del sueño.

5. Cemetery of splendour, Apichatpong Weerasethakul. A diferencia de todas las demás películas basadas en leyendas y muertos que regresan para saciar soledades de Cannes (la de Kurosawa, por ejemplo), aquí hay una entrañable relación entre lo que se ve y lo que se percibe, a punta de diálogos que todo lo dicen y hacen imaginar.

6. Son of Saul, László Nemes. No es necesario ver el horror del Holocausto, porque solo nos basta el rostro de un Sonderkommando, a través de impecables planos secuencias, y percibir en él la necesidad de escapismo ante una realidad brutal.

7. L’Ombre des femmes, Philippe Garrel. Esta sí que es una comedia sobre el amor. No tiene la solemnidad amorosa de otros filmes del cineasta, quien apuesta más a otra vía, la de la reconciliación en medio de lo irreparable, pese a lo trágico de sus filmes anteriores.

8. Carol, Todd Haynes. Un melodrama exacto de los años 50 de Hollywood, pero con un tema que en esos tiempos sería tabú. Hayne nos atrapa en una época determinada, con una historia que no hace extrañar a Sirk o a M. Stahl.

9. Trois souvenirs de ma jeunesse, Arnaud Desplechin. Es una película que hemos visto ya varias veces, en Truffaut, en Rohmer, en el mismo Desplechin, pero tiene una gracia distinta para abordar la adolescencia desde una mirada extraña y cuasi anacrónica.

10. Mountains may depart, Jia Zhangke. Es un alegato contra el capitalismo, pero desde el drama amoroso y familiar. No es necesario requerir de discursos políticos o planfletos, sino solo una historia potente sobre las pérdidas y la alineación en la China emergente de hoy.

Mención aparte para Yacuza Apocalypse. Excesiva, hilarante, desbordada. Tiene guiños a Why don’t you play in hell? de Sion Sono, quizás a modo de provocación y juego de egos entre cineastas, es claro, pero Miike logra salir bien de estas “réplicas”, para hacer un filme anodino, donde la gracia mayor está en un peluche gigante de rana, el karateca mayor. Pura delicia bizarra.

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