CANNES 2019: THE LIGHTHOUSE DE ROBERT EGGERS

CANNES 2019: THE LIGHTHOUSE DE ROBERT EGGERS

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Por Mónica Delgado

¿Qué mejor figura que un faro imponente para indagar sobre los miedos masculinos? Si en La bruja (2015), el cineasta estadounidense Robert Eggers explora los temores producto de las supercherías y los preceptos religiosos en una comunidad de Nueva Inglaterra en el siglo XVII, en The lighthouse (2019), se detiene en dos personajes solitarios atrapados en una isla a finales del siglo XIX, que sobreviven entre alucinaciones, los efectos del alcohol y la imponencia de un faro (el padre, la libido, o el poder simbólico) que todo lo gobierna.

Como en La Bruja, el cineasta concentra aquí un imaginario específico, que atormenta a los personajes, y que poco a poco los va convenciendo de su propia locura o de la existencia de estados sobrenaturales (o de profundidades psicológicas a la manera de los relatos de H.P. Lovecraft). Dos hombres se trasladan a una isla para regentar un faro, en Maine. Allí quedan al servicio de un clima demencial, de tormentas y cielo nublado, pero también expuestos a las reglas de ese micromundo, donde “alimentar” al faro es un quehacer permanente. Poco a poco la desconfianza y el miedo al otro los va sometiendo, en un descenso infernal que desnuda sus fobias, donde la realidad parece ser una pesadilla.

Tanto Willem Dafoe como Robert Pattinson se comunican a partir de unos diálogos con cadencia de un inglés antiguo, con evocaciones a la literatura de la época y donde la sombra de Melville y su Moby Dick, en su trasfondo filosófico, parecen asomar. Thomas Wake (Dafoe) es un viejo marinero, tosco y alcohólico, que vive obsesionado con el faro y su poder, dejando a Ephraim Winslow (Pattinson) las labores más mundanas del lugar y evitando que se acerque a la torre luminosa. A partir de esta prohibición, y producto de la excesiva explotación de trabajos casi forzados, el joven marinero comienza alucinar con sirenas y la figura demoniaca de Wake, como ente controlador y castrador, que lo maltrata y subestima constantemente. Solo el alcohol logra que esta repelencia se desvanezca y surja una extraña empatía entre ambos, de toques sutilmente homoeróticos o de una especial lucha de poderes.

Para Eggers, una relación laboral y amical de dos hombres atrapados en una isla no puede ser solo narrada desde la los códigos de la aventura o la épica, sino que lo forja desde los elementos del horror psicológico, apuntalado por una extraña conexión con el mundo natural. Aves amenazantes, olas que revientan hasta la casa que los aloja, lluvias poderosas, y un clima permanente de oscuridad. Este componente de lo real, está compartido por el lado sobrenatural, que se aloja en las creencias sobre el faro o el mundo marítimo: sirenas y la conversión del mar en un ser invisible que los encierra.

El duelo actoral de Dafoe y Pattinson, en una relación demasiado tirante, se impone también por la puesta en escena que Eggers elige: habitaciones muy pequeñas que permite el toque teatral (más palpable en el modo de hablar de Dafoe sobre todo, grandilocuente y excéntrico), donde los personajes duermen y cenan, únicos espacios de convivencia, desde donde imaginan o discrepan sobre la finalidad del faro. Como espectadores nos estamos preguntando muchas veces a lo largo del film ¿qué es el faro?, sin embargo la interrogante se va disipando ante la propuesta que nos va llevando hacia la mente misma de Pattinson, que sufre una importante transformación mental, y que Eggers acentúa varias veces desde la figura del doble. ¿Vemos su mente febril imaginando el mal, o los desvaríos son producto del efecto celeste del faro?

También la fuerza expresiva del film está contenida en su soporte y formato. Eggers elige el formato 1.19:1 (a la manera de los films de las primeras décadas del cine en el siglo pasado) y el 35 mm para darle una textura de tensión, en un blanco y negro de contrastes fuertes, que se resume en la estupenda fotografía de Jarin Blaschke.

The lighthouse es un film brillante y perturbador no solo por proponerse como una vía nueva para mostrar los mecanismos del horror psicológico, sino por entregar a dos actores en estado de gracia (las escenas de baile y comunión alcohólica con kerosene son de lo mejor), en una fábula sobre los demonios interiores, donde el faro que guía es convertido en icono del desvarío y la materialidad del mal.

Quincena de realizadores
Dirección: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers, Max Eggers
Música: Mark Korven
Fotografía: Jarin Blaschke
Reparto: Willem Dafoe,  Robert Pattinson
Productora: New Regency Pictures / RT Features. Distribuida por A24
EE.UU., 110 minutos, 2019

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