GIJÓN 2019: SWORD OF TRUST, MATTHIAS ET MAXIME, Y SANTIAGO, ITALIA

This entry was posted on November 20th, 2019

Por David S. Blanco

Seguimos con nuestro reporte desde el Festival Internacional de Cine de Gijón. Una agradable sorpresa en la competición. Lynn Shelton radiografía, en Sword of Trust, los sin sentidos de nuestra realidad, en una alocada pero comedida comedia en la que Mary y Cynthia, deciden empeñar una espada de su difunto abuelo, con el fin de conseguir algo de dinero para poder subsistir. Pero parece, que esa espada, podría cambiar la historia americana tal y como la conocemos.

La directora norteamericana nos regala una historia que analiza cómo la mentira se ha instaurado como la auténtica verdad en la sociedad de la posverdad. Un scanner de las ideas preconcebidas, los prejuicios, el racismo, la dependencia interpersonal, y los sueños rotos, de una sociedad tan perdida como alocada y estúpida. La película se apoya en su elenco de actores, siempre muy medidos en sus actuaciones, para poner sobre la mesa todos estos temas, donde el espectador sea el que los valore y analice. No se juzga, simplemente, se recolecciona una serie de valores propios de este siglo, y los monta de forma, que crea un engranaje sólido y contundente, para darnos una comedia atípica y delirante. Una gran forma de empezar el día.

En Santiago, Italia, el italiano Nani Moretti pone su peculiar ojo analista, para contar de forma cruda y en primera persona, algunos de los hechos que acontecieron en Chile durante la época de Salvador Allende y Augusto Pinochet. Torturas, palizas, secuestros, miedo y mucho dolor, son contados en primera persona por algunos de sus participantes, apoyados en ciertos momentos, por duras imágenes de archivo.

Moretti no innova -ni lo pretende – en el formato documental. Sigue cada uno de los patrones propios del género, y deja que sean sus protagonistas los que aguanten la película sin mucho problema. Es posiblemente esa, su mayor baza, la de conectar a los asilados chilenos de la embajada Italiana de aquella época, en los narradores de un terror que hermanó a dos países aparentemente alejados. Interesante en el planteamiento histórico, pero bastante limitado en cuando a la ejecución formal.

La vuelta del enfant terriblen Xavier Dolan a sus orígenes era uno de los platos fuertes de esta edición. Tras tocar el cielo con Mommy, enclaustrarnos con Juste la fin du monde, y patinar con The Death and Life of John F. Donovan, apetecía meterse de nuevo en la mente intimista y trastocada de uno de los creadores mas vanguardistas de nuestro tiempo. Quizás el mayor éxito de este director, radique en crear obras accesibles para cada todo tipo de público por su agilidad en el montaje, y su profunda carga emocional, acercándose mas al cine de grandes estrenos, que al cine de autor convencional en cuanto al tratamiento de sus historias se refiere. Pero en cambio, su enfoque formal siempre gira en torno a reformarse e indagar, a explorar el lenguaje cinematográfico, ya sea a través de composiciones mediante convergencias entre planos, utilizando el aspect ratio como elemento psicológico de aprisionamiento, los primeros planos obsesivos como síntoma de individualización del colectivo, o la música, como elemento de catarsis y unificador emocional y sensorial. En Matthias et Maxime, todo esto ocurre con una belleza pasmosa.

Porque la cinta nos cuenta la historia de dos amigos, y la tensión sexual vivida durante aquellos años en los que comienzan a ser adultos, y se alejan de la post-adolescencia. Max está absolutamente perdido, y planea un viaje a Australia para encontrarse a sí mismo, mientras que Matthias tiene una buena educación y está a punto de empezar a trabajar en una buena compañía. Dolan trabaja mediante los opuestos, los dos polos de una misma fotografía. La que aparentemente es sencilla y encauzada, pero está encerrada versus la que ha salido en una casilla de salida desfavorecida, pero no tiene nada que perder. A partir de aquí, desarrolla una maquinaria analógica de sincronía absoluta de sus protagonistas, como el final de un romance de verano, que va desapareciendo a medida que los personajes crecen y aceptan su propio destino. Dolan, en la que puede ser una de sus películas mas honestas y menos conceptuales a nivel de mensaje, nos plantea un resquicio por el que escapar, para revertir la polaridad binaria y crear una tercera vía de escape, que determine como podemos vivir nuestra vida, mientras Phosphorescent, Boards of Canada, o Future Islands, ponen la armonía a la desilusión, la esperanza, y por qué no decirlo, el amor.