HISPANOAMÉRICA, UNA PELÍCULA DE JOSÉ LÓPEZ-LINARES

HISPANOAMÉRICA, UNA PELÍCULA DE JOSÉ LÓPEZ-LINARES

Por Tatiana Alvarado Teodorika

Hace pocos días se proyectó el documental Hispanoamérica (España, 2024) en Madrid, en un preestreno en el que se contó con las personas que habían apoyado económicamente el proyecto cuando aún se encontraba en ciernes. Estuve presente entre ese público «selecto» porque, confiada en lo que me «vendieron» y convencida de la necesidad de tender puentes, apoyé la idea inicial.

Citando las propias palabras que hoy comparte en su sitio web, el documental “ofrece una visión renovada, veraz y visualmente poderosa de cómo nació y se desarrolló realmente la América Española” (las cursivas son mías). ¡Qué problemático pretender contar la verdadera historia, lo que realmente pasó! Sobre todo, cuando se trata de la relación entre lo que fue imperio y es hoy un país, con casi todo un continente que, hoy, son más de 20 países, y todo ello en el breve espacio de poco más de una hora y media. El resultado no puede sino ser lo que fue: un despeñarse en simplificaciones y maniqueísmos que terminan siendo un relato a medias. Nuevamente, hay quienes, en España, buscan construir su imagen «nacional» a costa de América y se sirven del Barroco, de su arte, de su espíritu, para cumplir con sus propósitos. Y así venden el proyecto: “Tienes el poder de recuperar tu Historia”. Me pregunto a quién está destinado el eslogan… Y el panorama que ofrece la película no puede ser sino desolador para quien (como la que suscribe) es amante de este período en lo que a las artes y al humanismo se refiere.

El documental Hispanoamérica se apoya en algunas voces de personas reconocidas y solventes en el ámbito académico, pero cuando no las halla, le basta que se trate del autor de un libro que vaya en la línea que defiende, o el fundador de una organización del mismo orden. La película está salpicada de verdades, pero la construcción que se hace con ellas termina siendo falaz: una apología a la evangelización y al imperio. Se repite incansablemente que, en comparación con los espacios que fueron ocupados por ingleses y franceses, en los espacios que ocuparon los españoles «no hubo colonia». Habrá cientos de personas que salieron convencidas de ello tras la proyección porque fue solo al final cuando una voz autorizada pero tenue, a la que no le otorgan ni un minuto, recuerda que la situación en América cambió radicalmente con la llegada de los borbones a la monarquía española. Ese minuto quedó abrumado por la repetición anterior… Dicen que el arte de la pedagogía es la repetición, algo de ello parece haberse empleado en el documental que, parece, pretende ser un curso de historia.

Soy de las personas que emplea el término «virreinal» cuando se refiere a la literatura americana del siglo XVII, de modo que no puedo sino coincidir y recordar que los siglos XVI y XVII son profundamente distintos del XVIII, pero ¿de ahí a decir que no hubo colonia? Restringir y estrangular las palabras es algo que se ha hecho siempre, y esta película no es excepción; no se atreven a hacer un paralelo entre el virreinato de Nápoles y el de la Nueva España o el del Perú, porque ahí se encontrarían ante un problema que evitan a toda costa porque eso generaría problemas en su discurso monolítico y monocorde de lo que «realmente» pasó.

No falta, en la proyección, quien recuerda que el Barroco son contrapuntos y opuestos, pero no hubo ni lo uno ni lo otro en el documental, que le agradece a España, con voces americanas, de absolutamente todo: en términos musicales se dice que la folía es música española cuando ya Sebastian de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, de 1611, señalaba que: «Es una çierta dança portuguesa, de mucho ruido porque ultra de ir muchas figuras a pie con sonajas y otros instrumentos». Seguramente es de poca importancia que fuera portuguesa, habiendo sido Portugal, durante cierto tiempo, también parte del imperio.

Se sostiene que se compusieron vocabularios y gramáticas de lenguas indígenas, y así es, pensemos en el Vocabulario de la lengua castellana y mexicana de Alonso de Molina (1555), la Gramática o Arte General de los indios de los reinos del Perú de fray Domingo de Santo Tomás (1560), el Vocabulario de la lengua general de todo el Peru? de Diego Gonzales Holgui?n (1608), el Vocabulario de la lengua aymara de Ludovico Bertonio (1612)… Pero afirmar que antes de esto las lenguas indígenas no tenían gramática genera, en este pretendido curso de historia, un enredo que se debe a las múltiples formas de entender la palabra ‘gramática’: ¿querían decir que no existían prescripciones normativas del uso de la lengua? ¿querían, tal vez, decir que los locutores de lenguas indígenas no tenían un sistema interiorizado que les permitiera producir y comprender oraciones? ¿o querían decir que no existían tratados sobre las normas de sus lenguas? Las preguntas están ahí. Quizás se hubiese podido mencionar también el conocimiento limitado y la destrucción de los jeroglíficos aztecas o de los quipus quechuas, que hubiesen podido darnos alguna noticia sobre estos asuntos.

En ese período barroco que se ensalza no se hizo mención alguna de la esclavitud, o del aporte de las culturas negras; parecía que América se lo debía y se lo debe todo a España, dentro de un período casi paradisíaco y feliz que fue el Barroco, como se escucha decir en la película en esa construcción manipulada de voces: «se puede ser feliz en cualquier lugar, eso es el Barroco». Probablemente, olvidaron mencionar el importante lugar que tuvo en ese período el desengaño, o la imagen del teatro del mundo. Y como si no fuera suficiente, se atrevieron a hablar de las minas de plata: no hubo alusión alguna a Potosí, quién sabe por qué, pero sí se habló de las minas mexicanas, que también tuvieron gran importancia. Alguien dijo que la plata se quedó en México, y que prueba de ello eran todas esas iglesias, hospitales, universidades que aún subsisten. El público sonreía ante estas palabras, como sintiéndose satisfecho de haber hecho una buena labor. Pero en la película se olvidaron contar que fueron toneladas de plata las que también salieron de México para pagar las deudas de España. Lo que no olvidaron es hacer un paralelo de aquellas minas con las minas canadienses que hoy explotan el suelo mexicano, una explotación que, extrañamente, causó risas entre el público, convencidos, seguramente, de que una explotación es mejor que otra.

El documental, en la continuación de su pretendida clase magistral, tras una serie de hermosas imágenes llenas de vivos colores, con hermosos y diversos paisajes, acompañado todo de dulces melodías, tras hablar brevemente de las revoluciones independentistas, nos regala unos minutos de la imagen de un desierto infinito, en un inteligente y macabro juego de imágenes: todo era color y alegría en el Barroco; todo es estéril e inerte tras la independencia.

El documental se sirve exclusivamente del Barroco y, por ende, se concentra en los países en los que late aún su fuerza: México, Perú, Bolivia, Ecuador (quizás en ese orden de jerarquía); el documental se olvidó contar que también fue el exilio español el que renovó vínculos con América en el siglo XX, que el Colegio de México es fruto de ese exilio; se olvidó contar que América recibió lo que parte de España no quería en su territorio.

Es increíble pensar que, en 2024, con todos los avances y las investigaciones de historiadores, historiadores del arte, arqueólogos, antropólogos, se pueda hacer una película que sostenga semejantes discursos y que haya gente que los aplauda.