JAUJA DE LISANDRO ALONSO

This entry was posted on November 26th, 2014

Por Jaime Grijalba

La palabra Jauja hace referencia a un lugar imposible, una utopía, una geografía buscada por conquistadores y deseada por quienes buscan la paz o la riqueza o simplemente el cumplimiento de sus deseos. Es también un no lugar, algo escondido entre las rocas y el desierto que recorre un viejo soldado, la Patagonia que parece tragarse a los personajes, que los distancia, los aleja, los minimiza entre tanta intrincada geografía, vericuetos y salidas de rocas que parecen no acabar nunca y que le dan tanta textura a cada uno de los planos, que es como estar visualizando una ciudad desde el aire, donde toda ranura, golpe o salida forma parte de una geografía escondida, como si Jauja se escondiera en cada grieta y quisiera salir.

O tal vez Jauja no es más que un lugar escindido, como decía Raúl Ruiz cuando hablaba de que en cada plano había una película, en cada plano de Jauja se nos estaría revelando una nueva dimensión de lo que significa o que les espera a quienes exploran ese lugar que pareciera ser la versión cinematográfica de la Ciudad de los Césares o El Dorado que buscaban los conquistadores. Como si en cada plano en profundidad vertical pudiera ponerse junto al siguiente, como velos de colores que uno tras otro cubren algo oculto, pero al mismo tiempo conforman un nuevo color.

La obra de Lisandro Alonso se ha caracterizado por encuadrar a sus personajes en un segundo, tercer y a veces hasta en un último término respecto al plano, donde son el centro de la atención, pero que al mismo tiempo resultan tan localizables y precisos, que la mirada del espectador tiende a navegar el resto del encuadre, es en Jauja, más que en cualquier otra película, donde ese paisaje torna una importancia fundamental. La Patagonia Argentina resiste esa búsqueda ocular, el desierto recubierto de pequeñas hierbas, árboles, arbustos, es ahí donde lo que podríamos considerar una trama se esconde, es en la búsqueda detrás de las rocas, la búsqueda desesperada y fallida del padre, que busca a su hija perdida, pero que termina perdiéndose él mismo, el paisaje lo engulle, la geografía lo corroe, se derrumba y se transforma en un hito más del camino.

Sin embargo, la cinta en sí trata de mucho más que de la búsqueda del padre, ya que en sí mismo, mientras avanza, se transforma en algo desprovisto de pasión, en algo casi pormenorizado a una necesidad, una especie de obligación social, los roles de una sociedad que está naciendo o tratando de crecer en un lugar donde no existe, donde el mismo vacío del paisaje (aunque lleno) da la señal de una fútil y desapasionada ausencia que no requiere ser llenada más que por el acto en sí de la exploración de ese espacio.

 Curiosamente es sólo en el último plano donde notamos una presencia que llena el plano: criaturas con carácter que parecen llenar el espacio que siempre ha estado vacío en su mayor parte. Los lobos marinos invaden el plano, es como si finalmente entendiéramos que la sociedad y lo que se ha tratado de armar, esos amagos de estructuración y aplicabilidad histórica de la cual la trama se apoya para sus primeros momentos han sido tan minuciosamente y paulatinamente desestructurados, que cuando discurren los últimos extraños minutos de Jauja, estos no causan desconcierto, sino que forman parte de una causación natural. Jauja es un lugar buscado y soñado sólo porque ahí no hay humanos, no hay sociedad, no hay normas, es un paraíso, pero tal vez sólo para los lobos marinos.