LA CASA ROSADA Y EL HORROR DE HUAMANGA

This entry was posted on May 3rd, 2018

Por Mónica Delgado

La Casa Rosada, película póstuma del cineasta ayacuchano Palito Ortega, pertenece a la variante de films peruanos que tiene como eje argumental el conflicto armado vivido en el país en los años ochenta. Como MagallanesLa Hora Final o La Última Noticia, busca dar respuestas a un periodo histórico oscuro desde la ficción, los sucesos producto de ataques o lucha antiterroristas pero aquí desde la mirada de un cineasta de Ayacucho y sin temor de mostrar un ángulo polémico: los abusos cometidos por las Fuerzas Armadas en esta guerra.

Y precisamente las frases de “conflicto armado” o “guerra interna”, que repudian los negacionistas o revisionistas de la historia del país (quienes señalan que solo el país vivió un terrorismo a secas, otorgando toda la responsabilidad a Sendero Luminoso o al MRTA y defendiendo que Fujimori fue el único que pacificó al país), adquieren en esta ficción una dimensión cruda y frontal. Sobre todo porque en esta película, el cineasta Palito Ortega propone un drama sobre el horror desde el punto de vista de una familia de ciudadanos inocentes bajo el yugo del poder y violencia de las Fuerzas Armadas.

A diferencia de la película La Última Noticia de Alejandro Legaspi, también ambientada en una ciudad ayacuchana, y donde las Fuerzas Armadas lucen tan terroríficas como las columnas de Sendero Luminoso, en el film de Ortega la maldad, por momentos incluso de tintes grotescos o caricaturescos, está encarnada por mandos del Ejército o por pelotones de Sinchis. El profesor universitario, que encarna el actor José Luis Adrianzen, es raptado y torturado por los militares sin demasiadas pruebas y culpado de ser parte de la cúpula de Sendero en la zona. Con este punto de partida, Palito Ortega coloca a su personaje como un tipo que tiene que librar diversos acontecimientos que, gracias al azar, lo van salvando de la muerte.

El profesor evita ser uno más de los miles de desaparecidos y se convierte en testigo del horror, junto a sus dos pequeños hijos, cuyas acciones también sostienen la trama. Si bien la narrativa usada por el cineasta tiene diversos traspiés -en la manera en que el protagonista va librando milagrosamente todo los horrores, en acciones plasmadas a veces desde sinsentidos, o en el uso dramático de la música- parece ganar la idea de ser un film de mensaje, donde prima la idea de la denuncia o al menos un panorama fiel de los hechos de los cuales se considera víctima y testigo.

Los traumas de la guerra interna son un motivo que ya Palito Ortega ha abordado en varias de sus películas. En Dios tarda pero no olvida (1997), el cineasta propone otra lectura de estos oscuros sucesos: senderistas asesinan a mansalva en una comunidad campesina de Patara y deja huérfano al pequeño Cirilo, que se ve forzado a huir a Huamanga para sobrevivir. En Sangre Inocente (2000), Palito plasma por primera vez lo que ya aparece en La Casa Rosada, la tragedia de un inocente capturado y torturado por militares acusado de terrorista.  Algo similar pasa en El rincón de los inocentes (2007), sobre un padre que quiere vengar el asesinato de su hijo por militares.

Palito Ortega dijo en una entrevista a Cinencuentro que “Alguien dijo: ‘él es especialista en películas de terrorismo’. Yo creo que este fenómeno social de casi 10 o 15 años merece muchas películas, ¿no? Mi afán va a ser seguir mostrando la miles de historias que existen a raíz de las desapariciones, de las violaciones; en fin, de todo lo que significó esta violencia, y me quedan películas para rato sobre este tema”. Su sueño quedó trunco, debido a su temprana muerte, pero ya con el corpus de films que completó sin querer con La Casa Rosada, muestra un ángulo trágico y polémico, y que permite otra perspectiva para el análisis de esos contextos y sobre las discusiones en torno a la reconciliación y la urgente memoria.

Publicado originalmente en Wayka.pe