
CANNES 2025: ROMERÍA DE CARLA SIMÓN. APACIBLE Y DOLIDA SERENATA DEL RECUERDO
Por Arnau Martín de Cannes
Toda película se busca a sí misma. Los recuerdos de los creadores, voluntarios o involuntarios, siempre interceden y se filtran en todas las partes que componen el proceso de fabricación de las películas, las cuales no dejan de ser paréntesis organizados de la vida. Incluso son su empaste. Asimismo, el cine no está pensado para ser abordado por una sola mente, como comprende a la perfección la cineasta Carla Simón. Para la directora catalana la praxis del cine es un elixir, un oficio curativo tanto en su pensamiento como en su ejecución. El suyo es un claro ejemplo del cine como una representación discreta de la intimidad personal y familiar, pues en incontables ocasiones, y sin recurrir a psicoanálisis sofisticados, necesitamos verbalizar o poner en imágenes lo que sentimos para poder razonar sobre ello con posterioridad. Con su último largometraje, Simón completa su trilogía sobre la pérdida con una propuesta que quiere ser un salto cualitativo, y lo consigue en gran medida. Verano 1993, Alcarràs y Romería conforman un tríptico que versa, entre diversas cosas, sobre el simulacro de recuperación de lo que se ha perdido.



