TRANSCINEMA 2014: HARD TO BE A GOD DE ALEKSEI GERMAN

This entry was posted on October 26th, 2014

Por Mónica Delgado

Hard to be a God es de esas películas que resisten, y propician en el buen sentido, diversos niveles de interpretación. En 1964, cuando los hermanos Arcadi y Boris Strugastki publicaron una novela política disfrazada de ciencia ficción, para que pasara desapercibida por la censura, sacaron a la luz a Arkanar, un planeta casi némesis de la tierra, cuyos habitantes y sus relaciones reflejaban solo una vuelta al pasado, al medioevo, pero para cuestionar al totalitarismo que vivían, cuando no se podía. El efecto de la novela apenas fue atendido por la censura soviet, pero quedó en la historia como uno de los grandes alegatos creativos de trasfondo nietzscheano en tiempos post Stalin.

Ya a finales de los noventa, ¿qué es lo que llamó la atención del cineasta Aleksei German, ya luego del contexto soviet donde la novela caía como anillo al dedo, para adaptarla y llevarla al cine? ¿Qué conserva esta novela y que German vio como atractivo cinematográfico, sobre todo conociendo algunas de sus motivaciones argumentales o estilísticas de sus anteriores películas? Poco podemos adivinar sobre estas motivaciones, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo de rodaje, más de once años, y el proceso abrupto de su edición tras la muerte del cineasta el año pasado. Sin embargo, esbozo algunos puntos que describen, al menos, algunos motivos importantes sobre esta relación de la ciencia ficción y “lo real”, y que German toma como analogía existencial.

La historia de Hard to be a God de Aleksei German es casi fiel a la novela, salvo un giro diferente al final, y relata la incursión de terrícolas en el planeta Arkanar, entre ellos un científico que se hace llamar Don Rumata. Este planeta vive un atraso de 800 años, y su modo social de organización social tiene las mismas características que se le atribuían al grotesco medioevo.

La cámara “polifónica”. Hay una intención suprema en Hard to be a God de darle a la mirada de la cámara un rol claro, de estar dentro de la puesta en escena como un personaje activo más, no a la manera de un testigo invisible que todo lo registra, sino como un ente físico, que se materializa cada vez que se rompe la cuarta pared. Personajes mirando una y otra vez mientras interpelan o responden, pero no solo a un supuesto espectador (al modo del personaje “lector” de Jacques El Fatalista de Diderot en ese preciso sentido o quizás lejos de las confesiones de los personajes frente al ojo del cineasta/espectador de Ingmar Bergman), sino a alguien que está allí entre lo que la cámara registra y nosotros, en ese intersticio de la comunicación, y que logra fusionarse en algunos momentos con el mismo protagonista, Don Rumata (el actor Leonid Yarmolnik). Esta mirada “polifónica”, a la que parafreseo al modo de Mijaíl Bajtín sobre lo discursivo en lo literario, logra la inclusión de la otredad en sus diversos puntos de vista y mímesis, es decir, no solo se trata de puntos de vista, de quién narra, sino como German la utiliza de intermediario para plasmar esa serie de voces que componen el imaginario de lo grotesco en Arkanar.

En Hard to be a God,  los encuadres, salvo al final, no buscan la comodidad limpia, y más bien contribuyen a ese juego del caos marcado por una apuesta clara de German por el horror vacui y un sentido coherente con la idea de barroco, en su acepción primigenia de recargado o agobiante, con el desorden moral y decadente de Askanar. Por ello, la imagen que se registra se ve perturbada por diversos elementos, que obstruyen una convencional percepción de la puesta en escena en sí, y de la mirada omnisciente. El que mira, registra, contempla allí desde Askanar, no está a la caza del plano perfecto, sino de verse estimulado en su intervención, o de aquello que lo trasgrede (las manos de un bufón jugando con unas patas de pollo en primer plano mientras Don Rumata intenta hablar algo serio, por ejemplo).

Lo grotesco. Tanto en algunas películas de los Monty Python, como en escenas de Andrei RublevEl séptimo sello o El manantial de la doncella, existe esta intención de retratar los aspectos más oscuros de la Edad Media, lejos de las visiones del cine de caballería que parte de una idea menos brutal o existencial de aquellos tiempos. Para German, como en la novela de los Strugastki, situar el contexto de un planeta a colonizar en tiempos de degradación moral y caos resulta análogo a planteamientos políticos y sociales que se interesan cuestionar en su estructura y caducidad. Pero en German, como en algunos filmes de Fellini o de Andrei Zulawski, la escatología, la animalidad  y la carnalidad desviada son asumidos como parte esencial e inherente para el desarrollo social, ya como parte intrínseca, natural, de la humanidad.

Y esta mención de Zulawski también tiene otro punto de asociación, puesto que en su inconclusa On the Silver Globe, también hay un grupo de astronautas eslovacos que terminan en un planeta lejano para poblarlo con nuevos códigos y rituales arcaicos ante la extinción de la tierra. Y aquí esta necesidad de traducir toda acción humana desde lo grotesco encuentra una similitud con la apuesta de German, en su desborde y cinismo.

El gobierno de lo masculino. Los tiempos de Arkanar están siendo cuestionados por un superhombre, Don Rumata, enviado desde la tierra a analizar la interrupción del posible “renacimiento”, y que es corroborado por el cierre de la universidad y la desaparición de los sabios. En este mundo de científicos o sabios eliminados, las mujeres aparecen como engendradoras, embarazadas o con ganas de querer estarlo, como dadoras de esa continuidad, y donde apenas hay espacio para las típicas ancianas curanderas o las prostitutas. En el mundo que plantea German, no existe la mujer para el deseo, sino su presencia es apenas esbozada en el personaje de Ari (Natalya Moteva), como ejemplo de aquellas que van a aportar a la extensión de Arkanar, en su bestialismo y deformidad.

La paradoja existencial. “Qué difícil es ser Dios”, menciona Don Rumata como certeza, puesto que en su misión, de ir a ese planeta endemoniado como testigo, sin poder matar o persuadir el orden normal de las cosas, es más un castigo, un trabajo imposible y la metáfora de lo inexistente. Si no hay acciones, no hay existencia, pareciera confirmar German, aunque el desenlace abre una pequeña posibilidad con un grato sentido del humor, dentro de esos anacronismos que citan versos de Boris Pasternak o que mencionan al vecino liquidado Leonardo da Vinci, bajo el influjo de la melodía de una trompeta que entona un jazz cansado, y que causa el dolor de estómago de aquellos que osan escucharlo con algo de atención.

Director: Alexei German
Duración: 177 minutos
Música compuesta por: Viktor Lebedev
Guión: Svetlana Karmalita, Alexei Guerman