FIGURAS EN UN JARDÍN: EL EFECTO DOMINÓ. SOBRE ÚLTIMO DÍA CADA DÍA, DE ADRIAN MARTIN

FIGURAS EN UN JARDÍN: EL EFECTO DOMINÓ. SOBRE ÚLTIMO DÍA CADA DÍA, DE ADRIAN MARTIN

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Por Cristina Álvarez López

Tras una primera lectura, uno puede pensar que Último día cada día es,  fundamentalmente (y como su subtítulo parece indicar), un recorrido por el pensamiento figural a partir de una serie de autores clave. En efecto, el libro dibuja un trayecto que puede leerse como un intento de historización, pero uno que no pretende ser exhaustivo, cerrado o cronológico. La historia que esboza Último día cada día es solo una de las muchas posibles; una historia muy personal y, en cierto modo, única; una historia que toma como base una serie de fragmentos de textos que, tal y como Martin reconoce, están “dispuestos, más o menos, en el mismo orden en que llegaron a mí, el orden en que me encontraron” (pp. 1-2). El libro explora esos textos, revelando hermosas relaciones entre ellos y trazando un mapa de conexiones (a veces claras, otras más intricadas, pero siempre imaginativas y agudas). A veces, se deja llevar por digresiones poéticas (como la dedicada al acto de poner un nombre) que encajan sorprendentemente bien con el corpus central de este trabajo y dejan al descubierto la particular sensibilidad de su autor.

Último día cada día puede ser una buena introducción al pensamiento figural para aquellos que no estén familiarizados con su tópico. Sin embargo, pese a que Martin se detiene en una serie de conceptos y nociones clave, jamás busca definir su objeto de forma plana y esquemática, y tampoco diseccionarlo a partir de una serie de principios básicos. Esto puede ser algo desconcertante para quienes, como yo, se acerquen a este libro sin haber tenido un contacto previo con la teoría figural. Pero cuando uno consigue traspasar la superficie y dejarse llevar por el juego que propone su autor —que no es otro que el de abordar lo figural a partir de su puesta en práctica, es decir: creando su figura— el libro se revela como una aproximación verdaderamente apasionante e iluminadora, totalmente coherente con su objeto, en una perfecta fusión con este.

Además, leyendo Último día cada día, uno comprende enseguida que es fuera de la teoría pura y dura —más bien en el contacto con la práctica artística, con la crítica o con el análisis— donde están esbozadas muchas de las líneas y preocupaciones de este pensamiento. Por ejemplo, un texto brillante (pero también breve y conciso) como “Precisar a Renoir” de Nicole Brenez (1) —consagrado al análisis concreto de las relaciones figurales entre Partie de campagne (Jean Renoir, 1936) y Sombre (Philippe Grandrieux, 1998)—, puede decirnos tanto o más acerca del pensamiento figural —iluminando las ideas de un modo más claro y directo— que un texto puramente teórico. Además, hoy en día no es extraño encontrar escritos sobre una o varias películas que, sin mostrar signo alguno de una preocupación teórica, se levantan —consciente o inconscientemente— sobre ideas, intuiciones o ejes de investigación que no son ajenos a lo figural. Esta es una confirmación bonita y liberadora (liberadora para mí, claro, pero también —creo— para la propia corriente figural pues estos brotes que llegan desde fuera de la teoría son los que dan la mejor medida de su necesidad y los que evidencian que esta nace como respuesta a un impulso real).

Algo de todo esto está implícito en el propio itinerario propuesto por Último día cada día. Entre los nombres que figuran en el subtítulo de la edición en inglés del libro, dos de ellos —Erich Auerbach y Nicole Brenez— están inconfundiblemente conectados al pensamiento figural. El primero porque, a partir de su libro Mimesis y, sobre todo, del ensayo “Figura”, abre el recorrido por una serie de ideas o imágenes (el Día del Juicio Final, el Más Allá, la consumación, la redención…) que, en la exposición de Martin, serán convertidas en figuras; figuras constantemente revisitadas, redibujadas y repensadas por el libro. Brenez, por su parte, le proporciona al autor la base teórica más sólida —permitiéndole esbozar diversos acercamientos a la idea de figura y figuración, o ofreciendo un exquisito y poético pasaje sobre los distintos tipos de sombras— pues, tal y como él indica, es ella quien “en el campo de los estudios de cine europeos contemporáneos, ha forjado la palabra figura (y todas sus derivaciones: figurativo, figurable, etc.)” (p. 6).

El caso de Siegfried Kracauer y Giorgio Agamben, sin embargo, es distinto. En sus escritos esta conexión con el pensamiento figural no es tan evidente o no está reflejada de forma tan explícita como en los de Brenez y Auerbach. Con Kracauer y Agamben (y también con Walter Benjamin), Martin procede analizando e interpretando sus textos para sacar a relucir su poso figural. El pasaje dedicado a La novela policial de Kracauer culmina casi febrilmente, con esta cadencia agitada y vertiginosa de enlaces:

Entonces, en el punto más alto de redención, el héroe de la ficción policial viene a funcionar como una figura de tensión “que habita las esferas intermedias”, que se mueve entre los dos reinos, incluso si el reino definitivo —el reino real— no es nunca aquel en el que se las arregla para vivir. Ahora empezamos a comprender la lógica de la imagen de la portada de la editorial francesa: Scottie (James Stewart), en Vértigo, es el antihéroe órfico que vagabundea entre las sombras, entre el reino de los vivos y el de los muertos. La novela de Boileau-Narcejac en la que se basa el filme de Hitchcock se tituló De entre los muertos y esta pareja de escritores colaboró también, en 1964, en un estudio de no ficción titulado… ¡La novela policial! (p.20)

Los párrafos finales de Último día cada día se sumergen en una pieza breve de Agamben, “El Día del Juicio Final”. Se trata de uno de los fragmentos más conmovedores del libro. En él, la belleza del texto original es redoblada por los hermosos comentarios de Martin y por su tierna descripción de la fotografía que inspiró a Agamben:

Agamben ofrece un ejemplo hermosamente artificial y perfectamente alegórico que es el que ilustra la sobrecubierta del libro en su edición en inglés. Se trata de una imagen tomada en París y considerada, hoy, “la primera fotografía en la cual aparece una figura humana”: “Boulevard du Temple” (1838) de Louis Daguerre. Solo una figura en una calle que, por lógica, tendría que haber estado abarrotada de gente. Sin embargo, debido a que los aparatos primitivos necesitaban un tiempo de exposición anormalmente prolongado para que la luz imprimiera algo en la película, la calle luce extrañamente vacía.  Excepto por esta estrella oscura, esta masa informe de un ser humano situada en la esquina inferior izquierda del encuadre. Precisamente porque, sin darse cuenta, este hombre permaneció quieto, estático, durante el tiempo suficiente, su gesto ha sido inmortalizado en esta fotografía histórica. Pero ¿cuál es el gesto que viene a representar, a emblematizar, a ocupar el lugar de este tipo anónimo de París? No son los extáticos gestos de alegría o dolor, de vida o muerte, perseguidos por Aby Warburg (otra de las obsesiones de Agamben). En realidad, se trata de un gesto profundamente banal: el hombre, al parecer, estaba haciendo que le lustraran sus zapatos. (p. 29)

Estas inmersiones en el pensamiento, las preocupaciones y el estilo de los autores comentados son una constante en Último día cada día. Martin desglosa, paso a paso, el desarrollo de los fragmentos citados, los descompone y los recompone cuidadosamente y, solo después de realizar esta operación, los textos se iluminan revelando esas “imágenes”, “configuraciones” y “dispositivos” figurales que el autor ve en ellos —o, en palabras de Kracauer, es entonces cuando “los nombres entregan su secreto” (p. 19)—. Esta mirada retrospectiva, este volver la vista sobre una serie de obras que desvelan nuevos horizontes al ser leídas bajo la lupa de lo figural, no es solo aplicada a los textos, sino también al análisis cinematográfico. Las procesiones medievales descritas por Auerbach sirven a Martin como modelo para comentar la secuencia de apertura de Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels, 1957) de Douglas Sirk, en la que cuatro personajes son dispuestos y fijados en los lugares que ocuparán durante el resto de la película. Y los escritos de Claude Ollier (otro nombre importante para el autor) sobre Josef von Sternberg y, en especial, sobre la noción de estereotipo, son los encargados de cerrar un revelador pasaje donde el autor nos hace partícipes del “saludable shock” que experimentó tras revisionar El ángel azul (The Blue Angel, 1930):

“… un filme que yo recordaba vagamente (estúpidamente, en realidad) como un clásico canónico viejo y rancio, asfixiado, sin duda, por las dificultades tecnológicas derivadas de combinar y sincronizar, en los inicios del cine sonoro, los distintos sistemas de grabación de imagen y sonido. Pero el filme, visto a través del filtro de Auerbach y de su círculo, resulta ser, de nuevo, extraordinario. Lo que antes había despreciado por estático y chirriante es, en realidad, un esquema artístico deliberado: literalmente, una procesión de figuras, de personajes transformados en figuras (en todas partes hay juguetes, marionetas, estatuas, pósters, figuritas, etc.), dispuestos de manera que forman configuraciones repetitivas en la trama y diagramas pictóricos de inducción, de circularidad o de movimientos en progresión lateral que funcionan como itinerarios. El filme conjura, en todas las formas brillantemente inventivas que Sternberg se guardaba bajo la manga, una resurrección, para el cine de Weimar, de lo que Auerbach llamó “la procesión de los profetas en el teatro medieval y en las representaciones cíclicas de las obras plásticas de la misma época”. (pp. 21-22)

En Último día cada día Martin describe tres maneras de situar lo figural: “como algo que floreció y murió con un tiempo y un lugar histórico específico”, como algo que permanece “siempre latente, posible, virtual” o, siguiendo a Bill Routt, como algo “absolutamente fundamental, esencial e inherente al acto de la crítica” (pp. 26-27). Su libro nace de la interacción entre estas dos últimas posibilidades y de la convicción (muy auerbachiana) de que necesitamos las dos. Martin cree en esa regeneración de lo figural, que brota en distintos lugares y momentos adoptando distintas formas, pero si hay algo que Último día cada día confirma, en todos los modos posibles, es que el trayecto figural solo se completa cuando estas formas son sometidas a la interpretación, cuando encuentran “un destinatario” (p. 30). Para Martin, como para Routt, “la crítica es lo que consuma el trabajo artístico, elevándolo, redimiéndolo —y, también, completándolo, finalizándolo, cerrándolo en la conclusión del circuito figural—” (p. 27).

¿Pero cómo realiza Último día cada día este trabajo de crítica y de interpretación? Mientras Martin salta ágilmente de unos escritos a otros y la narración avanza catapultada por pequeños resortes (sea una imagen, una preocupación común o una referencia compartida por dos pensadores), su texto va hundiéndose, enraizándose, adquiriendo un poso más denso: este doble movimiento otorga al libro su particular energía. El autor vuelve constantemente sobre una serie de conceptos relacionados con el último día o el Día del Juicio Final —esta es la figura que es escrutada y perseguida obsesivamente durante todo el libro y, cada vez que es revisitada, descubrimos en ella un trazo o un perfil nuevo que la modifica—. En este sentido la película ideal para acompañar la lectura de Último día cada día (y puedo asegurar que esto es cierto, porque —casual o proféticamente— yo la vi por primera vez la noche que terminé este libro) es 4.44: Last Day on Earth (2011) de Abel Ferrara, un filme fervientemente preocupado por las implicaciones y la representación de esta figura y construido sobre la misma paradoja que da título a este libro.

En Último día cada día, no solo ciertos conceptos, imágenes e ideas son abordados como figuras, sino que los fragmentos citados también reciben un tratamiento figural. La cita no es un mero apoyo ni una herramienta utilizada para autorizar o confirmar una hipótesis, sino que es algo dibujado y moldeado, zarandeado y volteado, colocado en una serie. Martin tiene en cuenta la energía y el ritmo de cada oración y, con su inconfundible agudeza y su pasión —atributos que le llevan a referirse a una definición de Brenez como “un whopper proustiano de una frase” (p. 8) y a detenerse en una máxima de Kracauer para exclamar “¡qué imagen, qué frase, qué idea!” (p. 19)—, reescribe cada fragmento y nos lo devuelve iluminado desde dentro. Por todo ello, una de las mejores cosas que puede decirse de Último día cada día es que despierta en el lector un verdadero deseo por sumergirse en la obra de los autores que marcan su itinerario.

Cuando, meses atrás, tuve la suerte de leer Último día cada día no fui capaz de advertir, en una sola lectura, el intenso trabajo figural llevado a cabo por Martin, pero perseveré porque —tal y como canta Leonard Cohen— “el amor te llama por tu nombre” y hay llamadas que, simplemente, no pueden ser ignoradas. Más tarde, me dije a mí misma que necesitaba traducirlo al español (a lo cual, su autor accedió amablemente), y fue entonces cuando este libro pequeñito empezó a revelarme todos esos secretos que se concentraban en sus páginas (2). No sucedió de inmediatamente, pero ahora veo con claridad la figura creada por él. Una figura formada por todas las otras y evocada en infinidad de variaciones sobre la serialidad —variaciones que van de lo general (la cita de Ricoeur que encontramos al principio) a lo concreto (la frase de Agamben que Martin toma prestada para el título)—. Una figura que ya es anunciada en el párrafo inicial —cuando Martin hace referencia a una conferencia en la que Gayatri Spivak procedió disponiendo una serie de libros sobre la mesa y utilizando pasajes de ellos que iba leyendo y comentando—, pero que solo veremos en su totalidad cuando haya sido completada por el autor y el lector haya participado de ella. Aquí, de nuevo, tenemos otra demostración que confirma cuan central es para Último día cada día la idea de Auerbach de la figuración como “sistema de profecía” (p. 13) —donde un primer proceso anuncia el segundo y el segundo consuma el primero—.

El gesto decisivo de Último día cada día consiste en ir un paso más allá para convertir esta figura en un dispositivo: algo así como un equivalente literario de lo que conocemos como el efecto dominó. El libro sustituye las fichas por citas, cada una de ellas al abordaje de distintas figuras (casi siempre relacionadas con la idea central del último día). Las citas son colocadas en serie, formando una cadena; basta un pequeño empujón para que cada una de ellas, al tomar contacto con la que la precede, vaya cayendo (esto es: abriéndose, revelándose). Durante el proceso, las figuras de este jardín van mostrándonos insólitas perspectivas y, una vez han caído todas, veremos un dibujo global completamente nuevo. El efecto dominó desencadena un movimiento a gran escala a partir del más pequeño de los gestos, pero bajo la aparente sencillez de este mecanismo se esconde una preparación árdua, milimétrica, en la que cada pieza debe ser cuidadosamente construida y dispuesta, teniendo en cuenta infinidad de parámetros. En Último día cada día cada fragmento está tratado como si fuera último, pero reverbera con el efecto del que lo precede y provoca un impacto en el que viene después.

En el mail que cierra el libro, Nicole Brenez escribe que “cuanto más singulares y únicos son los filmes, más ofrecerán al saber de la figuralidad” porque son estos “en su singularidad, los que enriquecen el método” (p. 32). Último día cada día, este librito “escrito en pocos minutos, después de varios años” (p. 31), toma para sí esta afirmación y la convierte en su resplandeciente y rigurosa misión.

 © Cristina Álvarez López, abril 2013

 

(1) Nicole Brenez, “Precisar a Renoir”, Transit. Cine y otros desvíos, 19/07/12.

(2) La edición en español, Último día cada día y otro escrito sobre cine y filosofía, fue publicada por Punctum Books y FICUNAM (México) en febrero del 2013 y, a diferencia de la edición en inglés, incluye otro ensayo, “Avatares del encuentro”. Martin habla de las dos versiones del libro en esta vídeo-entrevista para Screening the Past.

Last Day Every Day: Figural Thinking from Auerbach and Kracauer to Agamben and BrenezAdrian Martin, Brooklyn: punctum books, 45 páginas, octubre 2012. Disponible para comprar o descargar aquí: http://punctumbooks.com/titles/last-day-every-day/ (en inglés) http://punctumbooks.com/titles/ultimo-dia-cada-dia/  (en español)

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