VÍCTIMAS DE SUS DOBLES: JERRY LEWIS EN EL BOTONES Y EL PROFESOR CHIFLADO

This entry was posted on March 10th, 2015

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Por Mónica Delgado

Pocas veces un cineasta tomó como motivo el tema del doble de la manera como lo hizo Jerry Lewis. No solo se trató de evocar personajes bajo la inspiración de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde como lo hizo en El Profesor Chiflado, sino también desde una mera intención de la performance absolutamente física. ¿Qué más retador para un actor que interpretar a cuatro personajes distintos como sucedía en El ingenuo? ¿O hacer a la vez de artista guapo y ególatra, y luego de empleado tonto y común en El botones? Para Jerry Lewis, el motivo del doble pobló varios filmes, como Las joyas de la familia, Tres en un sofá, La otra cara del gángster y ¿Dónde está el frente?, y en todos significó gala interpretativa, de matices actorales, de mímesis permanente, lúdica e inimitable. El hombre de las mil caras.

Si bien para Lewis esta fijación por el cuerpo doble, de la figura de un mismo ser que puede materializar las personalidades más diversas, tiene un fin dentro de las reglas de la comedia, está muy marcado, tanto en El Botones, como en El Profesor Chiflado, como una invocación a medir la naturaleza de las relaciones sociales, donde los más atractivos y carismáticos, como arquetipo de la belleza y lo popular, se vuelven en el ideal, alcanzables gracias a un experimento químico o a partir de una puesta en escena irreverente que permite el disfraz, el simulacro del ser y no ser. Porque en Jerry Lewis el recurso del doble va más allá de un artilugio argumental que permite la confrontación de arquetipos y estereotipos, sino que permite el juego de espejos, el revelado del yo físico ante un yo distinto, psicológico, perfeccionado.

En El Botones (The Bellboy, 1960), en un par de escenas aparece Jerry Lewis interpretándose a sí mismo, pero esta vez aparentando ser un Jerry egocéntrico, venerado como celebridad hollywoodense y que llega acompañado de un séquito de veinte hombres y mujeres, que usan lentes de sol y que se vuelven su extensión, siguiéndolo como si fueran sus parásitos o eternos guardaespaldas. Quizás sea el anticipo del futuro Buddy Love de El profesor Chiflado, de cabello engominado, de traje impecable a la moda, y con un grupo de seguidores que le rinden pleitesía. Un guiño también a Dean Martin, su colega en más de quince films.

Este Jerry Lewis de parodia, es recibido con honores, llega al hotel Fontainbleau en una playa de Miami, donde trabaja el botones que da título al filme, Stanley, encarnado por el mismo Lewis. Nunca ambos personajes, de físico idéntico, se encuentran, pero en una secuencia de varios planos fijos (muy al estilo de Lewis), es clara la intención del cineasta por advertir que hay un juego de dobles, de la confirmación del doppelgänger y su efecto cómico. En una escena, el actor Milton Berle, quien se interpreta a sí mismo, firma autógrafos a unos fanáticos, y es interrumpido por el botones distraído, quien en todo el film casi no ha dicho palabra alguna, y en esa lógica Berle no lo deja hablar, pero reconoce el gran parecido con el actor de cine que se aloja en el mismo hotel. El parecido pasa casi desapercibido. Sin embargo, en la escena siguiente, Berle se encuentra con Jerry Lewis huésped, y al verlo le dice que acaba de ver algo pero que si se lo dice no lo creerá. Lewis no entiende el tono de la frase y se queda con la duda mientras Berle se va. En ese instante, un botones, que es idéntico a Berle, llega y le da un recado al actor. Lewis reconoce a Berle en el botones y queda absorto en el reconocimiento. La siguiente escena es un plano de los dos botones, los doppelgängers de los actores, donde uno exclama que el hotel está lleno de gente loca.

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Estos cuatro personajes, los dioses de Hollywood frente a los terrenales botones, establecen una correspondencia extraña, ya que la conciencia de la otredad, o de este nuevo yo escindido, proviene de aquellos que asumen su existencia única e irrepetible, la de los actores en su rol de divos o estrellas. Tanto Berle como Lewis huésped se extrañan, expresan la sorpresa ante la conciencia de esos otros idénticos, de tener la conciencia de que algo extraordinario e inexplicable acaba de suceder. Mientras los botones, parecen asumir con normalidad que existan seres iguales a ellos, o en todo caso es un tema que los tiene sin cuidado, porque en el plano de lo laboral, de la alienación del trabajo, del día a día cumpliendo labores en el hotel, no hay tiempo ni claridad para detenerse en analizar la fisonomía de los dos demás. Si es que Berle y Lewis tiene sus clones en los botones, es un tema que no es visible y que no compete a los empleados. Nadie se percata de ello. Por ello, El Botones puede ser vista como antecesora de los motivos reales que aparecen en El Profesor Chiflado, ya que no se trata de develar a un yo desdoblado solamente, perdido en un debate moral o ético de usar la ciencia para transformar un ser que se ve a sí mismo como feo, alfeñique o “ratón de biblioteca”, sino en el ideal que aspira ser, la del arquetipo de la estrella de cine exitosa. Para Jerry Lewis, el tema del doble, más allá de cualquier implicancia o reminiscencia a lo Freud o Jung, es un asunto de materialidad, de cuerpos, de físicos para ver o repeler.

Si bien en El profesor Chiflado no existe una diferenciación clara de una problemática social entre el real Julius Kelp, el docente científico, empequeñecido, poco popular, sin amigos, y que desea conquistar a la rubia de la clase, frente a su gemelo inventado, que proyecta todo lo que él no puede ser sino producto de un logro alquímico: un Buddy Love guapo, mujeriego, talentoso, cantante, popular y a la moda; en El Botones sí hay una diferencia entre los personajes famosos y los trabajadores casi invisibles. Por ello el botones de Lewis apenas habla, está trabajando casi en silencio, de perfil bajo, tímido pero creativo, solitario, pero que todos en el hotel toman por tonto. Y es coherente la cita a Stan Laurel (aparece imitándolo Bill Richmond), como ese perfil extraído de la comedia estadounidense de la mudez y de la aparente estupidez. Otro tipo de relación de “doble”.

Si en la película de Rouben Mamoulian, El hombre y el monstruo (1931), la transformación del Dr. Jekyll en Hyde sí primaba la “cuestión” psicológica, sobre todo marcada por los leit motivs teóricos que parecen representar en un paneo circular veloz y en un montaje rápido, plagado de voces, recuerdos paternos, inhibiciones sexuales, y teniendo como eje la mirada del yo y del nuevo yo ante un gran espejo, en El Profesor Chiflado, la transformación multicolor del profesor Kelp en bestia se asume desde un plano en picado, distanciado (pero con algunos planos muy cercanos que permiten valorar la dimensión del cambio), donde el espectador es un testigo casi celestial, que mira este cambio desde fuera, pero para luego asumir una mirada ya en la escena siguiente desde una cámara subjetiva, sobre cómo los demás ven al ser metamorfoseado, nosotros recibiendo las miradas dirigidas a Buddy Love, ya endiosados, frescos, empoderados, directos al corazón de la vida nocturna y para descubrir en vivo y en directo el fulgor de la popularidad.

Tanto en El Botones como en El profesor Chiflado, prima la construcción del doble como respuesta a un imaginario de lo que vende Hollywood como ideal de belleza, fama y perfección. Lewis va más allá de una cita a Mamoulian, o tratar de dilucidar desde la comedia esta naturaleza del deseo por la transformación, del sueño de ser otro distinto y aceptado. Lo que Lewis propone son relaciones entre arquetipos de lo físico, del profesor poco viril, afeado, inmerso en un espacio donde su inteligencia no es un valor, y que recurre al deseo, no suyo, sino al de la sociedad que lo rodea. El deseo de ser Buddy Love responde a una exigencia social. El deseo de su “yo” queda rezagado.