LOS INDOMABLES DE TITO CATACORA. DEFECTOS, LOAS Y RESENTIMIENTOS

LOS INDOMABLES DE TITO CATACORA. DEFECTOS, LOAS Y RESENTIMIENTOS

Por Benji Porras

Ya no recuerdo en cuál entrevista un cineasta mencionó que su colega César Galindo reparó en la recepción diferenciada de su película Willaq Pirqa (2022) cuando la proyectó a un público quechua y a otro aymara; observando reacciones distintas en las mismas escenas. Más allá de la obvia conclusión de que dos culturas diferentes tendrán interpretaciones distintas, la anécdota deja una inquietud punzante: la necesidad de saber qué tan distinta puede ser la significación del lenguaje cinematográfico en culturas que han sido sistemáticamente relegadas del discurso público e incluso del acceso al cine, como cuenta la misma Willaq Pirqa. Por un lado, esto nos hace conscientes de la necesidad de una crítica cinematográfica desde los pueblos originarios.  Y por otro, admitir la posibilidad de, en un primer momento, la distancia con ciertos códigos cuando una obra es enunciada desde esa alteridad.

En ese sentido, Los Indomables (2024) plantea una dificultad extra para un analista costeño como yo. Es una película realizada por un director aymara que cuenta una historia aymara en idioma aymara. Y recordar aquella entrevista me trae un cuestionamiento necesario: ¿Cuánto de lo que no me gusta, de lo que no me convence, de lo que parece deficiente y chato responde en realidad a una sensibilidad que no puedo entender a cabalidad por sus condiciones históricas y temporales específicas? En toda cinta hay algo que se pierde en la subjetividad del espectador, por supuesto. Pero podemos admitir distintos niveles de desfase en cada caso. Si hablamos del pueblo aymara debemos tener en cuenta que es una comunidad históricamente excluida del cine – entre muchas otras cosas. Y que su acercamiento a este arte puede estar mediado por una valoración distinta del ritmo, narrativa y recursos necesarios para contar una historia. Ahora bien, la certeza de nuestra propia ignorancia respecto a una cosmovisión distinta no debe llevarnos a ser condescendientes. Debemos correr el riesgo y responder la pregunta como podamos.

Con esta introducción podría parecer que hablo de una película rupturista, pero no. Es más bien muy inconsistente. ¿A qué se debe? Tito Catacora ha trabajado ya en películas que manejan hábilmente el lenguaje audiovisual, la mayoría de ellas lideradas por el tempranamente fallecido Oscar Catacora, como Wiñaypacha y Yana-Wara. Tito conoce las reglas de este arte, sabe cómo lucen y cómo romperlas. Podemos descartar, entonces, que el film parta de la sensibilidad indescifrable de un director. ¿Qué nos queda? Si queremos profundizar en ese sentido -y quiero- podemos apuntar a que existe sí una voluntad de contar la historia desde una “cosmovisión” aymara. Cuando el propio director dice en una entrevista con Hugo Lezama que su propósito fue narrar “desde el lugar de los vencidos” podría estar aludiendo a eso. Y creo que a esa intención le podría atribuir una narrativa extraña, floja a mis ojos y reforzada redundantemente por la voz en off y los intertítulos. Sin embargo, incluso admitida esa posibilidad, no puedo dejar de ver deficiencias en el metraje. 

En cualquier caso la película debería dejar claras sus reglas estéticas y atenerse a ellas. Esta cinta o no puede establecerlas o las olvida. Falla con la dirección de actores (especialmente con los extras), con el uso inconsistente de la puesta en escena e incluso con un tratamiento contraproducente de su historia. Por ejemplo, la cinta es muy explícita respecto a su intención política. La voz en off denuncia el racismo, los abusos y la crueldad de las élites criollas contra los indígenas, pero desde la primera escena hasta la penúltima, la violencia, que es muy cruda, es ejercida por el bando protagonista. En una escena de varios minutos en la que los rebeldes asedian una iglesia y rompen imágenes de santos, terminan violando y descuartizando a las mujeres del templo con un despliegue sádico, incluso bufonesco. Esta incoherencia entre el propósito declarado y secuencias clave no tiene una función dramática, ni de complejización, ni de distanciamiento pues el tono en todas las demás escenas vociferan una épica heroica. Parece obedecer más bien a una especie de trance en el que el director sublima un odio muy honesto contra los colonizadores, sus instituciones (la iglesia y el ejército) y sus herederos (blancos, criollos e indígenas que se pretenden blancos). No obstante, pese a que estos momentos se desvíen de la voluntad manifiesta de la película, en ellos encuentra su mayor fuerza. 

Los puntos débiles de Los indomables pueden responder al intento de su director por apelar a una nueva subjetividad. Esto tiene que revisarse y reitero mis ansias por una crítica aymara. O, sin ser excluyente, también puede deberse a una incapacidad cinematográfica que, sin Oscar Catacora, queda expuesta. En cualquier caso la obra nos da por sí misma una razón para verla. Por momentos reluce una voz honesta con su propio odio. Una violencia desatada y notoriamente alimentada por el resentimiento. “Resentimiento” una palabra que las élites de Lima nos han señalado como mala para que olvidemos las injusticias que recayeron sobre nuestros antepasados. Pero, señores, esa palabra existe, nos acompaña y podemos pronunciarla. 

“Canta, que alguien sepa que estallas”
Reynaldo Arenas