
por Valentina Giraldo Sánchez
Estas pequeñas y torpes derivas se alimentan (como una planta) de la luz de las películas vistas en la edición número 60 del Festival de Cine de Brasilia.
Mientras escribo, se vuelve inevitable deshacerme de mi cuerpo, que enteramente se sienta a ver películas; a veces se duerme, a veces empieza a llorar y a veces se le olvidan las cosas. Con el inevitable cuerpo toco la vida. Y la inmensa luz de las pantallas envuelve el completo inevitable de los cuerpos que, reunidos, nos sentamos a imaginar.
Como todo cuerpo ocupa un espacio, se vuelve también inevitable no pensar en los territorios desde los cuales programamos, vemos, pensamos y escribimos sobre cine. Escribo sobre cine latinoamericano desde Latinoamérica. Cada vez que trato de escribir sobre cine, siempre aparece algo brutal: el proyecto colonial no sólo reorganizó radicalmente los saberes, sino que también rearticuló las visualidades y representaciones (1). El cine ha funcionado un poco como un aparato institucional e ideológico que ha facilitado el reciclaje y el encubrimiento de viejísimos modelos de poder.
No obstante, el cine también es otra cosa. El cine es también, por ejemplo, una metodología situada que funciona como una ciencia-teoría-camino que nos permite formular conocimientos sensibles para entender y participar de los contextos que habitamos. El cine es un mapa de gestos, un acervo de preguntas.
Por estos días, escuchando a lxs cineastxs hablar sobre sus películas, aparecieron varias preguntas que, un poco, reúnen las intuiciones que atravesaron el corazón de mis ojos, y que siguen apareciendo en todos los cuerpos que mi cuerpo ha aprendido a ser gracias a las películas.
De este conjunto de islas llenas de gestos, tres maneras de trazar un mapa:
1.Las películas nunca están solas.
En una muestra o festival los programas de cine podrían pensarse como una especie de archipiélago: diferentes cuerpos de tierra que comparten una unidad geográfica.
Puntos de relación que tejen un horizonte de sentido.
Una geografía de puentes.
Cuando estoy viendo una película, me gusta imaginar esos vínculos espaciales que configura eso tan extraño de estar reunidas, con mas personas, viendo una pantalla. El cine tiene un espacio-tiempo (una pacha) relacional: es posible en tanto hay alguien que observa las imágenes y es observado por las mismas. En medio de cada uno de estos espacios-tiempos / ordenamientos-territoriales, están los vínculos: las películas dentro de un programa de cine son como las islas de un mismo cuerpo.
Escribía Glissant: “El archipiélago es un pensamiento de la relación”(2). En los festivales de cine sucede algo especial: las películas, como puntos de luz móviles, que pasan de un lado al otro, de una sala de cine a la otra, de repente se suspenden en esa unidad geográfica del archipiélago en la que, ese espacio y ese tiempo configuran un territorio (temporal, que dura lo mismo que dura la muestra o festival) sobre el cual se tejen los vínculos. Siento-pienso que la crítica de cine es como hacer la cartografía de ese territorio caminado. Una grafía de la luz, un dibujo de la huella que esta deja en nuestros cuerpos.
Esta tierra temporal sólo es posible dado que las películas nunca están solas. Es decir, el archipiélago solo es posible porque la relación entre dos cosas emerge. En esta ocasión, el archipiélago era un festival de cine Brasileño. Trato de imaginar aquellas preguntas que le dieron cuerpo a los programas de cine este año en Brasilia. Y como todo cuerpo es relación, no puedo dejar de remitirme a todas las cosas que mencionan los cineastas antes de estrenar sus películas: el tiempo que toma hacerla, todas las formas de comunidad que hizo posible y los gestos de intimidad y diálogo que hay en cada parpadeo de la cámara.
Las películas nunca están solas
porque como a todo cuerpo de luz
la orbitan otras cosas
y el cine me ha enseñado
que a las películas
las orbitan comunidades
cuerpos que ven
que respiran
que lloran
Una inquietud central de pensar en estas-las-comunidades-de-la-luz está estrechamente relacionada con los públicos, ¿quienes asisten a ver el cine latinoamericano desde Latinoamérica? ¿Quienes siguen yendo a una sala de cine? Y ¿cómo esto se relaciona con la necesidad de regular las plataformas de streaming?
Lo cierto es que las películas nacen de algo tan sencillo como una pregunta y ya luego llega el problema de encontrar estrategias de financiación que (por la forma misma en la que esta diseñado el sistema) poco a poco, alejan nuestras imágenes de sus territorios de origen: fondos europeos y rutas de distribución que nos exigen que las películas realizadas acá sean primero vistas allá.
¿Cuáles son entonces las comunidades que orbitan
en torno al nacimiento de nuestras imágenes?
Imagino (y esto es algo que dijo Pedro Adrián Zuluaga): Los públicos deben ser narrados, no contados como cifras.
Una imagen (que es recuerdo, y a la vez imaginación de un público narrado): Vi varias de las películas proyectadas en el festival en compañía de varios estudiantes de primaria que iban a la sala como una actividad pedagógica. La película, era entonces -también-, el espacio-tiempo de la infancia que se encuentra con la luz. Y entonces se ríe duro, comenta en voz alta, habla con la pantalla y a veces se queda dormida.
2.En vez del centro, una multitud de periferias.
Recuerdo una conversación con mi amiga Juana sobre los circuitos de distribución de las películas. Uno de sus cortos había sido seleccionado en un festival en África; ella mencionó que le alegraba mucho pensar que esa película iba a ser vista allá.
(aparecía entonces una forma
de espacio-tiempo que
constelaba al archipiélago
América – África)
Una imagen pensando en Glissant: La aparición de un nuevo itinerario en el que la relaciones periferia-centro / centro-periferia se transforman en periferia-periferia, permitiendo un nomadismo circular en el que se constituye toda periferia como centro, eliminando las mismas nociones de centro y de periferia.
¿Como los festivales de cine de la región que nos convoca (a mí, en este caso, explícitamente Latinoamérica) pueden trazar esta especie de nomadismo circular del que habla Glissant? Quebrando un poco la tecnología programada de la distribución de cine y gestando una utopía pirata de la relación.
En tiempos de genocidio, en los que la extrema derecha utiliza todas las herramientas de la democracia para reproducir sus patrones necropolíticos de poder: ¿Qué nociones de mundo pueden darnos las películas?
¿Qué sucede cuando deslizamos la idea del centro? Como una apuesta de devolver la mirada a aquellos quienes pretenden vernos primero.
3.Nociones acerca de lo común – otros mapas
Parafraseando a José Carlos Mariátegui (en un texto en el que hablaba del socialismo en Latinoamérica) (3): debemos dar vida con nuestra propia territorialidad y nuestro propio idioma a aquellas formas de gobernanza colectiva. Se refería, un poco, a que estos modelos comunales de organización, lejos de ser una importación de la idea del comunismo nacida en Europa y escrita por Marx, eran más bien el retorno de formas mucho mas antiguas de gobernanza y gestión del territorio.
¿Como en el cine opera esa capacidad de dar vida con nuestra propia territorialidad y nuestro propio idioma a formas comunes de ver, en tanto formas comunes de ser y de estar?
Imagino aquellas rutas posibles (virando de nuevo la dirección de la flecha centro-periferia-centro), y entonces aparece la posibilidad de un archipiélago de gestos: un conjunto de películas que distorsiona y desintegra esa categoría del centro (que para existir necesita siempre de una periferia). Una serie de gestos variados que permite la emergencia de un espacio-tiempo que dialoga sur-sur.
Un programa de cine que es una poética de la relación,
que teje la deriva de los pueblos futuros,
que se entiende situado, territorializado, contextualizado.
Hay algo fundamental en esto de vernos-pensarnos-escribirnos de/con/a través de nuestros cines desde nuestros territorios: devolver la mirada como una forma de cultivar aquella cosa común, esa intuición persistente de que el cine es un canal de comunicación que se amplía, como una asamblea de luz en la que hablan el tiempo, el espacio, los cuerpos y sus contextos.
Imagino, de nuevo, desde el archipiélago de gestos que ha dejado este año Brasilia que la imagen-isla que se relaciona, en un nomadismo circular, con otras varias, hacen posible el nacimiento de pueblos futuros en los que retorna eso de reunirse a fabular aquellas-cosas-que-pueden-quedar-por-venir.