
Por Mónica Delgado
Los cineastas Amilcar Infante y Sebastián González Méndez se acercan a una respuesta mediática y social sobre la llegada masiva de venezolanos desde la frontera norte de Chile, ocurrida en 2021, tras periodo de pandemia. En su documental Si vas para Chile, se plantea un acercamiento a las percepciones de migrantes y opositores en un contexto de tensión. Este título cita una canción de Chito Faró de 1942, que termina con una frase que resulta irónica ante las imágenes de violencia y desprecio: “Y verás cómo quieren en Chile /Al amigo cuando es forastero”.
Como dijera el cineasta Sebastián González Méndez en el Q&A, en la 20º Mostra Internacional de Cine de Belo Horizonte, Si vas para Chile es una obra que actúa como mecanismo de registro de actitudes aporofóbicas antes que xenofóbicas de los chilenos ante esta ola masiva que llegó a zonas de Iquique y Alto Hospicio (y que en la actualidad sigue siendo problemática y uno de los principales motivos defendidos para el ascenso de la ultraderecha). El film grafica este desprecio al pobre como una forma alienante de reproducir un sistema capitalista que genera estas polarizaciones entre las clases sociales menos favorecidas. El pobre contra el pobre como estrategia de protección.
Esta distinción que vemos desde diversas situaciones de despojo y maltrato hacia los venezolanos desplaza la discusión hacia una forma más profunda de desprecio de clase: no se rechaza únicamente al otro por su procedencia, sino por aquello que su presencia parece encarnar (precariedad, amenaza ante desempleo, pérdida de recursos, etc.). El pobre migrante aparece entonces como el cuerpo sobre el cual se proyectan las frustraciones producidas por un sistema que distribuye de manera desigual las posibilidades de bienestar. La aporofobia funciona así como un mecanismo de alienación social: en lugar de identificar las estructuras económicas y políticas que producen la precariedad, convierte al semejante en el enemigo visible. Por ello, lo inquietante de Si vas para Chile está en el registro del conflicto social entre cuerpos, acentos, incluso por encima de las infancias, por ejemplo. Es probable que el registro de los niños y niñas para determinadas tomas, como aquella donde se les pide posar ante la cámara y comienzan a hacer gestos de pistolas con las manos, se perciba como excesivo e innecesario, sin embargo, como dijera el cineasta en el Q&A, se trata de un recurso comprendido como una manera de transmitir la inocencia y el lugar de testigos impasibles que suelen tener las infancias, niñez y adolescencias en estos procesos que no provocaron y que requieren romper prejuicios.
Más allá de la intención de los cineastas por confrontar estas prácticas de racismo, discriminación y desplazamientos forzados de una parte de chilenos, incentivada por nacionalismos y conservadurismos de derecha, desde la misma experiencia de los venezolanos que viven en estas zonas de Iquique, hay un abordaje del territorio que requiere un énfasis. Si la propuesta del film es mostrar esta problemática desde los testimonios de los venezolanos y chilenos (la mayoría negativos), las imágenes desde planos cenitales de dron parecen confirmar una premisa que queda en el aire. Casi todos los planos desde este ángulo muestran un terreno árido, improductivo, en algunos casos contaminados o convertidos en basurales. ¿Qué tiene que ofrecer Chile? ¿Por qué migrar a esa parte del país que no tiene mucho que ofrecer? Es como si con esas imágenes de dron se buscara desanimar cualquier intención de pisar el país.
La contradicción entre los testimonios que despiertan comprensión y empatía y estas tomas de dron resulta significativa ya que el territorio termina adquiriendo, involuntariamente, una condición casi alegórica: el desierto deja de ser únicamente el espacio físico en el que se desarrolla la experiencia migratoria para convertirse en una suerte de extensión visual de la hostilidad que atraviesa el relato. Estas imágenes parecen privar al territorio de cualquier posibilidad de acogida, deseo o futuro. El Chile que aparece desde el aire es una superficie inhóspita sobre la que se depositan cuerpos desplazados, carencias y conflictos. ¿Desde dónde se mira el territorio cuando se filma la migración? El plano cenital del dron produce una mirada distante, panorámica y aparentemente objetiva, sin gente, sin pueblos, sin volverla un eco de un lugar vivido. El documental quiere cuestionar la mirada que convierte al migrante en un cuerpo extraño dentro del territorio nacional, pero puede terminar construyendo otra mirada igualmente reductora sobre ese territorio y sobre quienes lo habitan. Aparece un “aquí” sin atractivo, sin historia visible y casi sin posibilidad de arraigo. Es como si la película se anticipara a una respuesta: qué imaginarios de Chile, de progreso y de movilidad alimentan la decisión de llegar precisamente a ese territorio. Y las imágenes parecen decir: ves, no vale la pena. Al insistir en una geografía que parece expulsar a las personas, incluso antes de que aparezcan los discursos xenófobos, se construye un espacio que antecede a la hostilidad de sus habitantes.
Sección Mostra Horizonte
Dirección: Sebastián González Méndez, Amilcar Infante Cornejo
Guion: Sebastián González Méndez, Amilcar Infante, Hernán Saavedra
Fotografía: Sebastián González Méndez, Amilcar Infante
Música: Matias Rojas, Cristian Freund, Sebastián González Méndez
Montaje: Sebastián González Méndez, Hernán Saavedra
Chile, 2025, 70 min