MATAL AL CÓNDOR. I LOVE PERU DE RAFAËL QUENARD Y HUGO DAVID

MATAL AL CÓNDOR. I LOVE PERU DE RAFAËL QUENARD Y HUGO DAVID

Por Mónica Delgado

La mayoría de veces en que cineastas extranjeros han filmado o contando relatos de ficción sobre Perú lo han hecho bajo el mandato de la exotización y la homogenización con otras culturas con pasados ancestrales. En estos film Perú es asociado a su curriculum milenario, como telón de fondo para aventuras por ríos caudalosos o como espacio de encuentro de culturas, donde los locales son apenas unos extras. En muchos films da lo mismo que el héroe inca tenga vestimentas aztecas o mayas, o que al aludir a Perú aparezca una llama, algún poncho de alpaca o decorados con cartón piedra para imitar la majestuosidad de las construcciones tipo Sacsayhuamán o Machu Picchu. Allí está el film con Charlton Heston, El secreto de los incas (1954) o incluso la reciente y vanagloriada Transformers, el despertar de las bestias (2023), obra que imagina un submundo, oculto, de maravillas de oro y plata inventada por extraterrestres.

Por otro lado, en tiempos de gentrificación y depuración de lo considerado como otredad es clave dentro de algunos imaginarios de la desaparición convertir espacios de tradición, cosmovisiones diversas con iconos fuertes, en no-lugares. Es decir, como fundamentaba Marc Augé, la aparición de espacios de transitoriedad, de paso, sin trascendencia, que no dejan “huellas” en las personas, y que tienen una apariencia estandarizada sin particularidades. Este es el caso de I love Perú (Francia, 2025), primer film de la dupla conformada por el conocido actor francés Raphaël Quenard (protagonista de Yannick, Chien de la casse, Le Deuxième acte, entre otros) y el realizador Hugo David, un falso documental que aprovechó la visita del comediante a un festival de cine francés en Lima para realizar algunas escenas. En este film, Perú ya no es el lugar del folclor, las ñustas, Aguas Calientes o el cebiche, sin embargo, asoma la sensación de que el título es solo una referencia paródica antojadiza, que parece hacer alusión a un tipo de cultura turística y que el actor intenta burlar.

I love Perú tiene dos partes marcadas. La primera registra pormenores diversos, muy al estilo del cine de los hermanos Farrelly o la marca Jackass, sobre la vida actoral de Quenard en Francia, tanto en los detrás de cámara en rodajes como en los premios César, pleno de éxito que lo atosiga pero que a la vez lo hace sentirse vacío. En esta disyuntiva “existencial”, algo manida dentro de los relatos de ficción de actores que se retratan así mismos, Quenard conoce a una joven en un restaurante, con quien inicia una relación en medio de todo el éxito. Luego, ella decide terminar la relación, motivo por el cual él emprende un viaje de descubrimiento espiritual -y de presentación de un film en el marco de un festival de cine- hacia Perú -al menos eso dice la sinopsis- junto a su amigo Hugo David, quien es el responsable de todos los registros, a modo de diario. Y es aquí donde empieza la segunda parte del film, basada en la búsqueda de un cóndor, la visita a un chamán y la asistencia en cócteles organizados por la Embajada de Francia en Perú (con escenas donde aparece frivolizado el personal real de dicha entidad). Por lo que indica la trama, estamos ante varios lugares comunes dentro de las narrativas de la frustración amorosa y desde el cambio de espacios (como pasa en las road movies) para hacer también una transición espiritual.

Por otro lado, estamos en el terreno del mockumentary (falso documental cómico), puesto que Quenard no solo se interpreta a sí mismo, sino que la mayoría de referentes, situaciones, sitios, eventos, son reales, hasta el punto que el registro parece ser hecho para su difusión en redes sociales (es decir, el lenguaje “cinematográfico” emula una estética del selfie de Instagram o Tik Tok). Así, los espectadores asistimos a su día a día, a sus victorias o caídas, a sus chistes grotescos y políticamente incorrectos, y nos hace cómplices a la fuerza de sus idas al baño, de sus conversaciones con amigos o de sus paseos nocturnos. Y dentro de este código del falso documental o diario íntimo, Quenard también transmite su propia idea de un país, asociado a su búsqueda de un cóndor, ser mítico que encarna una fase de su propia vida, que debe mantener o aniquilar, y que se encarna desde planos de miradas de vuelos de pájaros, hechas con dron y de tono muy “marca Perú”, y que van desde la costa, la sierra o la Amazonía, hasta llegar a París, pasando por el río Sena, lo que se podría comprender como la geografía de una espiritualidad. Esa idea del país no pasa por sublimación o idealización alguna, sino más bien está tamizada por la repulsa de su crisis amorosa.

Los problemas de I love Perú no solo están en su tratamiento leve, muy ligero, del diario audiovisual, que evocan los mecanismos de los egos en las redes sociales, sino que la promesa del título parece un engaño, cuando el motivo del país es apenas un “macguffin” utilizado para producir otra cosa. Quenard encuentra en Lima un Perú donde confirma prejuicios: que los peruanos son personas sin cuello, que el Pisco Sour es como los senos de las mujeres, o que los chamanes son violadores. También todas estas afirmaciones son comprobadas sin necesidad de que aparezcan casi peruanos (apenas aparecen como extras un chófer en el aeropuerto, una vendedora de rosas en el barrio de Barranco a quien le borran la cara, una pareja paseando a un perro y, claro, un curandero norteño que le cumple a Quenard el sueño de la conexión espiritual a punta de sables y masajes). Y vale la pena añadir que estas apreciaciones hacen estallar de risa a los públicos franceses, justificando así un tipo de humor que no busca reírse de las situaciones, sino que se burla de las personas. Algo que mis compatriotas en una sala de cine en París identificaron como “humor francés”.

En el film no solo aparece la frase I love Peru, sino que también I love cóndor, y sabemos que a Quenard el amor -por lo que menciona en la trama- no le sobra. Y también es evidente que su film no es pues una obra para resaltar las bondades de un país ni para confirmar la evolución del actor en su búsqueda de espiritualidad, sino la parodia de todo ello, pero de manera poco orgánica, sin norte argumental ni formal claro. Es solo un producto que se aferra desde una lógica del marketing a la idea de un país, y de su cóndor -como pasó en la alfombra roja en Cannes donde se presentó en la sección de clásicos- para convertirlo en una mascota para un deleite exotizador o como residuo de una apropiación de cariz colonial. Y es interesante que en el festival más importante del mundo aparezca esta ave mítica desfilando con todos los honores como si fuera un objeto de veneración -y respeto hasta animalista- cuando en la película de Quenard sucede todo lo contrario. Prácticamente el cóndor aparece como un objeto frustrado de deseo, y por ello hay que desaparecerlo. Lo más tragicómico y patético del film es cuando el cóndor aparece hablando francés en una casa de Francia para convertirse en una suerte de Dalai Lama de la autoayuda.

Podría decirse, efectivamente, que I love Perú es un film sobre la lectura de un visitante francés al país, de la mano de franceses, desde una mirada que no se deja intervenir por lo local. No hay jamás transacción alguna, ni con el curandero ni mucho menos con la presencia del cóndor. En este sentido, el viaje es infructuoso. Quenard vuelve a París siendo la misma persona que conocimos al inicio del film, quizás tratando de parecer la mejor persona del mundo mientras un cóndor enano -imaginamos nacido en cautiverio en tierras galas- babea consternado por el papel dado en esta ficción. En el imaginario andino, el cóndor encarna la conexión espiritual entre el mundo terrenal y el mundo celestial, sí, y en esa lógica aparece en el film, sin embargo esta ave sagrada, para algunos valorada como un mensajero de los dioses, aparece como un súbdito, arrancado de su libertad, de su sabiduría ancestral y autoridad.

El cine gentrificado, que convierte la particularidad cultural de los espacios en no-lugares, en medio de sistemas de producción de cine que busca abaratamiento de costos, produce obras como esta. I love Perú como ejemplo de este tendencia: menos exotización ligada a la sublimación de lo ancestral y mítico y más gobierno de visiones que no se mezclan con lo local, que no permiten una mixtura de identidades o transacciones culturales. Tiempos que repelen los vínculos nuevos y las mixturas.

I love Perú
Dirección: Hugo David, Raphaël Quenard
Guion: Hugo David, Raphaël Quenard
Francia, 2025, 68 min