
Por Mónica Delgado
La hiedra es por naturaleza una especie trepadora, que se aferra con fuerza a las superficies como si fuera una técnica de supervivencia. Por ello, en la historia que plantea la cineasta ecuatoriana Ana Cristina Barragán en su más reciente largometraje, la hiedra funciona como una metáfora que encarna la figura de la fijación, para caracterizar las motivaciones de dos personajes solitarios que se encuentran sin aparente vínculo y que forman una nueva unidad.
Con estreno a nivel mundial en 82º Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica Biennale di Venezia, Hiedra extiende el interés en las formas de la ficción de Barragán, quien antes dirigió Alba (2016) y La piel pulpo (2022), ambos films con personajes femeninos que organizan los relatos. En esta nueva película, la trama también se desarrolla alrededor de la sensibilidad adolescente, aunque esta vez desde una contraparte masculina, encarnada por un joven protagonista, Julio (Francis Eddú Llumiquinga). Si bien hay elementos en común con obras previas de la cineasta (la centralidad de personajes femeninos, el uso de ralentis o cámaras lentas para enfatizar momentos gratificantes o la puesta en escena condensada en planos cerrados), en Hiedra, la cineasta explora la perspectiva de una protagonista mayor, Azucena de 30 años (interpretada por la actriz mexicana de Simone Bucio), marcada por un trauma, dentro de un proceso particular de sanación.
La historia que Ana Cristina Barragán imagina proyecta un trasfondo ambivalente. Azucena es una joven que en su pubertad tuvo un hijo no deseado, cuya madre dio en adopción. Ella visita a escondidas un orfanato, y comienza a hacer amistad con un grupo de adolescentes de ese lugar, quienes están a punto de cumplir 18 años. Ella cree que uno de ellos es su hijo. Ambos personajes empiezan a acercarse, incluso rozando el posible límite de lo incestuoso. Esta posibilidad dota a la trama de un halo mórbido, sin embargo, la cineasta libra bien esta posibilidad, convirtiendo este drama en una sutil obra sobre la tensión entre ternura y obsesión.
El film comienza trazando el trayecto que vivirán los personajes. Barragán presenta a Julio fingiendo ser un perro feroz en una pelea dentro de una de las habitaciones del orfanato mientras sus compañeros lo acosan o apoyan al otro contrincante. Ya hemos visto escena similar en La ciudad y los perros (1985) de Francisco Lombardi, y que hacen que los espectadores nos situemos rápidamente en el ámbito de la animalidad y visceralidad (más aún cuando se trata de un microcosmos juvenil). Sin, embargo, y a diferencia de las metáforas de flora o fauna de Alba o La piel pulpo, por ejemplo, este lado bestial del personaje, forzado por el clima de abandono y rebeldía de sus amigos de habitación, es apenas desarrollado y más bien resaltado como parte de un proceso de autoconocimiento. Cuando Julio conoce a Azucena y ve en ella a una madre, este trayecto adquiere otra dimensión, lejos de esa animalidad desde la fuerza bruta. Más bien, el aspecto animal se basaría en un tipo de instinto que requiere cobijo y afecto.
Por su parte, el personaje de Azucena proyecta otro tipo de códigos. Es una mujer que es tratada como niña, o que le gustan aún detalles que la infantilizan, evocados en los detalles de su habitación o en las alhajas para infantes que le gusta llevar y que las colegas del trabajo observan con detenimiento. Debido al trauma de un embarazo prematuro y a la adopción, vive aún atrapada en una sensación de pérdida. Y si Julio debe desarrollar su instinto, Azucena debe materializar su mundo de fantasía. El encuentro con el joven del orfanato la llevará a un estado de madurez.
Por lo descrito, estamos ante una película resuelta en el guion. Es decir, todo su universo narrativo parece atravesado por una construcción muy efectiva del tratamiento de los personajes y sus acciones, lo que quizás le quita sorpresa o fluidez a un universo que se basa en lo instintivo o en un tipo de obsesión. Por ejemplo, hay escenas, una detrás de otra, que contraponen simbolismos algo manidos: mientras Azucena baña a su abuelo nonagenario, Julio baña a un bebé en el orfanato. O como cuando los personajes retozan en el campo y de pronto erupciona un volcán.
Más allá de estas decisiones que se perciben demasiado calculadas, Hiedra es un film destacable que propone una historia sobre el surgimiento del afecto entre dos desconocidos tratada con sensibilidad y con un buen trabajo de dirección de actores. Puede ser tanto una historia de amor, como una de filiación, basada en el mandato -obligado- de la maternidad.
Sección Orizonti
Hiedra (The Ivy)
Directora: Ana Cristina Barragán
Guionista: Ana Cristina Barragán
Fotografía: Adrian Durazo
Sonido: Gisela Maestre Plaza, Jean-Guy Veran, Juan José Luzuriaga
Director artístico: Alisarine Ducolomb
Productor ejecutivo: Joseph Houlberg, Alejandro de Icaza
Reparto: Simone Bucio, Francis Eddú Llumiquinga
Ecuador, México, Francia, 2025, 90 min