
Por Mónica Delgado
El reciente trabajo del artista, cineasta e investigador colombiano Sebastian Wiedemann, que él mismo denomina como composición audiovisual, es una reflexión sobre un sistema de representaciones en torno al árbol de la quina, especie oriunda de la selva y sierra del Perú, cuya corteza tiene cualidades curativas. Por siglos, las culturas originarias de América del Sur utilizaron este árbol por los beneficios de su corteza para aliviar los efectos febriles de algunas enfermedades, sin embargo su valor creció (a la par de su depredación) cuando los españoles y otros colonizadores lo vieron como oportunidad de comercialización. Las imágenes de un árbol “despellejado” es una metáfora que Wiedemann recoge como una evidencia de un eterno asedio.
Esta obra de Wiedemann provee además de imágenes sobre un árbol que peruanos desconocen, pese a que desde los tiempos republicanos es emblema nacional, puesto que aparece como símbolo patrio en el escudo. Desde esta lógica post Independencia, se le asignó un valor como planta curativa, empleada desde el Virreinato como medicina en el tratamiento contra la malaria, borrando sus usos por los pueblos originarios de los Andes y Amazonía, especialmente de Perú, Ecuador y Colombia. Fue declarado “árbol nacional del Perú”, sin embargo, es un árbol cuasi fantasma, que casi nadie ha visto, tocado u olido.
En MA-QUINA (Colombia, 2024), y estrenada en Perú en el marco de la inauguración del IX Festival Internacional de Apropiación Audiovisual MUTA, se plantea una defensa ante la suerte de este símbolo frente a la depredación y el colonialismo ejercido sobre estos territorios. Como parte esencial del saber medicinal de los pueblos indígenas de la Amazonía, este árbol fue utilizado durante siglos por comunidades locales para tratar enfermedades transmitidas por mosquitos y otras dolencias. Sin embargo, con la llegada de los colonizadores europeos y el descubrimiento de la quinina -compuesto extraído de la corteza de la quina-, la especie fue rápidamente transformada en un recurso comercial, explotado intensivamente. La apropiación de la quina no solo implicó la extracción masiva del recurso, sino también el silenciamiento de los conocimientos ancestrales que rodeaban su uso. Por eso, Wiedemann dedica su obra a los Boras y Uitotos, de quienes también se oyen los cantos y tambores en varios pasajes de este trabajo a modo de reclamo o mantra que devuelve al árbol a su lugar original.
Wiedemann utiliza diversos recursos audiovisuales para concretar este frase que aparece en su sinopsis “malaria de archivo”: imágenes que desestructuran el imaginario colonial que se impuso a la memoria ancestral indígena, desde el uso de la animación 3D al montaje con fotografías e ilustraciones de archivos que evocan el estudio y apropiación de las bondades de este árbol. Material de archivo que es articulado en una edición rítmica que contrapone estas imágenes de la quina desde la apropiación colonial con los cantos de los Boras y Uitotos que funcionan como recordatorio de ese pasado a punto de extinguirse. En MA-QUINA asistimos al resumen de una transformación que muestra cómo este árbol dejó ser parte de un ecosistema y de una cosmovisión para convertirse en mercancía. En la mirada de Wiedemann, el quino es un ente que desde su propia materialidad reclama su lugar, no en el mundo, sino aquí, en estos territorios, pese a la tala ilegal y el peso de una futura extinción.
La medicina tradicional indígena fue invisibilizada y reemplazada por un modelo de explotación orientado al lucro. En torno a este punto, Wiedemann inserta fragmentos de una propaganda de agua tónica (un derivado de la quinina) que alude un uso en la coctelería ligada al ocio, desde la escena de un capataz que pide esta bebida como una gratificación tras su jornada de trabajo. Una publicidad que confirma que las cualidades de la naturaleza son desestimadas a cambio de un valor de lucro. A partir de estas premisas que condenan esta resignificación, Wiedeman reconstruye un sistema de representación como recordatorio de una historia de saqueo y olvido. La quina, otrora símbolo de vida y sanación, se convirtió en testimonio vivo de cómo el colonialismo convirtió un bien común en objeto de explotación, ignorando los derechos y saberes de los pueblos originarios. Por ello, el cierre de MA-QUINA son imágenes de una corteza hirviente como extremo dramático de una resistencia, pese a la depredación y a la poca memoria actual sobre el pasado de este árbol sanador.