
Por José Luis Salazar Gallardo
Ganadora de la sección Viewpoint del Festival de Cine de Tribeca, presentada como cinta inaugural en el pasado Festival Internacional de Cine de Guanajuato y en competencia en el reciente Sanfic, Santiago Festival Internacional de Cine, Un futuro brillante, de Lucía Garibaldi, es una película de ciencia ficción atípica: en ella, el poder de desencadenar, canalizar, mediar y comercializar los sentidos constituye una de las formas del poder contemporáneo. El cuerpo se convierte, entonces, en un espacio más de resistencia en su inventiva distopía sensorial.
Elisa (Martina Passeggi) es una joven inteligente y curiosa, cuyas aptitudes han sido reconocidas al ser seleccionada para viajar al “Norte”, un lugar idílico y paradisíaco donde, se dice, las grandes mentes viven y trabajan. De ese destino no se sabe mucho más que lo mostrado en un par de postales y en las escuetas descripciones que su hermana, también seleccionada tiempo atrás, le transmite a través de llamadas telefónicas. “Estamos haciendo historia”, repite, como mantra o consigna. Nadie parece escapar al deseo de ir al “Norte”, incluida su madre, quien sueña con ahorrar lo suficiente para unirse a sus dos hijas.
En su empobrecido barrio, Elisa se ha convertido en una figura admirada, casi celebridad, al ser la única joven seleccionada y una de las pocas que quedan. El mundo en que habita es un futuro desolado donde los animales se han extinguido, las plagas de hormigas han arrasado con todo a su paso y las tasas de natalidad han disminuido drásticamente. A las divisiones geográficas y fronteras físicas que se imponen sobre los habitantes, se suma el control sensorial como forma de dominación. Los sentidos, estimulados artificialmente, se vuelven herramientas para adormecer la curiosidad y anestesiar el espíritu. Es el caso del padre de Elisa, una de las pocas personas con permiso para cruzar hacia el sur. Cuando ella le pregunta si alguna vez ha sentido el deseo de ir más allá de las fronteras, él responde con un rotundo “no”.
Los barrios son fumigados y sanitizados permanentemente. Se ejerce un control estricto sobre los objetos que entran y salen. Bocinas que emiten sonidos de perros, gatos y otros animales suplen su ausencia; aromatizantes artificiales y alimentos procesados mantienen a la población en un estado de falsa satisfacción. Al ingresar a la casa de Elisa, todos repiten, como en trance: “Siempre huele muy bien en esta casa”.
La cinta de Garibaldi, una coproducción entre Uruguay, Argentina y Alemania, mantiene, sin embargo, un marcado carácter local pues fue filmada casi en su totalidad en la Cooperativa Covisunca en Montevideo y cuenta con apenas un par de locaciones adicionales igualmente austeras. En esta apuesta por lo local resuena algo del mito fundacional del cine uruguayo. En 1920, Pervanche de León Ibáñez Saavedra fue anunciada como “el primer film uruguayo”, pese a que desde 1896, apenas unos meses después de la presentación del cinematógrafo por los Lumière en París, ya se contaba con Carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco como primer registro fílmico del país. Esto no impidió que tres años después Almas de la costa, de Juan Antonio Borges, fuera proclamada por la revista Cinema como “la primera película uruguaya”, y “el primer peldaño de una nueva industria y de un nuevo arte nacional”.
En 1929 se repetiría el anuncio triunfal con El pequeño héroe del Arroyo de Oro, de Carlos Alonso, y en 1938 con ¿Vocación?, de Rina Massardi, que incluso incluyó esa leyenda en los créditos iniciales. Ya en la segunda mitad del siglo XX, El lugar del humo de Eva Landeck en 1979 sería nuevamente promocionada como “la primera película del cine uruguayo”, y quince años después Cannes haría lo mismo con El dirigible, de Pablo Dotta. Al respecto, los investigadores Guillermo Zapiola y Manuel Martínez Carril escribieron: “Nunca en ningún país el cine nació tantas veces”. Martínez Carril, entonces director de la Cinemateca, fue aún más contundente: “El cine nacional no existe. No se hacen films. En treinta años apenas se han multiplicado los proyectos de ley, las quejas y las reflexiones pesimistas…”.
El estreno de La historia casi verdadera de Pepita la Pistolera, de Beatriz Flores Silva en 1993, la llegada a Cannes de El dirigible, la aparición de nuevos talentos como Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, así como de obras reconocibles por el público uruguayo como 25 Watts, En la puta vida (de Beatriz Flores Silva) y Whisky, junto con el aumento de producción durante los años 2000 (de 3 a 5 películas por año, llegando a 13 en 2015), consolidaron finalmente los cimientos del cine uruguayo. En 2001, Álvaro Lema Mosca apodaría a este proceso como “el último nacimiento de la industria nacional”. ¿No deberíamos considerar, en esa misma clave inaugural, la irrupción de Lucía Garibaldi con Los tiburones, ganadora en Sundance y en BAFICI, y participante en Horizontes Latinos de San Sebastián, en 2019?
En aquella ópera prima, Los tiburones, un coming-of-age situado en un pueblo costero sacudido por el rumor de tiburones en las aguas, su joven protagonista también era removida por otra fuerza latente: el deseo sexual hacia Joselo, su compañero de trabajo. Ya entonces, Garibaldi ilustraba algunos de sus intereses formales: el cuerpo como eje sensorial, como punto de fuga. Ahora, en Un futuro brillante, retoma esa exploración ante un pueblo y una familia invadidos por la emoción de la inminente partida de Elisa al “Norte”; ella nada a contracorriente y comienza a cuestionar la existencia misma de ese espacio en blanco del que poco se sabe, pero que todos anhelan. La exploración, sin embargo, no parte de una búsqueda abstracta, sino del cuerpo y de los sentidos.
En una escena clave, Elisa ofrece clandestinamente a hombres y mujeres, con los ojos vendados, acercarse para captar los olores de su cuerpo sudado, de su vello mojado, de su aroma juvenil. Estos seres, alienados y criados en la represión, educados en el adormecimiento sensorial, encuentran allí una forma de liberación. Inclusive uno de ellos pese a la venda y el desconocimiento es capaz de reconocer cuando se le está mintiendo y uno de los olores no corresponde a lo que se le describe. En esta distopía, saturada de propaganda y dispositivos de control, se evoca una situación de excepción constante, una crisis permanente, un estado de alerta y tensión acentuadas. El campo de los sentidos se vuelve algo que debe ser reprimido, porque resulta amenazante y potencialmente subversivo y liberador. Donde el ojo, el olfato, el tacto, el gusto o la escucha no reclaman más de lo que conocen, allí reinan la saciedad y la norma. En una era dominada por el miedo y la sensación, el poder actúa más que nunca en el campo sensorial.
Alain Corbin, en El perfume o la miasma. El olfato y lo imaginario social, siglos XVIII y XIX, señala en su prólogo cómo el olfato ha sido relegado frente a los otros sentidos: el discurso científico titubea al abordarlo, carecemos de un lenguaje preciso para referirnos a los olores, y los estereotipos lo han encerrado en el mundo del instinto, marcándolo con el sello de la animalidad. Corbin reivindica su importancia al insistir en la necesidad de historizarlo.
Desde lo fílmico, Garibaldi parece continuar esa línea: muestra cómo los sentidos, y en particular el olfato, tan subestimado y degradado, pueden operar también como un campo de alienación, y por tanto, como pieza clave en el sostenimiento del orden de clases. Una alienación a la que su vecina y compañera no es inmune, aun cuando sus deseos de ser solidaria con Elisa se ven superados por la promesa del “Norte”.
Feuerbach lo advertía en el prefacio a La esencia del cristianismo: “Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Esa sacralización de la ilusión del “Norte”, del orden artificialmente aromatizado y visualmente controlado está en el centro de la distopía de Un futuro brillante. Elisa lo transgrede al rechazar ese deseo, plenamente difundido, educado y sembrado ideológicamente como única fuente de aspiración, para desear en su lugar algo que no conoce ni puede nombrar.
Generalmente, el cine de culturas desplazadas o marginadas se enfoca en la experiencia de la pérdida (la pérdida del lenguaje, de la identidad, de las tradiciones, del lugar dentro de la comunidad). Aquí también hay una pérdida que atraviesa a los personajes sin poder nombrarse. Esa carencia indefinida es cooptada por las autoridades y canalizada hacia la promesa de un paraíso terrenal, sensorialmente idílico, pero inimaginable e inasible. El “Norte” se convierte así en la única respuesta articulada a una necesidad que ni siquiera ha sido comprendida. A una saciedad que inútilmente se busca llenar y para la que el “Norte” se articula como única respuesta.
Es particularmente significativo que Garibaldi estructure esta distopía a partir de la dicotomía Norte-Sur, del mismo modo en que nuestro mundo también se organiza: un norte global sostenido por el colonialismo y el extractivismo, y un sur global aplastado y subordinado a sus intereses.
Es ejemplo de un cine uruguayo de género que va en sintonía con algunas de las preocupaciones y temores de la región, y en especial en sus vecinos, como la reciente tendencia fílmica brasileña plasmada en filmes como Bacurau de Kleber Mendonça Filho, Medusa de Anita Rocha Da Silveira o O último Azul y Divino Amor de Gabriel Mascaro o la tradición literaria argentina de El Refugiado de Gonzalo Garcés, El zapallo que se hizo cosmos de Macedonio Fernández, Trafalgar de Angelica Gorodischer, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares o El Eternauta de Héctor Oesterheld, recientemente adaptada a serie, y sin olvidar títulos fílmicos como Invasión de Hugo Santiago.
Hacia su final, Elisa realiza una última transgresión: sacrifica una parte suya a fin de mantenerse en su barrio y evadir su traslado al “Norte”. Puede que Elisa no comprenda aún aquella deficiencia que busca llenar sin embargo, se rehúsa a que su cuerpo y su juventud sean una mercancía.
La directora mencionó que algunas de sus referencias fueron Blade Runner (1982), Alphaville (1965), The Lobster (2015), Border (2018) y Brazil (1985) y aunque en entrevista para Cinema Tropical afirma no saber si su cine encaja con lo que se espera de las obras latinoamericanas; hay un reconocible hilo que la une a la genealogía de la ciencia ficción latinoamericana que, ante el autoritarismo y el miedo al control, siempre ha articulado un futuro alterno, otra realidad posible. Ahí junto a las heroínas de nuestro cine, yace Elisa, que ya no persigue el sueño en el norte, sino que se encuentra hurgando por respuestas desde el sur. Renuncia a ser materia de espectáculo, a entregarse como promesa de juventud exportable, a ceder su cuerpo a este imperio de los sentidos.
Guy Debord escribió: “La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas”.
Es ahí donde entramos nosotros, espectadores que temen espejarse no en la rebeldía de Elisa, sino en todos aquellos a bordo del crucero: adormecidos, alienados, que siguen soñando, consciente o inconscientemente, con llegar al “Norte”.
Garibaldi llega después del cine post dictadura y del boom del cine uruguayo de principios de siglo; sin embargo, su triunfo en festivales, así como la continuidad de ciertos gestos y temáticas, no puede dejar de sentirse como algo augural. Porque entre los cuartos con máquinas y el sofisticado entramado sci-fi, no puede negarse que lo que se ve, y se siente, es a Uruguay y su gente. Que en el segundo país más pequeño de Sudamérica se vislumbre el futuro de nuestro cine y, quizás también, nuestro propio porvenir.
Un futuro brillante
Dirección: Lucía Garibaldi
Guion: Lucía Garibaldi, Federico Alvarado
Fotografía: Arauco Hernández
Música: Fabrizio Rossi
Edición: Sebastián Schjaer
Producción: Patricia Celesia, Petra Costa, Isabel Garcia, Santiago López, Pancho Magnou, Hernán Musaluppi, Diego Robino, Lilia Scenna, Jamila Wenske
Reparto: Martina Passeggi, Sofia Gala Castiglione, Soledad Pelayo, Alfonso Tort, Maruja Bustamante, Pablo Riera
Uruguay, Argentina, Alemania, 2025, 98 min