
Por Mónica Delgado
La existencia de los festivales suelen describirse de diversas maneras: como parte de un sistema de mercados que tiene en este tipo de espacios una ventana indispensable para la circulación de films, como una expansión de los terrenos de producción, debido a su base formativa que implican laboratorios y encuentros, pero también se alude a su papel difusor o divulgativo, que incluye en muchos casos un lado “descubridor”, de catapulta para decenas de obras de jóvenes cineastas de diversas cinematografías. Sin embargo, poco se habla de la identidad misma de los festivales o muestras que va más allá de los lugares turísticos en los cuales se desarrolla o de los propósitos de networking y prestigio desde sus intereses y perfiles. Esta identidad está sostenida en aquello que se dibuja como prioridad, como decisión de qué tipo de cine acercar a las personas y sobre qué imaginario se construye esta visión del cine.
El pasado lunes 22 de setiembre se dio inicio a la 20º Mostra Internacional de Cine Belo Horizonte (20º CineBH), que viene dando continuidad del cine latinoamericano en esta parte de Brasil, reuniendo films recientes de la temporada de festivales pero también obras que requieren ponerse en valor tras su paso por otros circuitos alternativos. Junto al Festival de Tiradentes, que promueve cine brasileño contemporáneo, y al Festival de Ouro Prieto, dedicado desde hace más de quince años dedicado a difundir obras rescatadas y restauradas con énfasis en patrimonio y archivo, todos en Minas Gerais, forman una tríada que se sostiene desde el apoyo de financiamiento público y la voluntad de organizadores y auspiciadores, marcando así una ruta anual enfocada desde la defensa de las identidades latinoamericanas y locales. Y precisamente en ese inicio de festival, la Mostra CineBH dejó en claro varias cosas con relación a su identidad: la gestión cultural y de cine también es política, y que realizar un evento de este tipo requiere convicción y defensa del acceso y de la discusión de las diversas problemáticas que atraviesan los cines latinoamericanos.
Este año la Mostra CineBH ha dedicado toda la temática de la edición a una interrogante “Cinema latino-americano: o que será?” (Cine latinoamericano: ¿Qué será de él?), propuesta que surge como sobre todo como un desafío ante problemas de desfinanciamiento, eliminación de políticas públicas, el influjo de los mercados europeos y estadounidenses, o el crecimiento del streaming que moldea los gustos y las tendencias. La pregunta no es solo una interpelación al futuro, es más bien ya un diagnóstico de una realidad apabullante, que tiene sus highlights cada vez que alguna película latinoamericana es nominada al Oscar o cuando alguna obra es premiada en los grandes festivales cruzando el Atlántico. La pregunta que propone la 20 CineBH también surge desde adentro, es decir, aquí se desarrolla a la par un encuentro de coproducción Brasil CineMundi, que este año agrupa a 37 proyectos de diversas partes de América Latina, que buscan ampliar sus vías de producción y poner en diálogo sus expectativas con esos fondos transnacionales para poder materializar sus obras.

Incluso si pensamos en la forma en que se desarrollan laboratorios, encuentros o talleres donde es importante que haya presencia de entidades que gestionan recursos para el cine latinoamericano desde Europa, por ejemplo, la Mostra no escapa a poner en escena esta contradicción. Mientras preguntamos por el futuro del cine latinoamericano, ampliar sus posibilidades de producción y establecer redes para concretar sus películas ante la pregunta o que será?, la situación se vuelve una respuesta y un síntoma. La cooperación regional aparece como una estrategia indispensable frente a la fragilidad de los sistemas nacionales de financiación, pero también evidencia hasta qué punto producir una película latinoamericana se ha convertido en una negociación permanente con instituciones, fondos, mercados y circuitos de legitimación. Por ello, la Mostra CineBH ha incluido un seminario internacional, que va del 23 al 27 de setiembre, con participación de diversas personas que pertenecen al circuito de producción y exhibición del cine (productores, cineastas, gestores y críticos), tratando de encontrar algunas salidas o quizás hallar más problemáticas de las percibidas. Por eso, quizá la pregunta no debería ser solamente “¿qué será del cine latinoamericano?”, sino “¿qué condiciones estamos dispuestos a defender para que pueda existir un cine latinoamericano que no tenga que pedir permiso para existir?”: un cine que no entre rápido al juego de la domesticación o de las fórmulas arrojadas desde los espacios hegemónicos. Porque el problema no es que falten películas latinoamericanas en los diversos espacios. El problema es que cada vez resulta más difícil interpelar cuáles pueden hacerse, cuáles pueden circular y cuáles consiguen ser vistas. Y esa es una discusión política, económica y cultural que el cine latinoamericano ya no puede postergar.
Llevo casi dos décadas asistiendo a festivales y muestras de todo calibre, desde el más pomposo y lujoso al más pequeño y casi hecho sin recursos, en Perú o China, en Grecia o Chile, en Brasil mismo o España, y lo que propone esta muestra como discusión y experiencia está inevitablemente, por fortuna, marcados por los graves contextos políticos que vivimos en la región que atentan contra la libertad artística, la libertad de expresión, extienden la censura y buscan acabar con cualquier voluntad que considere a las artes y al cine incluido como un derecho cultural, y ante los cuales se tiene, sí o sí, tomar posición. No podemos seguir mostrando películas sin aludir a estos problemas estructurales que exigen acciones. Cómo se puede trabajar una edición de un festival sin pensar en las prácticas de los Milei, Katz o Fujimori. Ningún festival o espacio del cine que se precie de valorarlo, promoverlo, amarlo, puede estar ajeno a estos sucesos que afectan la existencia de los pueblos. Y la Mostra CineBH tiene claro qué rol debe cumplir, en sintonía con las expectativas de un público joven sobre todo.
Por otro lado, centrar un festival en una selección netamente latinoamericana implica asumir que la región no necesita ser presentada como una periferia cinematográfica que espera validación de Europa o Estados Unidos, y eso se percibe en la programación, que implica no solo largometrajes de ficción, sino apostar también por el cortometrajes y las obras en su hibridez, sin las clásicas divisiones de ficción/documental. También está en sus homenajes, esta vez dedicado a la paraguaya Paz Encina, y a la escritora Conceição Evaristo, quien debutó hace poco como actriz. Se percibe desde estos gestos y motivos de discusión que se busca construir un espacio de circulación, encuentro y discusión desde nuestras propias urgencias, estéticas, defensas, memorias y conflictos. En un contexto de desfinanciamiento y creciente dependencia de mercados y plataformas globales, una programación latinoamericana tiene que funcionar como una forma de resistencia cultural, que deja de lado el viejo estereotipo de la identidad regional exotizada, y que propone imágenes, relatos y formas de hacer cine que pueden surgir cuando la mirada deja de estar determinada por los centros de legitimación. La noche de inauguración en este sentido fue un manifiesto.

La ceremonia de apertura fue una sesión de espiritismo político. Allí en la pantalla pasaron imágenes recreadas con IA (al menos se sintió que estas nuevas realidades creadas con recursos del artificio y el simulacro extremo, pudieron servir para conformar un nuevo cosmos surreal, pero a la vez subversivo) de diversos personajes y comunidades de la historia política latinoamericana, que no es otra cosa que nuestra Historia a secas: desde los mayas a los chibcha, desde los chavín a los mapuches, desde Túpac Amaru II a las madres de la plaza de Mayo, desde Rigoberta Menchú a Domitila Barrios de Chungara, de Gabriela Mistral a Fidel Castro, de Gabo a Eduardo Galeano. Una tecnología actual asociada muchas veces al poder de las plataformas y a la homogeneización de las imágenes fue utilizada para convocar memorias de resistencia, luchas indígenas, feminismos, movimientos populares y proyectos políticos latinoamericanos. Una ceremonia que parece preguntarle al pasado qué queda de aquellas luchas en el presente y qué podrían todavía decirnos sobre el futuro del continente, más aún en contextos electorales, donde la derecha va ganado terreno, como ha pasado en Perú, Argentina, Chile, Colombia, Bolivia o Ecuador. La apertura de la muestra presentó la historia latinoamericana -no la historia del cine en sí -como un archivo que requiere estar vivo, como fuerzas políticas que regresan espectralmente para disputar este presente derechizado.
La ceremonia de apertura adquirió una dimensión inevitablemente política, más aún a pocas semanas de las elecciones brasileñas de 2026 (mucha gente gritaba a viva voz ¡Lula! seguido de aplausos). CineBH convocó sobre la pantalla a los fantasmas de otra América Latina: indígenas, revolucionarios, mujeres activistas e intelectuales y líderes de movimientos populares. No se trata de una invocación performativa o como parte del programa de un evento. Se trató de una manera de preguntarse qué memorias siguen vivas, cuáles han sido expulsadas del relato oficial y qué futuro puede imaginarse cuando se vuelve a escuchar a quienes alguna vez imaginaron otro continente.
En el continente hay varios festivales de cine cuyas selecciones solo se basan en cine latinoamericano (incluso en Lima hay uno, que puedo dar fe que casi nunca ha mostrado interés en discutir problemáticas de fondo sobre estas realidades), pero lo propuesto en la inauguración de la Mostra fue un llamado político, apelando al afecto y a la solidaridad, como aquel momento en que el cineasta mineiro André Novais Oliveira, pidió a todo su equipo a subir al escenario (casi medio centenar de personas) para presentar su film; algo que a veces parece escasear cuando este tipo de eventos se vuelve un espacio competitivo, donde unos ganan y otros pierden.
