
Por Mónica Delgado
Con la escena del ojo rasgado en Un chien andalou (1929), Buñuel hizo una exposición de motivos sobre la necesidad del ojo interior. Con el gesto de cortar la visión a Simone Mareuil en este emblemático film surrealista, el cineasta invitaba al espectador a imaginar que aquello que veríamos luego de ese acto performativo de la navaja sería producto de los rumbos del inconsciente, al entrar a un mundo al revés, a una serie de incidentes que ponían a prueba la capacidad de lo fantástico por afectar la normalidad. En Punku hay una vinculación clarísima con este gesto buñueliano. Un personaje pierde un ojo (incluso se puede ver una escena visceral en una sala de operaciones), para luego relacionar este acto de mutilación con el resplandor de una luna. Desde ese momento, se manifiesta la transgresión y nace la vía hacia el punku, palabra en quechua que significa portal.
Conceptualmente Punku, tercer largo de J.D. Fernández Molero y estrenado en la sección Forum de la 75º Berlinale, es también una invitación a mirar con este ojo interior, a percibir una realidad intervenida por lo fantástico. Por ello, la trama se desarrolla a partir de este suceso del ojo, que se aterriza en la historia de Meshia, una joven de “selva adentro” que vive en Quillabamba (Cusco), quien encuentra en la ribera de un río a un adolescente herido, Iván, para luego llevarlo a un hospital. Luego de la recuperación, Iván, aún amnésico, es hallado por su padre, tras dos años de desaparición, aunque Meshia -quien también es candidata a Miss Sirena, un concurso de belleza- seguirá como ayudante o acompañante en este proceso. Pero en Punku no hay un único hilo narrativo, sino que la historia, fruto del cruce de realidad y fantasía, contiene varias subtramas, algunas poco afortunadas, como la de un curandero que sobrevive a un accidente o la aparición de mujeres asesinadas en la zona.
El aspecto formal que J.D. Fernández Molero elige para materializar este mundo del ojo interior es el del multiformato, donde las texturas del super 8 y el 16mm se complementan con el registro digital transferido a 35mm. De esta manera, se pasa del panorámico al 4:3, aunque sin alguna particularidad específica en el montaje, que dé pistas de la expresión o mirada en sí de los personajes, quizás recursos utilizados debido a alguna preferencia fetichista por lo analógico.
En cuanto a la relación con los films previos de Fernández Molero, aquí aparecen elementos trabajados, algunos desde el aspecto narrativo como el de la amnesia en Reminiscencias (2010), o el de la intervención de lo fantástico de Videofilia y otros síndromes virales (2025). Sin embargo, Punku resulta una extensión en torno a la sublimación del curanderismo y a los relatos orales del mundo de la amazonía, chullachaquis incluidos.
Por otro lado, el film se compone de una estructura narrativa por capítulos, cuyos títulos, a veces, no logran engranar con lo expuesto en esas partes. Es decir, en Punku hay una claridad en la intención de proponer un punto de partida desde la subversión de la realidad a partir de la idea del ojo arrancado, expulsado, que en sí es sumamente interesante como eco de todo un universo surgido del surrealismo a inicios de siglo XX extrapolado a una imaginería liminal entre andina y amazónica; sin embargo el paso de la idea a la intención narrativa es donde el film desfallece.
Tampoco este abordaje entre mítico, suprarreal o lúdico es inédito en el cine peruano, puesto que es inevitable asociar este puente entre mitologías y su persistencia en la contemporaneidad, con toques cómicos o estrambóticos, con el que aparece en Historias del Ichi Ocllo (1982), el cortometraje de Pablo Guevara, el gran antecedente, o La chucha perdida de los incas (2020) de Huanchaco, un film más reciente. Por otro lado, también es inevitable asociar algunos pasajes del tratamiento visual con algunas obras de Apichatpong Weerasethakul, donde el neón emerge como signo de espasmo entre los sueños. Sueños dentro de sueños.
Es interesante ver Punku como una promesa, en su apuesta por construir un contexto simbólico y de cariz surreal, trabajado desde un cuidado trabajo fotográfico a cargo de Johan Carrasco, sin embargo, mantiene falencias narrativas. Que una obra se abra a la experimentación no debería significar que se dejen cabos sueltos narrativos (más aún cuando el film se organiza en un trayecto narrativo convencional, lineal, por capítulos: un recurso manido de la tradición literaria), construir personajes que al final devienen en extras, o considerar que la forma de lo surreal es una carta abierta para el puro sinsentido. Esa pretensión la socava.
Sección Forum
Punku
Dirección y guion: J.D. Fernández Molero
Fotografía: Johan Carrasco Monzón
Edición: J.D. Fernández Molero
Música: Carlos Gutiérrez Quiroga
Diseño sonoro: Fernando Mendoza Salazar
Diseño de producción: Susana Torres
Animación: Diego Vizcarra
Productores: Verónica Ccarhuarupay, J.D. Fernández Molero
Reparto: Marcelo Quino, Maritza Kategari, Ricardo Delgado, Hugo Sueldo
Perú, España, 2025, 135 min