
Por Arnau Martin desde Cannes
En la praxis del cine hay siempre algo redundante cuando se invoca el pasado, pues su propia lógica como medio es la del embalsamamiento, como así lo sostenía André Bazin, a saber, la de la captura de momentos y de escenas irrepetibles, de los rostros actorales que se lucían ante la cámara. El cine, desde sus albores, se pensó como una prolongación mecánica de la fotografía, con el fin de otorgarle un carácter motriz y captar físicamente el flujo del tiempo. En ese sentido, cuando se filma, al menos con celuloide, se origina una suerte de pasado artificial, liberado y redimido de la prisión del tiempo biológico. En Bazin hay un aliento crepuscular, como también en Jean-Luc Godard cuando tomaba conciencia de que los años más esplendorosos del cine, desde George Méliès hasta Nicholas Ray pasando por Alfred Hitchcock, ya habían pasado, y no se podían extender más.
Nouvelle Vague, último regalo del laureado Richard Linklater estrenado en Cannes 2025, exuda una gran frescura a la hora de apuntar esas dudas e imposibilidades, y sigue a Godard, entonces joven director, en su intento de levantar su primer proyecto, que terminaría bautizando como Al final de la Escapada. El filme, que es fluido, esquemático y hermoso en su puesta en escena y en su dirección actoral, es un encuentro con los muertos (se rinde discreto homenaje a figuras como Roberto Rossellini, Jean Cocteau, François Truffaut y Robert Bresson, entre otros), pero el método de trabajo que nos legaron está más vivo que nunca. ¿Qué hizo grande a Godard, pedante amistoso, amante de las citas, pensador del montaje y cineasta excepcional? De entrada, unas condiciones epocales y un grupo de amigos y de profesión que conjugaron sus formas de sentir, y en consecuencia, la expresión cinematográfica encontró nuevas formas de lidiar con el control del rodaje, del equipo y del material. Al final de la Escapada (À bout de souffle), como se resume a la perfección en esta película-tributo, sacudió la historia del cine con la reivindicación más hermosa que jamás se ha hecho sobre la espontaneidad. Como expresa Jean-Paul Belmondo en un momento, se pasó del interpretar a un personaje a hacer como si se interpretara a un personaje. Las calles de París nunca habían lucido tan dinámicas, por las que Belmondo y Jean Seberg imprimieron su huella para la posteridad.
Los cineastas son estudiantes perpetuos, pues cada época aporta respuestas diferentes al interrogante siguiente: ¿cómo se reimprime la vida a través de la imagen, de la palabra y de la hibridación entre ambas? En su película más cinéfila, Linklater lo tiene claro, y si alguien está sensiblemente dotado para desenterrar los fantasmas de la Nueva Ola del cine francés, sin duda es él.
Su compañero de generación Olivier Assayas, con el filme Irma Vep y la ulterior serie televisiva de título homónimo, colonizó el clásico serial de Louis Feuillade desde la premisa de rodar el making-of. En la ficción de Assayas se descubrían intersticios entre los grandes bloques de sentido que usualmente componen las películas, esto es, ¿qué sucede realmente entre toma y toma, cuáles son los misterios laten en esos agujeros negros que el espectador no ve? El director francés buscó entablar una correlación de fuerzas entre lo filmable y lo no filmado, lo visible y lo invisible. En Linklater, por el contrario, el gesto creativo es más inocente, expansivo y juguetón, y la ósmosis entre momentos preparatorios, momentos de acción y momentos del corten, es un verdadero deleite para los sentidos.
En resumidas cuentas, Nouvelle Vague es lo que es y lo que decía que iba a ser. Y eso ya es muchísimo. Hay que agradecerle a Linklater su sentido de la transparencia, de la generosidad y de la afinidad que reconoce respecto a las tramas y los movimientos que le han precedido en el oficio.
Competencia oficial
Nouvelle Vague
Director: Richard Linklater
Guion: Vince Palmo, Michèle Halberstadt, Laetitia Masson, Holly Gent
Fotografía: David Chambille
Diseño de producción: Katia Wyszkop
Edición: Catherine Schwartz
Sonido: Jean Minondo
Francia, 2025, 105 min