FESTIVAL DE LIMA 2025: DENOMINACIÓN DE ORIGEN DE TOMÁS ALZAMORA. COMEDIA Y METAMODERNISMO

FESTIVAL DE LIMA 2025: DENOMINACIÓN DE ORIGEN DE TOMÁS ALZAMORA. COMEDIA Y METAMODERNISMO

Por Benji Porras

A menudo se tiene a la comedia —sobre todo aquella que se reivindica como popular—  como a un género menor cuyo alcance se limita al subrayar lo superficial o contradictorio, y a provocar una risa sin mayor reflexión. Mecanismo que, por otro lado, podemos atribuir a algunas prácticas de la posmodernidad: desmontar estructuras con un gesto cínico y estetizado. Y aunque sobrados ejemplos pueden fundamentar este prejuicio, Denominación de Origen (2025) llega a rincones bastante más ambiciosos. El chileno Tomás Alzamora, construye un falso documental “costumbrista” con una sensibilidad política perspicaz y una valoración diestra de lo provinciano, de lo propio, que dota a la cinta de un potencial transformador.

La película sigue a cuatro vecinos del pueblo de San Carlos, quienes inician un movimiento social para obtener la “denominación de origen” para el producto estrella de su tierra: la longaniza. La Luisa, el tío Lelo, DJ Fuego y el abogado Peñailillo conforman un coro actoral sólido, donde el carisma, donde el ridículo y la ternura conviven sin prejuicios para contar una historia donde la comunidad es el hábitat de la supervivencia. En esa inserción de lo colectivo como valor central, la película se inscribe en la metamodernidad. 

Esta es una corriente filosófica y estética contemporánea que surge como respuesta a la crisis posmoderna: la desorientación, la ausencia de referentes trascendentales, las relaciones líquidas, la relatividad de la verdad, el género, la justicia, etc. En el mundo entero, pero sobre todo en Latinoamérica, ha sido nuestra generación la que ha visto cómo estas grandes narrativas se han desintegrado de forma acelerada. Y esto se extiende al cine, a la televisión y otras expresiones de la cultura. Si la posmodernidad negaba la posibilidad de acceder a un conocimiento objetivo del mundo y de construir las utopías que la modernidad prometió; la metamodernidad viene a “negar” esa negación. Esto no es una vuelta a los esquemas modernos, sino la admisión de horizontes posibles. Así, hace uso de las formas posmodernas, pero rechaza su escepticismo absoluto; y al mismo tiempo no busca una verdad totalizadora pero sí una certeza que movilice.

Denominación de Origen es un ejemplo de esto. Siendo parte de la Competencia Latinoamericana de Ficción del Festival de Cine de Lima, navega con ambigüedad por la no ficción. No porque haya nacido de una noticia real, por la elección del mockumentary o por la mera participación actoral de los vecinos; sino porque a diferencia de otros falsos documentales de corte posmoderno, acá no hay un gesto reiterado para identificar la parte ficcional de la cinta. Al contrario, hay dudas sobre si los bordes no se difuminaron y estamos viendo un auténtico registro de la realidad. Esto no debe confundirse con el apego a una “estética realista” del documental moderno. Existen pasajes en los que posan frente a cámara a modo de videoclip, en los que existe una animación,  una performance, pero estas quedan evidenciadas como tal. Esta hibridación de géneros podría sugerir que en realidad hay una inscripción en lo que Adrian Martin llama Cinema Pop, pero una vez más, el metraje va más allá. 

La película no se fascina con el exceso, la referencia o el pastiche. Juega con ellos para devolverles un horizonte moral: lo provinciano, lo nuestro, lo que compartimos. Entonces la presentación de “el hoyo del alcalde” como lugar turístico —que es un pequeño anfiteatro— pasa de ser un comentario irónico a un punto de unión común con los espectadores que ven en esa infraestructura mínima los propios orgullos de sus provincias. En esa oscilación entre los códigos posmodernos y la búsqueda genuina de una verdad, este filme se constituye metamoderno. 

El tratamiento de los personajes puede sumarse como prueba de la búsqueda de una escritura superadora. Hablo específicamente de Luisa, que siendo una señora trans, su arco no está definido por la identidad de género. No se constituye como un factor que agencie sobre el relato. Y lejos de sentirse como la invisibilización de un conflicto, uno intuye que es desde esta alteridad que Luisa encuentra un refugio en la relación con el grupo. Pero esta no deja de ser una razón más, como la de los otros protagonistas, pudiendo compartir con ellos desde una horizontalidad que suma a la representación de personas trans en el cine.

Ese potencial transformador queda manifiesto en el tercer acto. Cuando están por conseguir la denominación de origen y el resto del gremio de longanizeros decide dar vuelta atrás por intereses individuales con una palabra muy significativa para el contexto político chileno: “rechazo”. Con esta palabra se descartó la constitución redactada después del estallido social del 2019.  Y con esta misma palabra vemos cómo el propósito que persiguieron toda la película queda deshecho. Sin embargo, lejos del nihilismo y la crítica paralizante, en la siguiente secuencia vemos a Luisa, DJ Fuego y Peñailillo visitar la tumba del tío Lelo para luego ir a pintar las paredes de un cuarto oscuro y viejo donde comenzarán su nuevo proyecto: el museo de Los Ángeles Negros, el mítico grupo musical orgullo de San Carlos. Ese camino después del fracaso no solo termina de colocar al filme en el metamodernismo, sino que corona una comedia excepcional donde la longaniza, el hoyo y los Ángeles Negros son motivos para que lo colectivo sea una instancia de salvación. 

Competencia Latinoamericana de Ficción
Denominación de origen
Dirección: Tomás Alzamora Muñoz
Guion: Tomás Alzamora Muñoz y Javier Salinas
Fotografía: Sergio Armstrong
Edición: Nicolás Venegas, Tomás Alzamora Muñoz y Valeria Hernández
Sonido: Peter Rosenthal
Música: Martín Schlotfeldt
Producción: Nicolás Oyarce
Reparto: Luisa Marabolí, Exequías Inostroza, Alexis Marín, Roberto Betancourt
Chile, 2025, 85 min