LIMA DOCS 2025: COMPETENCIA JOVEN

LIMA DOCS 2025: COMPETENCIA JOVEN

Por Benji Porras

En la primera edición de LIMA DOCS, Festival de Cine Documental, realizado en Lima, compitieron nueve obras en la categoría Competencia Joven. Aunque encontramos obras que flaquean por su literalidad periodística o su poca investigación, y otras que tienen un mejor desarrollo, nos detenemos en estos tres cortometrajes que destacan por su propuesta formal o sensibilidad temática.

Tradiciones Cruzadas (2023), de Farid Hoyos, utiliza la entrevista como herramienta principal para mostrar la vida de mujeres shipibo en Cantagallo, una comunidad formada por familias migrantes provenientes de la Amazonía peruana, que enfrentan condiciones de precarización en Lima. Aunque el testimonio frente a cámara es un recurso clásico que fácilmente puede caer en lo impersonal, la película es consciente de esta limitante y la supera utilizando la repetición. Primero, a través de una fórmula que en sí misma es significativa: la presentación de cada mujer con su nombre en español y su nombre shipibo. Y segundo, con el contenido muy parecido de cada historia “Vine en tal año a vender mis artesanías para ayudar a mi familia”, “Quiero mantener mi cultura viva”, “Nos discriminan personas que vienen de otras provincias”. Esta redundancia funciona como una especie de anáfora que nos hace tomar conciencia de los problemas estructurales que atraviesan. Como si fuese el patrón de un tejido, observamos el entramado formado por culturas que, efectivamente, se cruzan en la vida del migrante.

Latencia (2023), de Carola Pereda, Elmer Chacpi y Franklin Gutierrez, es un documental no narrativo que se sostiene con habilidad en el montaje y el sonido. Durante los casi cuatro minutos de duración, se intercalan imágenes bucólicas de la naturaleza con fragmentos en blanco y negro, donde el paisaje está claramente dañado y los animales son cadáveres destripados. La transición entre ambos estados está mediada por una distorsión visual y auditiva que no deja de conmover cada vez que aparece. Sin embargo, una escena que se repite en dos ocasiones disminuye la efectividad de esta propuesta. Es una toma del horizonte en un atardecer, donde dos siluetas humanas “pelean”. Y subrayo “pelean” porque la actuación, aún siendo física, es tan poco creíble que te expulsa de la atmósfera que hasta ese momento había construido muy bien. Este efecto se refuerza al estar rodeado de imágenes que han sido capturadas en una lógica opuesta a lo actuado: montañas, plantas, animales, riachuelos, desiertos. Hay un uso formidable del ritmo con una sola falla que le cuesta mucho a la película.

Rosita (2025) de Gabriel Díaz, retrata a una mujer con discapacidad y que vive sola en el medio del campo, alejada de toda compañía humana. Tiene dedos totalmente rígidos y atrofiados, y solo dos dientes visibles en la parte superior. Con una voz infantil, cuenta que tuvo una niñez rodeada de hermanos y que su padre fue su último compañero hasta que murió hace unos años. El documental no aborda qué enfermedad tiene, ni cómo se las ingenia para realizar sus tareas diarias, ni cómo se mantiene económicamente. Ella habla de la felicidad que le da tener compañía en este momento, de cómo eran sus hermanos y de lo mal que se siente estando sola. Pero sus palabras son inentendibles la mayor parte del metraje. Y lejos de ser un obstáculo, esta aglomeración de sonidos se convierten en una especie de canto, llenos de intención, de sentido, de vida. Mientras la escuchamos tenemos planos que fragmentan su cuerpo y otros tantos contemplativos del lavadero, la lluvia y el campo, grabados con lo que parece un celular y efectuando algunos movimientos de cámara atropellados. Esta puesta en escena dota de intimismo y rudeza el testimonio de Rosita. Sin embargo, la introducción de su voz en algunos momentos se hace sin ningún tipo de puente, marcando un contraste muy brusco entre el sonido de la escena y la voz en off de la protagonista. En estos casos, la voz parece extraerse de un audio enviado por celular, ya que la mala calidad es notoria, pero sobre todo se hace molesto por introducirse en las escenas sin ningún tipo de matiz sonoro. Es intencional, pero no funciona como un dispositivo de distanciamiento, sino como un elemento que intenta añadir aspereza y sale mal. Aún con este error, Rosita es la mejor pieza de esta selección, documentando la visita a una mujer abandonada como una testimonio sensorial de crudeza y ternura. 

Cabe una mención especial para Cartas de Marcelo y Luke (2024) de Marcelo Novoa, un acercamiento sensible al vínculo entre el director y su amigo. Vemos como la amistad es retomada luego de un episodio que los separó: la internación de Luke. Este hecho causó un distanciamiento traumático que ahora subsanan con torpeza y un afecto que escapa de los estereotipos de masculinidad distante y brusca. Los encuadres y la edición son hábiles para dejar fuera algunas reacciones o explicaciones claras sobre pasajes de su relación, instalando así una tensión romántica que puede no existir entre los protagonistas pero que se insinúa al espectador, manteniéndolo atento hasta la última toma.