
Por Mónica Delgado
Los primeros minutos de Los días libres (Days Off, Argentina, 2026) de la cineasta argentina Lucila Mariani podrían anticipar una estética que evoca un tipo de cine estadounidense independiente, que oscila entre los universos femeninos de algunos films de Sofia Coppola o Jeniffer Reeder, con recursos elípticos, un trabajo fotográfico que emula las texturas que produce el reflejo del neón y el uso de una banda sonora de dream pop con ecos shoegazing, sin embargo, para alivio nuestro, es una película que pese a esas reminiscencias sabe convocar un propio universo, basado en teorías difundidas como creepypasta y nuevos imaginarios millennials.
La debutante Lucila Mariani plasma no una historia sino una obra sobre la sensibilidad de Bego (encarnada por Antonia Robolini), una adolescente de doce años, que vive algo obsesionada con la puesta en práctica del Reality Shifting (RS), una creencia difundida principalmente en redes sociales (TikTok, Reddit, YouTube, etc.), que brinda instrucciones para que las personas puedan entrar a un estado entre el sueño y la vigilia, hacia una “realidad deseada” (desired reality o DR). Toda la información que recibe Bego viene de algunos “en vivo” y mensajes que le llegan a su computadora. Mediante diversos videos de Tik Tok, ve en tiempo real como otras personas, adolescentes como ella, ponen en práctica el shifting. Este inicio marca la ruta del deseo del personaje: hará todo lo posible por adquirir un kit, que contiene implementos que ayudan a las personas a acceder a esta realidad imaginada, que surge del mismo imaginario de cada “deseante”. Bego vive con sus padres (interpretados por Laura Paredes y Guillermo Berthold), quienes están en el limbo laboral, y que pese a esos dilemas económicos, buscan que ella salga de casa y pase el tiempo con sus amigas, a quienes no soporta, durante las vacaciones.
Presentada en la sección Cineasti del Presente del reciente Festival de Cine de Locarno, Los días libres plantea sobre todo atmósferas del ocio y angustia de su protagonista. Pocos diálogos y situaciones diversas del mundo de fantasía van plasmando la interioridad de la protagonista, quien es mostrada desde esta necesidad de acceder al shifting. Así, la película de Mariani se inscribe dentro de un tipo de cine sobre la angst adolescente, pero lo hace desplazando el conflicto desde los territorios más reconocibles de la rebeldía, la sexualidad o la confrontación familiar (propios del lugar común de decenas de coming of age) hacia una zona más contemporánea: la imposibilidad de los jóvenes de habitar la realidad inmediata. Bego no parece buscar simplemente escapar de sus amigas que ejercen bullying o del tedio de las vacaciones, sino que intenta experimentar otra forma de existencia que encaje en su propia sensibilidad. Por ello, el shifting funciona como una manifestación de una angustia propia de esta edad, una de caracter existencial: la sensación de que el mundo disponible resulta insuficiente, como si se tratara de una náusea, y de que es necesario inventar y acceder a otro para poder soportarlo. La habitación, la laptop, las transmisiones en vivo (con ecos cronenbergianos incluso) y los intercambios digitales adquieren entonces una dimensión afectiva: espacios de tránsito entre aquello que Bego es y aquello que imagina que podría llegar a ser.
La película de Mariani logra transmitir la incomodidad con el presente. Y allí asoma la premisa más relevante del film (y que se aleja de la simple denominación del comig of age): No hay aquí transformación alguna, solo el descubrimiento de que ese mundo alterno no existe. Así la adolescencia asoma como un estado de suspensión: la joven protagonista no dispone de las herramientas para transformar aquello que la incomoda, y allí la “realidad deseada” deja de ser una fantasía tecnológica para convertirse en la materia de esa angustia. Esta se confirma en la hiperabundancia de mundos alternativos (o multiversos) que el Internet pone a un click y que al final de cuentas no llegan a saciar. Por ello, el shifting desde la mirada de Mariani es propuesta como síntoma de una época en la que imaginar otra realidad solo puede ser una extensión del sueño, en un acto de imaginación. Por ello, deviene en fantasía pesimista y crítica sensible de una generación.
Los días libres es, ante todo, una obra de atmósferas, de climas sobre esta sensación problemática de ubicuidad que tiene Bego, afianzada por los temas compuestos por Punto y Pacífico (proyecto de Francisco Zuleta). Es una obra sobre el espacio (en otra suerte de backrooms mentales o psicológicos), que deja entrever la trastienda de la angustia juvenil femenina en tiempos de streaming y realismo capitalista: imaginar otra realidad solo es posible si es privada, individual y ficcional, aquella contenida en la soledad de una habitación.
Sección: Cineasti del Presente
Los días libres
Dirección y guion: Lucila Mariani
Fotografía: Victoria Pereda
Edición: Maximiliano Passarelli
Sonido: Gaspar Schauer
Mezcla de sonido: Diego Martínez
Musica: Punto y Pacífico
Dirección de arte: Richard Tavares, Santino Mondini
Casting: Jenni Merla
Productora: Paula Zyngierman
Coproductores: Tathiani Sacilotto, António Ferreira, Jessica Luz, Andrea Toca, Mario Savino, Rafael Ley, Camila Misas, Alvaro Martinez, Sebastián Torres Greene, Paola Wink, Leandro Listorti
Productora ejecutiva: Paula Zyngierman, Paula Bernades, Tathiani Sacilotto, Jessica Luz, Natasha Ferla, António Ferreira
Productora de línea: Paula Bernades
Productora asociada: Violeta Kreimer, Valentina Merli, Dámaris Rendón
Reparto: Antonia Robolini, Laura Paredes, Luiza Quinteiro, Guillermo Berthold
Argentina, Brasil, México, Francia, 2026, 84 min