
Por Mónica Delgado
Los primeros minutos de Nuestra tierra, el celebrado documental de Lucrecia Martel, inserta una cuota de duda. Hay un contrato con el espectador para aceptar la mirada divina, que además irá apareciendo en varios pasajes posteriores de la película. Este punto de vista de Dios (ese ente supremo que todo lo ve) aparece desde planos cenitales, en estos minutos, por fuera de la tierra, mientras vemos a unos astronautas trabajar en alguna misión. La tierra es un objeto observable desde la distancia, donde su condición de planeta es evidente. Partir desde esta lejanía tiene una función que se aferra a la intención del título: no estamos situados en la idea del territorio, de la tierra en sí como espacio geográfico de pertenencia específica, sino desde una diferenciación ontológica. Esta tierra, esta que Lucrecia nos dice que es nuestra desde la mirada de Dios, se plantea desde una concepción universalizadora. Y en esa totalidad suceden cosas, evidentemente, tanto guerras, invasiones, masacres, como actos de solidaridad o fuentes diversas de humanidad y armonía. Desde la estratósfera, este punto de partida se enlaza con la idea de que desde este paisaje celeste, donde la tierra en su enorme esferidad también puede cobijar lo mundano, lo pequeño, aquello desde allí imperceptible, que sucede en algún lugar de Tucumán, Teherán, Gaza o Puno. La cuota de duda asoma en esa decisión: ¿por qué comenzar con universalizar un caso que tiene sus particularidades en un arraigado colonialismo y racismo residuos colosales de otros tiempos?
Me he preguntado varias veces por la elección de este inicio. Es una decisión política y estética. Martel parece oscilar entre la distinción entre tierra como territorio y Tierra como planeta, así que lo que desarrolla a lo largo del film es una tesis sobre ese desplazamiento. Martel deshace este lugar del inicio para aceptar la idea de la tierra como espacio socialmente organizado y políticamente disputado, lejos de verla como una entidad biofísica única. Con esta decisión, Martel propone una ruptura con esta lejanía y nos envía a un aterrizaje. A partir del sonado caso del asesinato del líder comunitario e indígena Javier Chocobar, la cineasta argentina emprende una reconstrucción de los hechos desde los elementos clásicos del cine de juicios, como si el espectador del planeta universal tuviera que detenerse en una realidad que aún ocurre más allá de las estelas celestiales, donde no hay ruido y solo una aparente paz que quizás solo aprecien los astronautas.
En Nuestra tierra, como lo exije el relato, están las dos partes enfrentadas (la comunidad de Chuschagasta) y los dos acusados (un minero y un hacendado), está el poder judicial, los fiscales y abogados, y está la mirada de los espectadores a la expectativa del desenlace del juicio. Y aquí otro elemento interesante; por un lado, Martel describe los hechos para un espectador que no conoce nada del caso, a tal punto que el desenlace, la lectura de la sentencia está planteada para ser una sorpresa (pese a que en nuestro continente, sobre todo en países andinos, fue un caso mediático), lo que pone en evidencia para quién se narra. Y por otro, resulta interesante la claridad del lugar de enunciación desde donde parte la cineasta, quien no es indígena, no es activista y no es parte de la comunidad. Es una claridad que se saluda, también debido al guion trabajado por la misma Martel y la cineasta María Alché, puesto que encaja en algunas posiciones que ya se habían declarado en la conferencia del estreno mundial en Venecia: “las mujeres hablan solo de mujeres, los hombres de hombres y los pueblos indígenas sólo de sí mismos (…). El cine entró en zona de impotencia. Es indispensable asumir el riesgo de conversar con los otros y cometer errores en esa conversación”. O como dijera en una entrevista al medio Cineuropa: “Nuestra tierra es una película dirigida por mí, en la que decidí el montaje y el sonido. No debe haber malentendidos: no es la voz de la comunidad. Eso habría sido muy irresponsable por mi parte. La responsabilidad recae en mí: cuando digo que esos hombres son asesinos, no quiero que la gente piense que es la comunidad la que dice eso”. Si bien no se percibe el riesgo en este proyecto que tomó más de catorce años de investigación, ya que se trata de un documental que puede parecer convencional, sí se percibe la concreción ante la interrogante de cómo aparece la cineasta dentro de la narrativa. Martel elige los márgenes dentro de los puntos de vista que gobiernan el film (hay pasajes donde una mujer en voz en off asume la posición de los Chuschagasta), pero ante todo, a través del uso del drone, de estos planos aéreos, cenitales, como la mirada de Dios, que Martel asume una poética en torno a este desplazamiento espacial, que asumimos como su marca y visión autoral. Esa claridad se traduce en la conciencia de ser la extranjera que se interesa por la urgencia de la justicia, desde ese derecho que da la universalidad, el derecho que da afirmar que estamos en “nuestra tierra”, en toda esta tierra.
Cuando Martel abandona esta mirada desde lo estratosférico, nos propone ver al territorio como un entorno apropiado, organizado y dotado de significado por actores sociales, pero que no viven en una convivencia pacífica, sino que están en total tensión desde hace siglos. Así que la película nos ubica en la noción de tierra como territorio desde donde se desprenden disputas por la soberanía estatal, la propiedad o las reclamaciones territoriales de pueblos indígenas o comunidades locales y donde el asesinato de Chocobar es una prueba de este sistema de exclusión e invisibilización en un país que no se asume también indígena. Sin embargo, si bien el film se sitúa en este plano de tensión social, de cariz colonial y racista, los ecos del inicio, remiten a este modelo global y de explicaciones universalizables. Para romper totalmente con esta visión inicial, esta mirada de Dios que ya no tiene esta raigambre de imágenes científicas (la NASA reloaded), es asumida por esta voz en off femenina (el pensamiento ancestral) que de la mano de imágenes sublimadas del territorio (los travellings hacia delante o registros panorámicos con drone) permite agregar a las cosmovisiones indígenas que consideran a la tierra como una entidad viva con la cual los humanos mantienen relaciones de reciprocidad y responsabilidad. Esta visión tiende a concebir la tierra como una red relacional que conecta el espacio local con una totalidad más amplia, lo que dificulta separar analíticamente el territorio del planeta. Con ello, el inicio del film podría quedar justificado en su distancia cósmica, aunque se percibe aún el juego retórico o la filiación, por qué no, divina o cristiana donde todos somos hermanxs.
Considerando el compromiso político de Martel al hacer este film, que no está en el documental en sí, aunque al final de cuentas es una obra de parte, con clara posición antiimperialista y anticolonial, Nuestra tierra responde a una urgencia que recurre a un desplazamiento visual y conceptual que va desde la Tierra como totalidad abstracta al territorio de Tucumán, de los Chuschagasta, pueblo históricamente ignorado, como espacio en disputa. El inicio cósmico instala una mirada universal que parece borrar diferencias, sin embargo esta premisa inicial es progresivamente desmontada al “descender” (quizás allí una lectura problemática) hacia la materialidad política del territorio y el caso del asesinato de Chocobar. En ese tránsito, la película revela que aquello que desde lejos parece homogéneo está atravesado por violencias coloniales persistentes. Al incorporar la cosmovisión indígena, Martel complejiza la dicotomía entre planeta y territorio, proponiendo una concepción relacional de la tierra que rearticula lo local con una totalidad viva que aún sigue siendo incompresible para muchos en la tierra de Milei.
Dirección: Lucrecia Martel
Guion: Lucrecia Martel, María Alché
Fotografía: Ernesto de Carvalho
Edición: Jerónimo Pérez Rioja, Miguel Schverdfinger
Diseño sonoro: Guido Berenblum, Manuel de Andrés
Música: Alfonso Olguín
Productores: Benjamín Domenech, Santiago Galelli, Matías Roveda, Joslyn Barnes, Julio Chavezmontes, Sandrine Dumas, Marie-Pierre Macia, Claire Gadéa, Leontine Petit, Erik Glijnis, Katrin Pors, Mikkel Jersin
Argentina, 2025, 122 min