
Por Benji Porras
Hoy en el Perú, y en parte de Latinoamérica, existe un desmantelamiento de lo que un día, con demasiado optimismo, llamamos democracia. En nuestro país los responsables ya han capturado universidades, al tribunal constitucional, fiscalías, medios de comunicación, etc.; y este año han golpeado al cine nacional con una ley que desfinancia y busca censurar películas incómodas para el régimen. El llamado “pacto mafioso” comparte en su mayoría un discurso reaccionario capaz de llamar terrorista a cualquier crítico o enfermo a cualquier ciudadano no heterosexual. Y su impunidad ha instalado un clima de renovada hegemonía en el que los festivales de cine encuentran cada vez más obstáculos para su realización. En este contexto llega el 22° Festival de Cine LGBT+ Outfest Perú que, según su director Rolando Salazar, ha perdido el apoyo de muchas marcas que han decidido cortar todo financiamiento y soporte logístico. Más allá de la calidad de las películas, que en ediciones anteriores ha sido floja y que este año toca seguir criticando con honestidad, es necesario no perder de vista el entorno adverso en el que ellas se producen y se ponen en circulación, y la resistencia con la que se sigue apostando por este arte.
El Outfest tuvo como película inaugural al film peruano Pucallpa la Europea (2025), ópera prima de Santi Zegarra. El largometraje sigue a Elsa (Melisa Campos), una mujer trans nacida en la selva peruana que regresa al país tras ser deportada desde Francia. La cinta intenta conjugar dos universos: Uno íntimo, donde Elsa se ve envuelta en un triángulo amoroso con un ingeniero francés, Aymeric (Maxime Saint-Jean), y su esposa argentina, Yena (Gabriela Pastor). Y otro, político, en donde la protagonista y sus amigas (Javiera Arnillas y La Uchulú) son acechadas por la violencia transfóbica. En esa búsqueda, el film plantea ideas prometedoras de puesta en escena que, lamentablemente, no sabe redondear y terminan por formar una colección de recursos inconsistentes.
Cuando inicia, la cinta tiene claro lo que quiere ser y lo manifiesta desde la primera escena. Vemos el rostro de Elsa reflejado en la ventana de un avión mientras ve Lima de noche. Este dispositivo que superpone la identidad y la ciudad se sostiene a lo largo de la película, aunque perdiendo organicidad a medida que avanza. El momento de mayor agilidad se alcanza con un paralelismo separado por varios minutos y escenas: cuando vemos a la protagonista restregándose coreográficamente contra el piso de su habitación, pidiendo “un macho” a la pachamama y siendo enmarcada por la luz amarilla de los postes de la calle; y cuando más tarde, después de ver a Elsa, Aymeric hace estiramientos en su terraza, enrareciéndolos hasta retorcerse con la ciudad de fondo. De esta forma, la sexualidad de ambos no solo está contenida en sus cuerpos sino también ligada necesariamente al espacio donde habitan. No obstante, la naturalidad con la que se introduce al entorno como condicionante de la identidad se va perdiendo; especialmente en la trama de las amigas donde, por momentos, la artificialidad se hace notoria y el film va adquiriendo un registro distinto hasta el punto de parecer otra película.
En la misma línea, Zegarra introduce de manera atractiva otro elemento que se irá desdibujando: lo extranjero. Lo que claramente puede verse como una exigencia de la coproducción con Francia (el protagónico de Saint-Jean, que se hable en tres idiomas y la presencia argentina) es aprovechado por el director para sugerir que lo colonial está presente en la formación del deseo. Desde una caracterización muy obvia de Aymeric como aficionado coleccionista de arte amazónico, hasta el uso del idioma que marca las distintas relaciones entre los protagonistas, llegando a hablar español, inglés y francés en una misma escena y siendo problemático para alguno de los integrantes del triángulo amoroso. Incluso, se llega a problematizar las diferencias dentro del mismo sur global, con un fundido lento que nos lleva del tango a un flashback en Pucallpa. Sin embargo, esta potencia, que el mismo título coloca como central, se diluye en recursos que no se retoman, no se profundizan o, en el peor de los casos, se traicionan. Lo último sucede cuando, hacia el final, Elsa y Aymeric, cada uno por su cuenta, terminan en Pucallpa. Ella para reencontrarse con su abuela y él para tomar ayahuasca. Primero, la incorporación de la selva como elemento central de lo ritual y lo místico ya es cuestionable. Parece un dispositivo pensado por el mismo francés. Y segundo, la edición de esta secuencia parece atentar contra todo lo construido antes. Con un montaje paralelo vemos como el rostro de Elsa es pintado por su abuela (un símbolo de pertenencia a su cultura) y cómo Aymeric está siendo preparado para tomar ayahuasca y “sanar sus demonios”. Entre constantes fundidos vemos avanzar a ambos por la selva, en un estado de trance, hasta encontrarse desnudos debajo de una cascada. De esta forma, tan romántica y sin mediación que lo justifique, la película equipara al personaje que nos presentó como machista y colonialista, con la protagonista víctima de esas estructuras. Una condescendencia artificiosa.
Podemos rescatar una fotografía que juega hábilmente con el claroscuro, las actuaciones de Melisa Campos, con un rostro que enamora a la cámara; Javiera Arnillas, con una interpretación sólida, y Etza Reátegui Wong, La Uchulú, que tiene un debut con sobresaltos pero prometedor.
Zegarra tiene ideas interesantes para hablar de la actualidad violenta en la que vivimos, pero no las sostiene. En el camino va esparciendo recursos del terror, suspenso y marchas políticas sin saber cómo articularlas. En consecuencia, parece ser un texto al que le han suprimido partes y cuyo resultado es decepcionante por su incoherencia.
Dirección: Santi Zegarra
Directora de Arte: Teresa Hurtado Escobar
Productor: Andrés Malatesta
Intérpretes: Melisa Campos, Maxime Saint-Jean, Gabriela Pastor, Javiera Arnillas, Etza Reátegui Wong “La Uchulú”