
Por Mónica Delgado
En el reciente film del cineasta mexicano David Pablos, estrenado en la sección Orizzonti de Venecia, hay bastante de lo que siempre se ha criticado como motivos exotizantes del cine latinoamericano utilizados al gusto del público europeo de los festivales (sobre todo programadores, jurados, curadores, coordinadores de laboratorios, publicistas, etc.): narcos y violencia. En esta película hay mucho neón y brillantina para graficar el lado sublimado de las noches en bares gays de carretera, hay narcos omnipotentes buscando mancebos, hay torturas como cuota necesaria del cine de la crueldad y hay una visión que roza lo sórdido, muy a la manera de las tragedias sobre la pobreza imaginadas por Arturo Ripstein, en esa mezcla extraña de amor y miseria humana. Sin embargo, pese a esas recurrencias argumentales y estéticas, hay algo de osadía en este film sobre las masculinidades y la homosexualidad en el entorno macho del narcotráfico, campo manido (y minado) de decenas producciones mexicanas.
En el camino es un film sobre el encuentro de dos personajes solitarios. El protagonista es Veneno (Víctor Prieto), un joven trabajador sexual en cantinas de carretera del norte de México, y que también se recursea vendiendo cocaína a camioneros. En un bar conoce a Muñeco (Osvaldo Sanchez), un camionero casado y con hijos, a quien le pide ser su acompañante en el camión. Poco a poco la tensión entre ambos sujetos se va soltando a punta de diálogos que van aclarando el pasado de uno de ellos: la relación con el mundo del narcotráfico, el proxenetismo, la prostitución masculina y el sicariato. Muñeco ve peligrar su tranquilidad como simple camionero, debido al pasado y presente de su acompañante, sin embargo ve en este nuevo vínculo con Veneno una oportunidad para el autoconocimiento y el amorío gay.
En el plano formal, como suele pasar con otros films en torno a este mundo, en En el camino se recurre a un estilo visual recargado, que combina la ostentación con la violencia. Los escenarios transitan desde la desnudez del desierto hasta el barroco de bares y mansiones lujosas, cuerpos perfectos, fiestas y orgías excesivas, explorados desde ralentis y estética de videoclip. El uso de colores intensos y contrastes marcados en la fotografía de Ximena Amann, y música regional -particularmente cumbias de amor- funciona como un refuerzo audiovisual del poder y la extravagancia de estos personajes. Mientras que en el plano argumental, el relato tiende a estructurarse en torno al ascenso y caída del protagonista, desde su papel dentro de masculinidades subordinadas que existen en tensión ante la violencia patriarcal del narco tradicional. Es decir, si bien Pablos parte de la filiación entre estos dos personajes que se enamoran, el trasfondo cobra relevancia, no como tema social o político, sino como una oportunidad para explayar planos para la experimentación visual, a punta de cámaras lentas como una manera de extender las miradas sobre los cuerpos de los jóvenes al servicio de los magnates de la droga.
La corporalidad de los personajes, su vestimenta y gestos, así como la musicalización, pueden resaltar una tensión entre la violencia del mundo criminal y las formas de expresividad queer, generando un contraste que problematiza la idea del narco como un hombre exclusivamente heterosexual y brutal. Pero esta construcción del narco gay desde la mirada de Veneno como subordinado, solo extiende una mecánica más de su poder y vileza. Por ello, el narco gay representa una transgresión doble y cínica: no solo desafía la ley y el orden social de un mundo de machos, sino también las normas de género y sexualidad dentro de un mundo hipermasculinizado. Sin embargo, estas normas solo funcionan desde el ocultamiento y la represión, o como un elemento de poder y diferenciación frente a otros capos o ante personas precarizadas como Veneno.
La osadía a la que me refería no está en la puesta en escena o recursos expresivos para abordar el film, sino en la inclusión de una variante del universo queer con relación a la violencia de un narcoestado (y que puede ser discutible). En este film de Pablos, ser gay no es el “problema”, porque los narcos lo son libres en su ostentación y privilegios anárquicos, sino que la condena está en ser gay, pobre y por decidir sobre los propios cuerpos; donde el destino lo eligen estos “empresarios” que encuentran en estos jóvenes en precariedad otra forma de sometimiento físico y sexual. Si bien pareciera que en el film se les victimiza por su orientación, el cuestionamiento es a un tipo de precariedad económica y exclusión social. El conflicto central se articula en torno a las decisiones que deben tomar para sobrevivir: aceptar empleos mal pagados, involucrarse en actividades ilícitas o luchar contra la invisibilidad que los condena al margen. La tensión no radica en el surgimiento del amor en un mundo de machos, sino del poder en un entorno donde otros deciden quiénes pueden lucrar y ejercer su sexualidad. La homosexualidad, en este caso, es mostrada como una dimensión de las identidades tan legítima como cualquier otra, donde los narcos eligen en un mercado de cuerpos y voluntades, mientras que la pobreza aparece como el verdadero obstáculo. Y como pasa con Las elegidas (2015), film previo de Pablos sobre el comercio sexual y la trata de mujeres, En el camino también se construye un relato pesimista, donde los personajes no encuentran una redención.
Sección Orizzonti
Dirección: David Pablos
Guion: David Pablos
Fotografía: Ximena Amann
Editores: Jonathan Pellicer, Paulina del Paso
Diseño de producción: Felipe Criado
Música: Andrea Balency-Béarn
Sonido: Miguel Mata, Olivier Laurent, Laurent Chassaigne
Efectos visuales: Jorge Palma
Reparto: Victor Prieto, Osvaldo Sanchez
México, 2025, 93 min