SAN SEBASTIÁN 2018: EL REINO, ROJO, MIRAI, ALPHA THE RIGHT TO KILL

This entry was posted on September 24th, 2018

El reino

Por David S. Blanco

Continua la segunda jornada del festival de cine de San Sebastián con algunas decepciones y una gran joya. El Reino, de Rodrigo Sorogoyen, apunta muy alto en este palmarés.
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Regresaba a San Sebastián uno de los directores más notables de 2016, Rodrigo Sorogoyen, el que ya hizo brillar la competición en 2016 con su fantástica Que Dios nos perdone. Dos años despues, parece que la evolución en su carrera va encaminada hacia un thriller tragicómico y ambientado en las cloacas del estado español. Porque El Reino es eso, un ejercicio de buceo por la corrupción desde el punto de vista de sus protagonistas, un peligroso punto de vista que sitúa al espectador en una posición moral más que comprometida.

Sorogoyen, apoyado en la ayuda del guion coescrito junto a Isabel Peña, escoge elementos reales y los deforma bajo nombres falsos y situaciones esperpénticas, para firmar un brillante ejercicio fílmico. Como ya vimos en su anterior película, vuelve a utilizar los grandes angulares como eje de su historia, una de egos desmedidos y poder, en la que la realidad se desdibuja y distorsiona , y rara vez sitúa esos angulares a la altura de los ojos de los protagonistas, manteniendo cierta distancia respecto al espectador. Con una cámara en mano que respira el ascenso y caída de los miembros del partido ficticio, consigue dar una visión instantánea y tensa de la trama, sin descuidar elementos como un diseño de sonido atronador, un ritmo frenético en montaje, y una gran variedad de recursos en la fotografía, que puede virar de lo más tosco y oscuro a la belleza más inofensiva. Sin duda, una joya del cine español, cuyo mensaje y forma se aúnan de forma sólida y coherente.

Rojo

Rojo de Benjamin Naishat 

Uno de los valores más interesantes del cine argentino, aparecía en la competición para regalarnos una de esas películas que tanto triunfan en festivales, pero que tan poca acogida suelen tener en salas. En esta ocasión, Naishat nos lleva a los años 70 en una cinta de muerte, violencia y tempo pausado. Porque Rojo es de esas películas que se gustan a si mismas en la terreno de la contemplación, con larguísimos planos sin acción, con personajes de miradas profundas y acciones desmedidas. Como camuflado en una especie de Tarantino importado, nos regala un cúmulo de situaciones cada una más artificial que la otra, pero dotadas de una coherencia en la planificación que le da una solidez difícilmente criticable, mas allá de los gustos del espectador. Con los míos, desde luego, no comulga mucho, y me quedo con la sensación de estar ante un producto correcto, pero que me deja terriblemente frío. Típica cinta que acaba llevándose algún premio.

Mirai

Mirai, de Mamoru Hosoda

Tenía ganas del retorno de Hosoda, no os voy a engañar. Su paso por la competición en 2015 con El niño y la bestia, me regaló uno de los animes que más he disfrutado en los últimos años. Pero aquí, he de decir que me he llevado una gran decepción.

Porque Hosoda hipoteca la historia a un insoportable niño con el que es difícil -por no decir imposible- empatizar. El punto de vista de la historia es un problema capital, y las excursiones argumentales que se permite de vez en cuando, no ayudan nada tampoco. Porque la historia, pese a plantear un bello juego atemporal sobre el valor de la familia y cada pequeña casualidad que te ha llevado a formar parte de ella, se pierde en las banalidades del día a día durante demasiado tiempo.Y claro, cuando llega la hora de la verdad, con unos últimos veinte minutos fantásticos, ya no es suficiente. La película da muestras de una falta de originalidad preocupante en algunos tramos, y todo el contexto que precede a la obra se ha convertido en un extraño pastiche, algo realmente triste, porque da la impresión que el autor tenía una gran idea entre manos, y ha compuesto los dos primeros tercios de película para llevarla a cabo. Y eso, se acaba notando.

Alpha, the right to kill

Alpha, the right to kill, de Brillante Mendoza
Y terminamos el día con Brillante Mendoza haciendo lo que mejor sabe hacer, retratar la miseria de su país, pero esta vez centrando el foco en una de las manzanas podridas del sistema policial. Mendoza nos presenta un thriller sobre el mundo del tráfico de drogas a pequeña escala en su Filipinas natal, con diversos juegos morales, extorsiones y corrupción interna. El problema de la película reside en la simpleza de su planificación y puesta en escena en general. Mendoza se limita a acompañar a sus protagonistas cámara en mano, pero sin ningún tipo de profundidad. Como si de un documental torpe se tratase, la historia parece no seguir ningún esquema personal, y uno tiene la sensación de deja vu constante, como de el que quiere hacer una de Hollywood pero ambientada en su propio país. Y de nuevo, se crea un pastiche extraño en el que el espectador va siempre dos pasos por delante y pidiendo la hora pese a ser una película de 90 minutos. Un poco cansado ya de esta fórmula.