
Por Mónica Delgado
A diferencia de algunos films denominados autorreferenciales, donde la voz protagónica del cineasta tamiza toda la perspectiva íntima desde una subjetividad que se suele interpelarse así misma en esos vericuetos de lo familiar y sus secretos, en La vida que vendrá, la documentalista chilena Karin Cuyul establece un diálogo con las imágenes pero desde su plano ontológico y político. Presentada dentro de la sección Horizontes de la 20° Mostra Internacional de Cinema de Belo Horizonte, este documental de archivo, donde la realizadora nos orienta sobre cómo percibir esas imágenes de los tiempos políticos de su país de los últimos cincuenta años, propone una interioridad desde la disconformidad y desazón que discute diversas posiciones políticas desde los vestigios fílmicos y de video analógico, compartidos como parte de una memoria de las luchas hoy irrepetible.
El documento que propone Cuyul recupera estos sucesos que ya han sido cubiertos por algunos films chilenos de las últimas décadas, que pasan por los trabajos de Ignacio Agüero o MAFI, sin embargo, su compilación de archivos no pasa solo por mostrar un artefacto de edición y resignificación histórica a la luz de los tiempos actuales (de lo que significa Katz en el gobierno por ejemplo), sino que propone un acercamiento a estas imágenes desde su velo personal, que a su vez es crítico para mostrar desaveniencias y formas de ver; es decir, la cineasta nos adentra a una visión sentimental y emocional para leer estos vestigios de estas izquierdas y sus promesas. La sinopsis indica: “La algarabía y el desencanto parecen ser el estado emocional que ha marcado la historia política de Chile en los últimos 50 años. Ilusiones que nacen y que prontamente se esfuman, llevan a revisar imágenes de nuestra historia. Entre grabaciones amateur, archivos oficiales y recuerdos inconclusos, la pregunta es cómo seguimos soñando con la vida que vendrá”. Cuyul desplaza la relación habitual de los espectadores con este tipo de archivo documental (al huir de una organización meramente cronológica o para restituirlo en un contexto histórico), para poner en juego con la memoria, los afectos y las contradicciones de quien las observa guiado por la propia voz de la cineasta.
La vida que vendrá plantea pensar el archivo como una vía para poner en pared las ilusiones colectivas frente a su propio desvanecimiento. ¿Las izquierdas fracasaron ante el atrincheramiento de las derechas en el poder? ¿Las luchas de cientos de personas fueron en vano? Cuyul parte de los hechos del ataque al Palacio de la Moneda para ir hasta los movimientos populares por el No, en el contexto del pleibiscito contra Pinochet como una forma de interpelar esa forma de organización política, que tuvo sus hitos y logros, pero que a la luz de los años asoman socavadas por las estructuras de poder. Todos los hechos exponen la organización, voluntad y resistencia popular, pero esto no ha logrado desmantelar el poder político de la derecha y ultraderecha. Así, Cuyul permite pensar el archivo como una acumulación de promesas históricas, expectativas frustradas y futuros imaginados sin realización. El gesto de la cineasta consiste en recuperar el archivo, sobre todo desde la Unidad Popular o grupos afines, para examinar los afectos que persisten en esas imágenes y las posibilidades de futuro que todavía son capaces de suscitar (por ello el título optimista pese a la desazón). Al final del film, que redime toda la sensación de tiempo perdido (más aún cuando hay pasajes donde vemos a Pinochet siendo elegido como senador vitalicio o cuando en sus funerales la gente lo llora), se cobija en esa persistencia de los ideales emancipatorios (y revolucionarios) después de la derrota de los proyectos políticos chilenos que intentaron materializarlos.
Por otro lado, en La vida que vendrá (2025), Cuyul parte de algunas interrogantes, como aquella que nos comenta sobre el hallazgo en los archivos de una universidad de algunos films a color de los tiempos de la dictadura pinochetista. Este punto de partida repele un tipo de tradición filosófica, estética y cinematográfica que asocia la memoria humana con imágenes desaturadas, monocromáticas o desprovistas de color. Cuyul, a través de los registros existentes en blanco y negro de esos días, cuestiona cómo naturalizamos los recuerdos, sobre todo aciagos como los del inicio de la dictadura tras la caída de Allende y la llegada de Pinochet, con esa impromta lúgubre que invade de pesimismo ante aquello que incluso se revela como lucha y resistencia. Cuando Ingrid Calvo Ivanovic cita a Pastoureau sostiene que muchas de nuestras imágenes recordadas han perdido sus colores definidos, se van “decolorando”, y algo similar pasa con la memoria del cine, que de alguna manera reproduce esta sensación. La memoria desde los archivos modela esta percepción, logrando que nuestra imaginación reconstruya sin colores que se corresponden con la experiencia original. Hay otro autor que menciona esta percepción desde el cine o imágenes en movimiento: Paul Grainge interpela cómo las imágenes en blanco y negro se convierten en una forma cultural de representar la memoria, la nostalgia y el pasado, como una convención sobre la forma en que se trabajan y resignifican los archivos. Asociamos el blanco y negro a lo perdido y lo nostálgico, a una forma de reconstruir la historia desde el presente. Si Pinochet se quedó por más de 17 años en el poder, y fue legitimado luego por el mismo estado, esa memoria monócroma de las luchas queda como parte de un tiempo eludido.
La propuesta de Cuyul se extiende a pensar los archivos también desde otras realidades latinoamericanas, donde queda la sensación de que las luchas fueron inocuas ante Fujimoris, Katzs y Mileis y demás. Esta dimensión estética de pensar afectivamente este pasado brinda al film un peso más allá de su propuesta política discursiva. Pensar la memoria desde el color la actualiza, la revitaliza y no le permite sucumbir ante la muerte. Por ello, La vida que vendrá, y que vimos en Brasil en el contexto de un festival donde la defensa de las políticas públicas desde el progresismo ante la posibilidad de la llegada del clan Bolsonaro nuevamente al poder fue una urgencia, plantea un acercamiento novedoso, debido a las reflexiones de la cineasta que logran a través de la voz en off y del montaje del material hallado en color surcar un frente visual esperanzador, que vence a la nostalgia entendida como una mirada hacia lo que nunca pudo ser.
La vida que vendrá
Dirección: Karin Cuyul
Investigación: José Cárdenas Lorca, Karin Cuyul
Asistente de dirección: José Cárdenas Lorca
Montaje: Federico Atehortúa
Sonido: Diana Martinez
Música: Matías Reyes
Casa productora: Invasión Cine, Pequén Producciones
Producción ejecutiva: Jerónimo Atehortúa, Joséphine Schroeder, Juan Sebastián Mora, María José Alarcón, Miguel Villalbes Agelvis
Producción: Jerónimo Atehortúa, Joséphine Schroeder
Chile, Colombia, 2025, 93 min