
Por Mónica Delgado
Podría decirse que La belle année, largometraje documental o de autoficción de la cineasta sueca Angelica Ruffier, trata sobre el desplazamiento del color rojo. En la vida real no soporto el rojo: no está en mis prendas, en alguna taza, bolso o incluso entre los lápiz labiales. Pero dentro de una película se vuelve, a veces, fascinante, un pasaje a la certeza o a la sugerencia, como el famoso globo rojo, la sangre a borbotones en un film con dosis de gore, la pared roja cuando aparece Kim Novak en Vertigo, el rojo en los crimen-arte de Suspiria o en las atmósferas de los ralentis de Nicolas Winding Refn. Pero el rojo en La belle année es otra cosa. Es un viaje hacia el objeto (sujeto) del deseo dentro de la lógica de un documental sobre un. Un retorno al primer amor.
El cuidado trabajo fotográfico en este film, que transita entre el documental y el ensayo íntimo, es obra de la sensibilidad del sueco Simon Averin Markström, quien bajo la dirección de Ruffier, logra captar la esencia de la búsqueda en el pasado. No solo los espacios se vuelven una dimensión de contrastes entre colores complementarios (verde o turquesas con ligeros detalles de rojo), sino que todo ello luce articulado ante ese ser que el personaje de Ruffier busca desde la huella de otros tiempos.
Tras la muerte de su padre, Angelica Ruffier regresa al hogar familiar, en alguna campiña francesa, para revisar y empacar aquello resguardado por décadas. Tras llenar cajas y revisar diversos objetos, encuentra algunos diarios de su adolescencia, además de algunos videos caseros, grabados por su madre, que la arrojan a una época que aún no tiene episodios cerrados. En uno de los diarios lee cómo describía su fascinación por una profesora de la secundaria. Todo este encuentro con esa memoria escrita, fotográfica y videográfica es explorada desde una fotografía donde el rojo cumple el papel de ser catalizador, a tal punto que Ruffier usa prendas de ese color, para luego ver a otros personajes relevantes con ese color. Esta decisión sencilla, plasmada también en algunos objetos del entorno, muestran una recuperación, y luego, desplazamiento de los afectos.
Más allá de si se trata de un film sobre un amor lésbico, lo que plantea La belle année es un tratamiento más universal sobre la la materia de un enamoramiento olvidado y, luego, reavivado. Y este retorno no solo es planteado por la cineasta como una vuelta material al pasado y a un sentimiento perdido, sino que Ruffier decide mostrarlo desde las formas empleadas en aquellos años, a través de dibujos, poemas, canciones, o un tipo de fetichismo de mujeres referentes del cine, como Louise Brooks, icono del cine queer además, y propias de un imaginario adolescente en pleno descubrimiento sexual y amoroso.
Aunque el film, presentado en la sección de competición por el Tiger Award, comienza con un proceso de luto -es más pareciera que Ruffier se inclinaría por hacer una reflexión sobre el padre en la primera parte de la película (que aparece además irascible, y descrito como detonante de un clima familiar atosigante)-, luego se encamina afortunadamente por un seguimiento a esa vuelta a sí misma y a su reflejo en amor platónico, como si se requiriera una segunda oportunidad ante la ausencia definitiva de la figura paterna, quizás castrante. Borrada la figura del padre, Ruffier comienza un bello año, con el rojo como vía de transformación, en el cierre de la búsqueda de esa persona deseada y que aportó a construir su propia identidad, incluso aquella que la hizo cineasta.
Tiger Competition
La belle année
Directora: Angelica Ruffier
Guion: Angelica Ruffier
Fotografía: Simon Averin Markström
Edición: Anna Eborn
Diseño sonoro: Thomas Endresen
Música: Leo Svenson Sander
Productores: Marta Dauliute, Brynhildur Þórarinsdóttir
Reparto: Angelica Ruffier, Tom Ruffier, Henrik Ruffier, Sylvie Bresson
Suecia, Noruega, 2026, 95 min