
Por Mónica Delgado
Thomas Mann (Hanns Zischler) acaba de tener un sueño extraño, que como en Las fresas salvajes de Bergman, anticipa un hecho luctuoso. En medio de la oscuridad, el sonido de las manecillas de un reloj apenas se oye, mientras uno de sus ojos, al despertar, dejar entrever un ligero fulgor allí recostado sobre la cama. La promesa de un lágrima se deja ver, allí brillante, en medio de la nada, como si fuera la única manera de revelar que aún hay algo que conmueve al célebre premio Nobel, aún indiferente ante los asuntos íntimos y familiares. El blanco y negro que exprime el fotógrafo Lukasz Zal, en especial en esta escena de Fatherland, solo se compara a la delicadeza con la que Joseph Walker, el director de foto favorito de Capra, registra la mirada en la penumbra de Claudette Colbert mientras se enamora de Clark Gable en una vieja cabaña de carretera en un pasaje de Sucedió un noche. De eso se trata la búsqueda de la esencia de las cosas en este nuevo film del cineasta polaco Pawel Pawlikowski: el uso del blanco y negro no solo para evocar el espíritu de una época o para armar una “trilogía” con los films previos, como si fuera un requerimiento de estilo, sino para potenciar la sensibilidad de los personajes a través de esas imágenes de lo que para otros pudiera ser irrelevante.
Desde este cuidado en la cristalización de los sucesos y espacios, Fatherland no trata simplemente de describir desde una rigurosidad histórica el retorno del célebre premio Nobel Thomas Mann a su natal Alemania en 1949, tras una estancia de dieciséis años en Estados en Unidos. Más bien a partir de ese episodio, Pawlikowski da cuenta de los matices de toda una vida. Bajo el influjo de la exactitud y brevedad de algunas obras de Mann, como Muerte en Venecia, se elabora en menos de noventa minutos una obra descomunal sobre la relación con sus dos hijos: uno presente, Erika (encarnada por una espléndida Sandra Hüller), y otro ausente, Klaus (interpretado por August Diehl), imbuido en problemas de drogas. Este último personaje se muestra como definitivo para plasmar lo que une y desune a padre e hija.
Si bien el título del film adelanta lo que el cineasta va a profundizar sobre esta dupla, también da cuenta sobre una Alemania que ya no existe, derruida, o por recuperar tras el fin de la segunda guerra mundial, los residuos del nazismo o el inicio de la guerra fría. En ese sentido, Fatherland es una obra sobre la posibilidad de la restauración de los iconos humanistas de esa Alemania como una vuelta al hogar que se creía perdido. Mientras, Erika busca reencontrar al padre y reconciliarlo con el hermano, Mann está al encuentro de un territorio en ruinas y que solo puede ser rescatado desde ese humanismo de Goethe o Kant.
En esta búsqueda de lo que es el hogar, o la patria, en este contexto familiar e histórico, la invocación a Goethe es fundamental, no solo como el escritor más citado en los discursos de Mann en homenajes y conmemoraciones tras su regreso a Alemania, sino como figura de reparación simbólica y reconstrucción espiritual. La secuencia en la cual Mann visita la casa de Goethe se construye como nuevo lugar de memoria ante el horror reciente, y como un entorno donde los hijos se difuminan. Así, para Mann, desde la mirada del cineasta, volver a Alemania tiene que sentirse como el retorno a una lengua y una cultura, no necesariamente al Estado que había producido el terror. Alemania es vista simultáneamente como patria cultural, pero a la vez lugar del trauma. Pero, como suele pasar, la patria grande no basta.
Presentada en la selección oficial y en competencia por la Palma de Oro, Fatherland es, hasta el momento de publicación de este texto, la obra más sólida de la edición, y por ende, el trabajo más destacable en la obra de este realizador polaco. Desde su inicio, a través de un revelador diálogo telefónico entre los personajes de Klaus y Erika sobre su padre, hasta ese magnifico final con una epifanía de la mano de Bach, ese otro alemán para la reconstrucción espiritual, se nos ha brindado una gran demostración de un cine sintético, concreto, exacto, y a la vez total. Más que una obra sobre el pasado alemán, Fatherland termina siendo una reflexión que confronta las ruinas morales de Europa y sobre el arte (la literatura, la música, la poesía) como último refugio para la conciencia, desde la evocación de Mann, uno de los últimos autores de una vieja tradición.
Competencia internacional
Fatherland
Director: Pawel Pawlikowski
Guion: Pawel Pawlikowski
Fotografïa: Lukasz Zal
Edición: Piotr Wójcik, Pawel Pawlikowski
Reparto: Hanns Zischler, Sandra Hüller, August Diehl, Devid Striesow, Anna Madeley
Polonia, Alemania, Italia, Francia, 2026, 82 min