
Por Mónica Delgado
Cristian Mungiu es un cineasta interesado en las dinámicas de las ideologías sobre la moral, tanto desde la provocación de la lectura de algunos temas que siempre suelen generar controversia (como el de la interrupción del embarazo en 4 meses, 3 semanas y 2 días, ganadora de la Palma de Oro en 2008) o desde la problematización de la materia del fascismo, como pasa con R.M.N. (también en competencia en Cannes 2022). Esta vez, con Fjord, que postula también a ser la mejor película del festival en su edición 2026, plantea una interpelación a la sospecha como ejercicio de poder contra los conservadurismos religiosos.
Fjord describe la llegada e instalación de una joven familia rumana con cinco hijos a un pueblo en las alturas de Noruega. Allí cerca a montañas nevadas (como la inmensidad que cobija a la monja fanática de Más allá de las colinas), se insertan a la vida normal marcada por un tipo de orden estatal: el padre obtiene un trabajo en una escuela pública, la madre apoya de manera voluntaria en una morgue (el padre rumano interpretado por Sebastian Stan y la madre de ascendencia noruega, encarnada por Renate Reinsve) y los hijos van a la escuela con docentes horizontales. Pero, en ese entorno ordenado y atento, la familia mantiene sus creencias desde un cristianismo muy cerrado, que hace que sean dignos de sospecha en el lugar. Los hijos no ven televisión, no tienen videojuegos ni celulares, y hacen comentarios homofóbicos en el colegio. Un día, la profesora de educación física identifica un moretón en un brazo de una de las hijas, lo que activa una serie de acciones de prevención y acusaciones que derivan en un proceso judicial por la tenencia desde una unidad de protección infantil.
Bajo esa premisa, el cineasta rumano Mungiu propone en Fjord un abordaje maniqueísta: por un lado, el retrato de la familia conservadora debido a una religiosidad drástica y que sin embargo es mostrada sufriente y víctima del “wokismo”, y por otro, está el estado, a través de una institucionalidad laica y defensora de determinados derechos, pero que es mostrado incisivo, malintencionado y burocrático. Esta dicotomía también permite que como espectadores hagamos una línea divisoria entra una Noruega polite y “civilizada” frente a los migrantes rumanos poco educados, por ende religiosos y quizás fundamentalistas. O entre una pobre familia discriminada por sus creencias frente a un estado que ejerce sin limites todo su poder. Sin embargo, a Mungiu no le toma mucho tiempo mostrar de qué lado está, y definir este tema de cuidado de las infancias como una suerte de repelencia a determinadas religiones consideradas dañinas.
Si bien desde el inicio, el foco del film está en mostrar la interioridad de esta familia y su inserción en la vida social del “primer mundo” (a pesar que todo se desarrolle en un ámbito semirural de granjas y puertos), el asunto de la sospecha de violencia contra los hijos hace que la ruta del drama de juicios se abra paso. Desde la puesta en escena y desde algunos elementos del montaje, se inscribe la marca Mungiu: largos fundidos a negro y uso planificado de planos generales para mostrar la relación de los personajes con ese entorno; sin embargo, más allá de algunos aciertos desde esta estética, el film muestra indefinición de las subtramas que se suman al evidente maniqueísmo en su arco narrativo. Ya no deviene totalmente en una película de juicios, sino en un drama centrado en los personajes femeninos: la madre, la abogada, la hija que dio el supuesto testimonio y la relación con su mejor amiga.
Fjord confirma una preocupación recurrente en el cine de Mungiu: las ideologías como territorios de disputa moral. Sin embargo, esta vez el director parece abandonar la ambigüedad para construir una representación simplificada del conflicto entre familia, religión y estado. La sospecha de violencia infantil deja de ser un problema complejo de cuidado para transformarse en un dispositivo dramático orientado a ridiculizar la acción estatal. La institucionalidad noruega aparece retratada como una maquinaria fría, excesivamente burocrática y movida por prejuicios ideológicos antes que por evidencias. Estos organismos son mostrados como instrumentos, que rozan la caricatura, de persecución moral, como la escena de la entrevista del personal de la oficina estatal con la madre (Renate Reinsve) en la casa familiar. De este modo, el film desplaza el centro del debate: la posibilidad de violencia contra los niños queda subordinada a la victimización de la familia conservadora.
Mungiu construye así una dicotomía rígida entre un estado laico y sospechoso frente a una familia religiosa presentada como blanco de intolerancia cultural. La consecuencia es problemática: la prevención de la violencia infantil termina banalizada y el estado reducido a una figura casi absurda de control ideológico.
Competencia internacional
Fjord
Director: Cristian Mungiu
Guion: Cristian Mungiu
Música: Kaspar Kaae
Fotografía:Tudor Vladimir Panduru
Reparto: Sebastian Stan, Renate Reinsve, Alin Panc
Rumania, Francia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suecia, 2026, 141 min