
Por Mónica Delgado
En general, existen poquísimas películas sobre los críticos de cine, esa casta usualmente vilipendiada y pocas veces admirada. Apenas circulan algunos reportajes o documentales de televisión, sobre todo estadounidenses, que dan cuenta de las voces más influyentes, como Negative Space (1999) sobre Manny Farber, o algunos documentales del siglo XXI estrenados en festivales como Life Itself (2014) sobre Roger Ebbert o What She Said: The Art of Pauline Kael (2018), con estreno en Telluride o Berlinale. Ante ello, la presencia en Cannes 2026 de una película como Une vie manifeste (A Life, A Manifesto), del cineasta francés Jean-Gabriel Périot, en torno a la figura revolucionaria y guerrillera de la periodista y crítica de la famosa revista Positif, Michèle Firk, ha resultado un absoluto acontecimiento. Como dijo el cineasta en la presentación, se trata de una crítica subvalorada y el film pretende resaltar su talante y obra.
Si bien este documental se parece mucho a la estructura que Périot asume en Retour à Reims (2021), su film previo, donde a partir de textos del filósofo Didier Eribon, leídos o recreados por la actriz Adèle Haenel, se realiza un montaje con material de archivo para dar cuenta de una memoria de la clase trabajadora francesa; aquí en Une vie manifeste hay un tono dialéctico para construir un retrato de la vida de esta mujer que también es una suerte de mapa geopolítico sobre las revoluciones y guerrillas del sur global en los años sesenta.
Descendientes de judíos, Michèle Firk siempre fue un personaje disidente. Desde su juventud se mostró empática con los ideales de izquierda, siendo parte en Francia de la Union des étudiants communistes y del Partido Comunista, para luego apoyar el Frente de Liberación Nacional en Argelia o unirse a una guerrilla tras una visita a Cuba. Desde finales de 1958 formó parte del equipo de redacción de Positif (una revista considerada de izquierdas, siendo un competidor opuesto al perfil de Cahiers du Cinema). Como muestra el film de Périot, los textos de Firk reflejan la evolución de una parte de Positif hacia posiciones cada vez más comprometidas con las luchas anticoloniales y revolucionarias. Sus artículos describen una tendencia sobre la crítica como una forma de intervención política y no solo estética.
Tras dirigir Une jeunesse allemande (2015), Nos défaites (2019) y la mencionada Retour à Reims (2021), que se estrenó en Quincena de Realizadores, el cineasta y montajista Jean-Gabriel Périot asomó dentro de Cannes Classics, una sección que no solo recupera restauraciones o remasterizaciones recientes como la espléndida función dedicada a parte de la obra de Artavazd Pelechian (con el histórico cineasta presente), sino que propone algunos films que aportan a construir una nueva historia del cine, a partir de documentales sobre cineastas o películas (como el estreno del capítulo investigativo de Mark Cousins sobre el documental en los años setenta). Esta vez el acercamiento a una parte de la historia del cine se basa en la recuperación de escritos y perspectivas de esta activista y crítica, que lamentablemente se suicidó en 1968 a los 31 años para evitar ser capturada por la policía guatemalteca en plena represión. La particularidad de este nuevo trabajo de Périot es que está narrado por la cineasta Alice Diop, quien asume un acercamiento en segunda persona para dirigirse a Michèle Firk, mientras que la actriz francesa Nadia Tereszkiewicz recrea la voz de la crítica a través de la lectura de sus textos, tanto de cine como de política. Ambas voces, a la par de la edición de material de archivo (películas de ficción, documentales, pasajes en 16mm de la vida misma de Firk, fotografías o recortes) van configurando un retrato único de una personalidad sui generis, donde el pensamiento reflexivo sobre el cine, el periodismo, la guerrilla y el activismo se unieron de manera inédita dentro de la historia misma de la crítica de cine.
Dentro del actual panorama de Cannes, la figura de Michèle Firk resulta una afrenta, porque obliga a preguntarse qué significa ejercer la crítica como una práctica de confrontación y no como una función de mediación cultural. A diferencia del tipo de crítica que impera en espacios como Cannes, Firk no entendía la crítica como una actividad destinada a orientar consumos, a hacerle juego a las distribuidoras o jerarquizar obras dentro de un mercado. Para ella, como para otros sectores de la crítica de los años sesenta, el cine estaba inserto en conflictos históricos concretos: colonialismo, imperialismo, luchas de liberación nacional y revolución. Desde esa perspectiva histórica, el contraste con el devenir de la gran parte de la crítica en Cannes era evidente. Esto no significa que no hayan críticos rigurosos o comprometidos cubriendo el festival, sino porque las condiciones institucionales para tal ejercicio han cambiado evidentemente. Hoy en día muchos críticos trabajan simultáneamente como programadores de festivales, curadores de muestras, gestores o incluso forman parte de distribuidoras. Esas funciones no son incompatibles con el pensamiento crítico, presente al seleccionar y ver qué va o no según las líneas y públicos de cada festival o muestra, pero sí generan una relación diferente con las películas. La crítica deja de ser una actividad antagonista y pasa a formar parte de un ecosistema donde la circulación de obras, contactos y prestigios dependen de redes de colaboración estables y que no quiebran ese orden armónico (de amigos). Por eso, una crítica negativa o una lectura verdaderamente incómoda suelen ser adjetivadas como una perturbación de ese sistema. El lenguaje dominante de los festivales y de la crítica que existe, sobre todo en redes sociales, es el de la recomendación más que el del juicio. La crítica se aproxima a la curaduría, y esta privilegia la relación estable antes que la confrontación.
Vista desde el presente, Firk parece provenir de un mundo perdido donde la crítica podía concebirse como un acto de ruptura. Para ella, la crítica cinematográfica y la acción política formaban parte de un mismo horizonte. Lo interesante es que, en el siglo XXI, incluso una crítica moderadamente exigente puede adquirir una apariencia “guerrillera”, debido a que el espacio público cultural está atravesado por dinámicas de consenso: ser disidente es ahora un tipo de marginalidad. Cuestionar una película celebrada, discutir sus presupuestos ideológicos o rechazar el entusiasmo general suele interpretarse como una agresión personal, un gesto de mala fe o una provocación innecesaria. Sin embargo, también sería simplista idealizar el pasado o la misma postura de Firk que el film muestra. La crítica de los años sesenta también tenía sus dogmatismos y ortodoxias. La diferencia principal que el film de Périot permite ver con algo de desconcierto, a modo de reflejo, es la triste transformación de la función misma de la crítica. ¿Puede la crítica seguir siendo una práctica de conflicto? Gracias a Firk y a su memoria solo se responde esa pregunta en el pasado.

Cannes Classics
Une vie manifeste
Dirección y guion:Jean-Gabriel Périot
Sonido: Dana Farzanehpour
Montaje: Jean-Gabriel Périot
Voz en off: Alice Diop, Nadia Tereszkiewicz
Mezcla de sonido: Laure Arto
Colorizaciòn: Julian Nouveau
Diseño sonoro: Xavier Thibault
Francia, 2026, 86 min