
por Víctor Paz
Si en otra crónica del festival Curtas Vila do Conde nos referíamos a algunas películas que lograban representar espacios de manera modélica, en esta nos centraremos en cápsulas temporales, con cintas que, partiendo de rasgos reconocibles del cine de género, logran transportarnos a épocas pretéritas o futuras.
La ciencia-ficción siempre ha sido terreno fértil para lecturas políticas. Visite Guidée (Alba Jaramillo, 2026) se acerca al cine de Kleber Mendonça Filho en su capacidad de evocación fabulosa con aquello que figura más sugerido que representado. Más allá de sus largos más conocidos, hay un corto del brasileño que sirve de pertinaz comparación. Recife Frio (2009) imaginaba un futuro en el que no deja de llover, por las consecuencias del cambio climático. El falso documental, con un periodista inventado, servía a Mendonça Filho para realizar un retrato crítico, irónico, actual y realista de su ciudad por la vía de la fábula y la exageración.
Jaramillo usa el cine documental de un modo parecido. Su historia se centra en una guía turística que, como el periodista en el caso anterior, sirve de percha para, en este caso, situarnos en una inventada isla caribeña. En ella ha habido un desastre ambiental, causado por algún tipo de instalación militar, abandonada y restringida en estos momentos. A los turistas norteamericanos les gusta colarse allí con la ayuda de los guías locales, con el peligro que eso conlleva porque en la zona se han avistado nuevas especies evolucionadas de los residuos de uranio enriquecido.
Pero a Jaramillo, de origen puertorriqueño, no le hace falta idear un monstruo en CGI para dejar el mensaje claro. El imperialismo, militar, pero también turístico, que Estados Unidos ejerce sobre el Caribe, es lo que le interesa subrayar. Es Visite Guidée una película juguetona, que genera todo un mundo apocalíptico a través de su fuera de campo. Puede que excesivamente alegórica y no siempre sutil, pero fresca e interesante en todo caso.

La misma opresión se siente en A Nebulosa Romântica (Pedro Ramalhete, 2026), uno de los filmes portugueses más interesantes de la competición. La lucha armada está últimamente de moda, con One Battle After Another (Paul Thomas Anderson, 2025) propulsando esta tendencia en la ficción contemporánea. Ramalhete nos traslada al salazarismo con una fotografía plúmbea, imaginería en el vestuario y la dirección artística que remiten al régimen, y espacios opresivos. La célula inspirada en los jóvenes que protagonizaron la Revolución de los Claveles de 1974 –esos pañuelos rojos no engañan– cuenta con la capacidad de recuperar a sus caídos a través de un extraño fluido. La música electrónica completa el ritual de resurrección.
La cultura de club se empezó a desarrollar en Portugal en los últimos años de la dictadura. Parece que Ramalhete quisiese cruzar esta forma de resistencia y liberación clandestina con L’Armée des ombres (Jean-Pierre Melville, 1969) y Bride of Frankenstein (James Whale, 1935) sin un discurso político ni estilístico muy claro, pero la elegancia de su estilo basta para sostener una cinta que podría beneficiarse de un tratamiento más largo.
Por contraste, Joachim Michaux logra en Un ciel si bas (2025) condensar la misma cultura de club en otras latitudes y encapsular un tiempo muy concreto; con una cinta que combina noir y ciencia-ficción de manera modélica, y que luce un look como desenterrado del pasado al que remite. El lugar es Bruselas y el momento 1989. El muro de Berlín está a punto de caer. Un chico busca a una chica que conoció el pasado verano en un bar, pero ya no trabaja por allí, ha desaparecido misteriosamente. Un periodista británico políglota, trotamundos amigo del Este, algo excéntrico y obsesionado por las historias de ovnis que circulan por la capital belga, le echa un cable. Al mismo tiempo, empieza a desarrollar una relación de afecto hacia la joven rockera flamenca que ahora atiende la barra del garito, también hostal en el que se hospeda junto al plumilla.

La cinta está rodada en blanco y negro, con mucho grano y un estilo muy indie, como si el mismo Jim Jarmusch o Michael Almereyda la hubiesen filmado en el momento en que se sitúa. Lili, la joven desparecida, es como una presencia fantasmal que apenas se vislumbra, una Ítaca inalcanzable –ahora que el destino homérico vuelve a estar en boga– que permite sublimar más el viaje que la meta. Al final no importa si el chico, Victor, encuentra a la chica, sino la transformación que esta odisea hacia una noche teñida de sonidos electrónicos opera en él.
Profundamente romántica y melancólica, Un ciel si bas reflexiona sobre por qué en algún momento de nuestras vidas todos nos dejamos engullir por esa oscuridad absoluta en la que todo es posible y que acaba por iluminar nuevos horizontes. Y así hasta que la diñas. Para estos es el baile, pero esa voluntad de trascendencia y vaciado puede trasladarse a cualquier arte u a otras formas de abandono del cuerpo –véase, la experiencia mística de la religión, quizá una abducción alienígena–.
La película se lo toma con humor. Hacia el final van a visitar la tumba de la madre de la rockera, lo que provoca en charla con el periodista un interesante chiste léxico entre parting y partying. Hacer la fiesta o despedirse de este mundo. Quizá la distancia entre ambas cosas solo esté en una vocal.