
Por Arnau Martín
Naza se anunció como parte de la programación de la 83° Biennale de cine de Venecia en los últimos días antes del arranque, y hay que aclarar, de entrada, que el título hace alusión a una palabra clave que utilizan los servicios secretos israelíes para denominar los “daños colaterales” que causan los bombardeos en la Franja de Gaza, es decir, los millares de víctimas que no forman parte de los operativos de Hamás y que han sido asesinadas desde los atentados de octubre de 2023. En una azotea de Tel Aviv, el documentalista Yuval Abraham, coautor de No Other Land, filma en secreto y por la noche a un pequeño grupo de operadores de dichos servicios de inteligencia, a los cuales prefiere no enfocar directamente. El hallazgo es sobrecogedor y el objetivo del filme es diáfano: atestiguar que Gaza es el escenario de una “guerra-videojuego” y que sus artífices sólo se limitan a cumplir órdenes, en lo que refleja una crisis de elevada escala en cuanto a valores institucionales, éticos y cívicos de los pilares de Occidente. Un Occidente cuyos relatos coloniales ya no necesitan ninguna retórica embellecida para someter a otros países, y lo que antes era “cristianízate o acabamos contigo”, ahora ya es “quítate la vida o te la quitaremos nosotros”, como da cuenta el investigador Ramón Grosfoguel.
Naza, codirigida con Rachel Szor, es una pieza inquietante y dura, quizá la más escalofriante de la Mostra por una cuestión de actualidad estricta. A su vez, es una puerta de entrada idónea para inmiscuirse en la compleja historia de Israel, desde el siglo XX hacia atrás. Lo más interesante de este importante documental, en la línea de The Act of Killing, es que lo que se pone de manifiesto tiene el carácter de advertencia, o mejor dicho de constatación, de hacia dónde apuntan los servicios de vigilancia contemporáneos, compinchados con un maquiavélico esquema político que se quita responsabilidades de encima, que busca oposiciones y que oculta por quiénes discurren realmente las decisiones. En manos de un conglomerado que se apoya en la industria armamentística, que neutraliza amenazas antes incluso de que ocurran y que ejerce una brutalidad supervisada contra el débil, queda más que evidente, por desgracia, que el ser humano es el único mamífero que siente complacencia con el dolor ajeno. Todo ello en medio de un mundo cuyos poderes fácticos y supremacistas encuentran cada vez mecanismos más sofisticados de unión y de coerción para robustecer el sistema: tecnológicos, diplomáticos y también religiosos.
En nuestro tiempo, y seguramente desde el Holocausto y los genocidios del pasado siglo, asesinar se ha convertido en un acto técnico y utilitario, y cuestionar moralmente una matanza es improcedente para el funcionamiento estatalista y administrativo. Sólo nos queda invocar las palabras de dos grandes autores del XX, Jacques Ellul y Hannah Arendt, en un razonamiento que coaliga sus dos perspectivas:
“La actual sociedad moderna renuncia a la espontaneidad del ser humano en favor de sus facilidades. El avance tecnológico lleva consigo una trivialización de las decisiones éticas, pues acabar con la vida de otro con las propias manos comporta a más preguntas que simplemente hacerlo apretando un botón desde la comodidad de la oficina. El técnico no tiene ideología, conoce métodos que aplica con satisfacción porque proporcionan resultados inmediatos. No son fines, son resultados. El mal es, pues, mero cumplimiento burocrático”.
Eichmann en Jerusalén y La Edad Técnica
Competición internacional
Nasa
Director: Yuval Abraham, Rachel Szor
Producción: The Guardian, JW Films (Jim Wilson)
Sonido: Lars Ginzel, Benjamin Hörbe, Rob Farr
Reino Unido, 2026, 80 min