BAFICI 2017: LA VENDEDORA DE FÓSFOROS DE ALEJO MOGUILLANSKY

This entry was posted on April 23rd, 2017

Por Pablo Gamba

La vendedora de fósforos, de Alejo Moguillansky, es una película característica de la renovación del nuevo cine argentino que comenzó en 2008 con Historias extraordinarias, de Mariano Llinás. Ambos directores son integrantes de El Pampero Cine. Moguillansky ha trabajado, además, en el montaje de varios filmes de Matías Piñeiro, otro realizador que los acompaña en esa búsqueda.

El placer de la fabulación y la palabra, la importancia narrativa de la banda sonora y el gusto por hacer remix de diversas fuentes artísticas, son algunas de las características resaltantes de la obra de estos cineastas. En este caso, Moguillansky recurre principalmente al cuento de Hans Christian Andersen del que toma el título la película, que figura también en una obra que el músico alemán Helmut Lachenmann presentó en el teatro Colón, en Buenos Aires, con la participación del compositor interpretándose a sí mismo en el film. Incluso hay un personaje vinculado a la Facción del Ejército Rojo –el grupo terrorista alemán– y citas de Al azar Baltasar, con una recreación infantil en colores.

Es un film que puede ser descrito con la expresión que usa al final uno de los personajes –un “juego de niños”– que trata de la música y de un cuento de hadas de Navidad de contenido “social”. Sobre esa base hay que entender esta película, especialmente en las partes en las que pareciera haber un “mensaje”. La situación política argentina –que tiene como síntoma una huelga de transporte público– es explicada con humor a través de las notas del piano, de una manera que da la impresión de ser sorprendentemente aguda, incluso, por lo que respecta al gobierno actual y a los empresarios, por ejemplo. Pero también está el reverso de todo eso, cuando la crítica de los extremistas se dirige despiadadamente contra la música que hace un personaje, utilizando el lenguaje político de la izquierda. Así que ambas tomas de posición se integran para formar una armonía de contrastes, y son, ante todo, variaciones del mismo tema en la banda sonora.

El juego se extiende a las repeticiones y a la grabación en argentino del cuento del escritor danés –recursos emblemático del cine de “adaptación” de Matías Piñeiro–, así como a la ambigüedad entre lo diegético y no diegético en la música, entre otros motivos que pudieran enumerarse. Está presente también en la banda visual, aunque de una manera que traiciona la aspiración a la elegancia: la disonancia que crean algunos planos “documentalistas” que parecen amateurs.

Todo esto puede resultar molesto a quienes aspiran a otra cosa que a la “superficialidad” y a un glamur culterano, y hay en este cine independiente un cultivo deliberado de esa capacidad de irritación. Pero la fuerza de filmes como éste se halla en su capacidad de sacar el aquí y el ahora de contextos trillados para poder mirarlo, escucharlo y pensarlo de una manera que no se considere desgastada, asumiendo el riesgo de que pueda parecer insólita y frívola. El punto está aquí en la tensión entre la fabulación delirante, el referente real reconocible de la Argentina de hoy y la parte documental sobre la obra de música concreta de Lachenmann, filmada en uno de los teatros más célebres del mundo. Es otra cristalización de la continuidad de una búsqueda de lo que en su momento fue nuevo, y que requiere aceptar una premisa posmoderna: la imposibilidad de tomarse en serio las que todavía son certezas fundamentales para muchos.

Competencia argentina
Dirección y guion: Alejo Moguillansky
Producción: Eugenia Campos Guevara
Fotografía: Inés Ducastella
Edición: Alejo Moguillansky, Walter Jakob
Sonido: Marcos Canosa
Elenco: María Villar, Walter Jakob, Helmut Lachenmann, Margarita Fernández, Cleo Moguillansky
Argentina, 2017