BALADA PARA NIÑOS MUERTOS DE JORGE NAVAS

BALADA PARA NIÑOS MUERTOS DE JORGE NAVAS

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Por Cristian García

El status de ícono pop o de figura de culto se puede lograr de varias maneras y hay distintos tipos de personalidades que gozan (o padecen, según el caso) de dicho privilegio. Los hay que son famosos por un talento ligado a un espíritu destructivo o autodestructivo; otros arguyen una relevancia política y cultural; los hay que se imponen a través de su empuje iconográfico (más ligado a la publicidad); también hay figuras ficticias tan arraigadas en determinadas esferas que se vuelven parte del imaginario social; entre muchas otras formas de alcanzar esta aparente inmortalidad.

Dentro de esa amalgama existe un tipo de figura de culto que para los estándares actuales podría considerarse un cliché, y es la del “artista torturado” o “artista maldito”, un arquetipo de autor que goza de talento, sea éste reconocido o no, y cuya vida se determinará por las tragedias e injusticias que eventualmente lo llevarán a una muerte tempranera. En esta “categoría” podríamos enmarcar la figura de Andrés Caicedo, el escritor colombiano objeto del documental que nos convoca: Balada para niños muertos (2020).

A la hora de diseccionar en clave documental la figura de alguien como Caicedo, sería importante ahondar, entre otras cosas, en sus orígenes, su entorno, sus gustos y cómo éstos se forjaron, o por lo menos establecer una hipótesis al respecto. El documental Balada para niños muertos insinúa por medio del montaje una correlación entre las películas de terror y serie B que le gustaban a Caicedo y su vida, lo cual es interesante a la hora de plantear esa relación entre vida del autor y obra resultante. Al principio, se vislumbran las tragedias que acompañaban a la familia de Caicedo, así como la violencia y el horror que azotaban Cali (y a toda Colombia), del cual fue testigo. Estos elementos pudieron moldear las predilecciones de Caicedo por el cine de terror, aquel sin pudor y sin temor a mostrar los miedos más primitivos del ser humano.

Esta relación es representada por el documental desde su estética manierista. La musicalización siniestra, el cromatismo opaco y de la imagen, y los efectos visuales que desfiguran las fotografías buscan perfilar un imaginario misterioso, como si, efectivamente, de un filme de terror se tratase. Aunque, este artificio metafílmico alcanza unos excesos que tal vez no sean tan necesarios en determinados momentos. Parece esforzarse demasiado en introducir al espectador en este barroco cúmulo de artificios. Incluso diría que “peca” al usar imágenes y música que simplemente rellenan un espacio. No existen los momentos de contemplación o de pausa en este documental. No quiere detenerse a darle respiro al espectador para que asimile la información que se le acaba de transmitir. Impera una idea de estar en movimiento constante y saturar de música y efectos visuales cada cuadro. Además, a la postre, Balada para niños muertos termina renegando del encantador “mal gusto” del buen cine de explotación.

Caicedo, en su condición de figura de culto, tiene aspectos de su vida y obra que son ampliamente conocidos y no solo desde el ámbito local. El cineasta Luis Ospina muestra en alguna parte del documental distintas traducciones de diferentes países de las obras literarias de Caicedo. Así, ante un personaje ya reconocido, cabe preguntarse: ¿Qué arista nueva resalta o revisa este documental? ¿Qué aspecto de la obra y vida de Caicedo explora de una manera que no se ha considerado? Es más, ¿el filme siquiera se plantea esto o sólo busca ser una pieza introductoria para dar a conocer a Caicedo entre la cinefilia mundial?

Hace unos años, tuve la oportunidad de ver el documental Todo comenzó por el fin (2015) de Luis Ospina y allí es posible encontrar una disección más humana y cercana a la figura de Caicedo. Es más, me atrevería a decir que Balada para niños muertos no explora algo más allá de lo ya presentado en Todo comenzó por el fin. En el film de Jorge Navas se menciona la intertextualidad de la obra de Caicedo, su vínculo con el cine de Roger Corman o la literatura de H.P. Lovecraft, entre otras relaciones, pero no se ahonda demasiado en esto más allá de establecer que se tratan de referentes temáticos y estéticos. Tampoco se busca construir un panorama claro del lugar que ocupa la obra de Caicedo en la literatura colombiana o latinoamericana. Ni siquiera hay un intento por “derrumbar” su mito. Por el contrario, es una reafirmación de éste. Es una obra que mira en contrapicado a su objeto narrativo y se siente muy cómoda en esa reverencia.

Es de extrañar una visión fresca de la figura de Caicedo, favorable al artista o no. Algo que dé el puntapié inicial para pensar la vida y la obra del artista de otra manera. Algo que enriquezca su obra. En últimas, este documental sirve como introducción a lo que ya se conoce del personaje. Si se quiere una visión más próxima y completa hacia él, ahí está el documental de su amigo Luis Ospina. Esta balada ya se ha escuchado antes.

Competencia de largos nacionales del Festival de Cali
Dirección: Jorge Navas
Producción: Jorge Navas, Sebastián Hernández, Marino Aguado, Mónica Andrade
Guion: Jorge Navas
Fotografía: Jorge Navas
Montaje: Sebastian Hernandez, Jorge Navas
Reparto: Rosario Caicedo, Luis Ospina, Sandro Romero Rey, Eduardo Carvajal, Patricia Restrepo, Guillermo Lemos, Ramiro Arbelaez, Oscar Campo, Pilar Caicedo, Victoria Caicedo, Amalia Pinchao, Jaime Acosta
Colombia, 2020, 80 min

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