
Por Mónica Delgado
Cada año la programación de Forum Expanded incluye una film performance. Esta vez, detrás del espacio de todas las butacas en la sede del SilentGreen Kulturquartier, se instalaron dos proyectores de 16mm y dos slide projectors para propiciar una incursión en un mundo de materia vegetal. Dentro del ámbito experimental, usualmente el elemento vegetal suele ser integrado en los procesos de intervención del celuloide (ya sea en revelado o “envejecimiento” del film) como una respuesta ecológica o de diálogo con una naturaleza expulsada de los trayectos químicos y fotoquímicos de la realización. Sin embargo, Bigum + Björge (dúo artístico danés radicado en Berlín, formado por Anders Bigum y Gry Björge) propuso una ruta diferente de encuentro con este tipo de materia, desde la construcción de un imaginario particular en la pantalla, como si se tratara de una fábula sobre el origen de las raíces y de seres del bosque dentro de una gran caja negra.
El título del film, Metanoia, alude a un término que responde a alguna tesis de Carl Jung con relación a la superación de crisis psicóticas, pero que devienen en resultados positivos debido a una transformación de los estados de las mente. No sabemos si el dúo parte de esta premisa conceptual de tipo terapéutico, sin embargo las claves del ritmo de montaje y de las superposiciones de una flora y fauna imposible, a modo de bestiario, permiten que asistamos a un crescendo, pero también a un trayecto “vertical”: desde las estrellas al subsuelo, desde el cosmos al corazón de la tierra, donde raíces devienen en la materia original. Por otro lado, hay una desplazamiento del concepto que alude a un estado mental que lo arranca del ámbito del individio hacia un estado natural más amplio, diluido con el medio ambiente, pasando de la mente a la realidad total, del inconsciente a la médula de la naturaleza. Y en este tránsito conceptual es que radica el valor de esta apuesta creativa donde el título del film permite un tejido de sentidos que se va enriqueciendo con este universo vegetal, de barro, pasto y raíces.
Durante la proyección y desde el lugar donde me ubiqué, se escucharon algunos comentarios y risas casi ocultas de algunos espectadores ante la fisonomía ingenua de algunos de los seres fantasmagóricos que se plasmaban en pantalla (seres en forma de peces, de dragones o de caballos de mar); sin embargo, es el resultado posible ante una coreografía de entidades del subsuelo, que adquieren vida como parte de una propuesta lúdica, juguetona, donde esta naturaleza nos muestra su composición y por momento su visceralidad.
La proyección de Metanoia fue antecedida por Let There Be Whistleblowers (2005) de Ken Jacobs y Flo Jacobs (en honor a su trabajo ante la partida reciente de ambos), que se convirtió en una oportuna antesala que en vez de opacar (no cabe duda que los Jacobs suelen ser admirados como padres y madres de un tipo de experimental), ayudaron a crear una atmósfera también musical. Los tambores de la magnífica Drumming, obra de Steve Reich, que ayudaban a la “expansión” de un viejo fragmento del paseo de un tren, fueron el ritmo que permitía generar ese contrapunto territorial. Si los tambores de Reich son un llamado ancestral hacia África, el trabajo sonoro de Metanoia también alude a una lógica espacial, donde este mundo de tierra, raíces, hojas y semillas se vuelven latidos y pulsiones del subsuelo.

Como experiencia, Metanoia no se agota en la lectura conceptual ni en el guiño junguiano que su título sugiere. Frente a esas criaturas improbables, el espectador oscila entre la ironía y la fascinación, pero termina por ceder a la lógica del juego. Y es en esa entrega donde la propuesta adquiere fuerza: cuando aceptamos que lo vegetal no es decorado ni metáfora ecológica, sino una materia viva que respira, late y se organiza en una coreografía propia.
Si la pieza de los Jacobs, acompañada por el pulso hipnótico de Reich, abría un territorio rítmico que expandía la percepción, desde un trabajo desde la edición en digital, Metanoia profundiza esa expansión hacia lo telúrico. La experiencia se vuelve entonces menos mental: no asistimos a la representación de un mundo vegetal, sino a su activación. Quizás ahí radique la verdadera “metanoia” que propone el film: no la superación de una crisis individual, sino el desplazamiento de nuestra escala perceptiva.