
Por Mónica Delgado
Ayer durante la conferencia de prensa con el jurado de la Berlinale 2026, y ante la pregunta de un periodista alemán sobre la solidaridad selectiva del festival con los pueblos de Irán y Ucrania frente al ninguneo palestino, el presidente de este grupo, el conocido cineasta Wim Wenders, respondió: “Tenemos que mantenernos al margen de la política porque, si hacemos películas que son abiertamente políticas, entramos en el terreno de la política. Pero somos el contrapeso de la política, somos lo opuesto a la política. Tenemos que hacer el trabajo de la gente, no el trabajo de los políticos”. No solo el cineasta hizo evidencia de una lectura conservadora de lo que significa la política (y practicarla) sino que avaló una visión autoritaria sobre lo que debería implicar el ejercicio cinematográfico: una labor con límites. Pero, el problema no está solamente en las visiones o conceptos, sino que no deja de ser político el silencio o la huída en un contexto donde han sido asesinadas miles de personas.
Las declaraciones de Wenders, que además produjeron que se interrumpiera toda la conferencia debido a “problemas técnicos”, se inscriben en el discurso de la evasión y se adhieren como síntoma del clima político-cultural que atraviesa hoy Alemania. Más allá de las valoraciones personales sobre el tono o la intención del cineasta de El cielo sobre Berlín o El amigo americano, lo relevante es que su gesto no aparece como una excepción, sino como la expresión institucional bien delimitada, alineada tanto con los protocolos no escritos de la Berlinale como con la política de Estado del actual gobierno alemán.
En Alemania, el debate público sobre Palestina está atravesado por un campo minado histórico y moral. La memoria del Holocausto y la responsabilidad histórica frente al antisemitismo han configurado un consenso político que tiende a traducirse en un apoyo casi incondicional a Israel, y que obviamente incluye a la Berlinale (vale la pena mencionar que hay una película de este país en la sección Perspectiva). Este consenso se aplica desde la edición 2024, 2025 y la actual del festival, y que implica un sistema de límites implícitos: ciertas preguntas no se formulan, ciertas comparaciones no se ensayan, ciertas críticas se moderan antes de ser pronunciadas. Es allí donde opera la autocensura. ¿Y qué pudo decirnos sobre eso Wenders?
La autocensura no necesita de una ley que silencie; funciona como una interiorización preventiva del sujeto ante un posible castigo simbólico. Artistas, intelectuales y gestores culturales saben que cuestionar la política exterior alemana respecto a Israel puede implicar acusaciones de antisemitismo, pérdida de financiamiento, cancelación de invitaciones o estigmatización pública, sino recordemos los testimonios de cineastas que el año pasado recibieron la reprimenda de programadores porque en sus Q&A hablaron de la situación de Palestina (porque la palabra genocidio es una herejía). ¿Ya no los invitarán más? ¿Sus películas ya no serán seleccionadas? Así, muchas voces optan por el silencio estratégico y convenido o por declaraciones cuidadosamente ambiguas, lo que también llamamos “tibieza”. El espacio cultural se convierte así en un terreno donde la neutralidad no es necesariamente una postura ética, sino una forma de supervivencia institucional. Esto es totalmente comprensible, más aún cuando sabemos que muchos capitales del mundo del cine vienen de entidades que apoyan a Israel. Pero, ¿es ese el cine que se defiende?, ¿aquel producto de la tibieza?
En Berlinale son bienvenidas, por ejemplo, las películas que denuncian injusticias en el mundo árabe, ya sea en Túnez, Irán o Líbano, como la película tunecina que forma parte de la competencia y que habla de la represión a las mujeres y hombres homosexuales desde el estado. En esos casos, la condena es clara, el posicionamiento moral es explícito y el discurso de los derechos humanos se despliega sin ambigüedades. Allí hay aplausos, hay apoyo. Esta asimetría genera una ambivalencia difícil de ignorar. Mientras la denuncia de la opresión en ciertos contextos es celebrada como compromiso ético, hablar de un genocidio se vuelve incómodo, impropio o “fuera de lugar”. El resultado es una geografía moral selectiva: hay sufrimientos que pueden nombrarse sin riesgo y otros que requieren rodeos o silencios.
En ese marco, la ficción adquiere un lugar estratégico. Las narrativas ficcionales permiten abordar conflictos políticos bajo la apariencia de historias íntimas (como la película tunecina que media prensa aplaudió esta mañana) desplazando el foco del debate hacia el terreno estético o emocional. Así, las películas pueden funcionar como vehículos de denuncia sin activar de inmediato los mecanismos defensivos del discurso político. Por ello, la pregunta que queda flotando es por qué ese mismo consenso no puede trasladarse con igual apertura a todas las situaciones donde se denuncian violaciones de derechos humanos. Cuando el compromiso con la justicia depende del contexto geopolítico, el discurso universalista se vuelve relativo.
Más que un episodio aislado, lo ocurrido en la conferencia tras las palabras de Wenders refleja una tensión, que es política aunque no le guste al cineasta, pero sobre todo es ética. Solo en ese terreno el arte puede sostener su vocación crítica sin quedar atrapado en protocolos calculados de silencio.