
Por Mónica Delgado
El cineasta húngaro László Nemes es un adepto al trazo grueso. Con Moulin, presentada en competencia oficial en Cannes 2026, no despertará algún debate entre intelectuales como aquel que logró con Claude Lanzmann y George Didi-Huberman tras el estreno en Cannes de El hijo de Saúl (2015), su ópera prima, debido a la interrogante sobre lo irrepresentable del holocausto judío. Con este nuevo film tampoco despertará pasiones por su gran abordaje cinematográfico o gran estética de planos secuencia inmersivos en algún decorado que imita un campo de concentración. Sin embargo, ya tendrá un sitio en carteleras y streaming debido a su acercamiento efectista a una figura de la resistencia francesa en tiempos de nazismo dentro de un tipo de cine histórico muy consumido.
Esta vez, para seguir una moda canina de obras francesas realizadas por cineastas foráneos (por ejemplo, la de Radu Jude en Quincena de Cineastas o la de Asghar Farhadi en competencia), Nemes ambientará su relato en este país, pero desde la hazaña de un mártir: el episodio de detención y tortura a cargo de la Gestapo del líder de la resistencia francesa Jean Moulin, y que es interpretado por el actor Gilles Lellouche, quien también forma parte del reparto de La Vénus électrique, película de inauguración en este Cannes.
En Moulin se abandona cualquier indicio de complejidad formal o filosófica en torno a la lealtad o defensa patriótica, para concentrarse en la exposición directa del martirio. Nemes sitúa nuevamente su relato bajo la sombra de la ocupación nazi en Lyon, dejando de lado la maquinaria anónima del exterminio para desplazarlo hacia el sufrimiento individual de Moulin. La elección del episodio convierte a la tortura en el núcleo emocional y narrativo del film, con el fin de mostrar de manera explícita el desgaste físico y moral de un cuerpo sometido. ¿Qué nos dice Nemes sobre mirar el sufrimiento ajeno convertido en imagen? El cineasta húngaro parece apostar por la figura del mártir, construyendo la resistencia política a través del dolor soportado y de la integridad preservada frente al tormento, donde la Marsellesa suena como canto de lucha y libertad. Mientras más sometido y más se canta en voz alta y enérgica, mejor para la historia de la heroicidad.
Hay un pasaje que grafica esta premisa: El torturador nazi y su torturado francés ensangrentado mirando a la cámara, rompiendo la cuarta pared, como si se tratara de una escena del teatro de la crueldad, pero espectacularizada o frivolizada. Ese gesto vacío se parece a otro del cierre del film (no es ningún spoiler, sobre todo cuando se trata de un obra basada en una figura histórica y de hechos del horror difundidos e investigados): Moulin yace en una camilla dentro de un tren, no se sabe si dará el último respiro, pero la cámara elige abandonarlo y hacer un desplazamiento hacia una caldera del tren en marcha, que evoca, sin lugar a dudas, a los hornos de los campos de exterminio. Esta metáfora tosca, hasta puede decirse indolente, pone el punto final a una epopeya de la tortura en episodios: carnaval de puñetazos, electrocutadas, orejas arrancadas a mordidas o fusilamientos como coreografía.
Moulin puede volver a tener opciones de ganar la Palma de Oro en su eficacia para traducir el horror en espectáculo solemne y reconocible, como ha pasado con ganadoras de años recientes revelando este interés de los jurados por el efectismo y la decadencia. Este cine de la tortura, envuelto en prestigio histórico y pulsión memorial, continúa seduciendo también a distribuidores y publicistas porque ofrece intensidad sin demasiadas zonas de ambigüedad. La pregunta no es si puede o no ganar premios, sino qué idea del pasado y del cine europeo termina consagrando Cannes y festivales similares. Al menos sabemos que Nemes ya tiene una receta.
Competencia oficial
Moulin
Director: László Nemes
Reparto: Gilles Lellouche, Louise Bourgoin, Lars Eidinger, Félix Lefebvre, Pierre Nisse
Guion: Olivier Demangel
Fotografía: Mátyás Erdély
Música: Laetitia Pansanel-Garric
Francia, 2026, 128 min